“Modo Party”: el gobernador naranja que gobierna el algoritmo
“El espectáculo no oculta necesariamente la realidad; muchas veces simplemente la desplaza.”
Guy Debord, La sociedad del espectáculo
El mago
Samuel García ha descubierto una forma muy “moderna” de gobernar: cuando los problemas crecen, basta con fabricar un espectáculo más grande que ellos.
El gobernador de Nuevo León ha llevado el cinismo político a un nivel que merece estudiarse. Mientras arrecian los cuestionamientos por los pagos realizados al despacho con el que se le vincula por parte de contratistas beneficiados por SU propia administración —varios mediante adjudicación directa—, su respuesta no fue transparentar la información, abrir expedientes o disipar cualquier sospecha. Eligió algo mucho más rentable: cambiar de conversación.
Su defensa fue casi enternecedora por su simpleza. “No es delito”, dijo. Como si el único estándar exigible a un gobernador fuera no terminar esposado.
No hace falta que una conducta concluya en sentencia penal para resultar escandalosa. El conflicto de interés existe precisamente para evitar que quien administra el dinero público termine beneficiándose, directa o INDIRECTAMENTE, de las decisiones que él mismo toma. En democracia, la ética pública comienza mucho antes del Código Penal.
Se llama conflicto.
Se apellida de interés.
Y Samuel aparece sentado en la cabecera de la mesa.
La presión política, jurídica y mediática sobre su gobierno no proviene de un solo frente. Ahí están las investigaciones, las denuncias públicas, las preguntas sobre contrataciones, las dudas respecto del uso de recursos públicos, el creciente malestar de una parte de la sociedad nuevoleonesa y una sequía que vuelve, una y otra vez, a recordar que la naturaleza no acepta campañas publicitarias como política hídrica.
Incluso fuera de México comienzan a acumularse versiones y especulaciones sobre el escrutinio que distintas autoridades estadounidenses podrían estar prestando a ciertos personajes políticos del norte del país. No corresponde afirmar lo que ninguna autoridad ha confirmado. Sí toca observar que, cuando las presiones internas y externas convergen, algunos gobernantes deciden responder con transparencia. Otros prefieren organizar una fiesta.
Y Samuel eligió la fiesta.
El truco
Así nació el famoso “Modo Party”. Playeras naranjas. Cerveza. Selfies. Videos. Influencers. Música. Gobierno convertido en festival itinerante.
Muchos lo tomaron como una ocurrencia simpática. Yo creo que es bastante más serio que eso.
Porque gobernar también consiste en decidir de qué habla la sociedad. Y Samuel entendió perfectamente una de las reglas fundamentales de la comunicación política contemporánea: quien controla la conversación gana tiempo… aunque esté perdiendo el gobierno.
La ciencia política bautizó este fenómeno hace más de medio siglo. Maxwell McCombs y Donald Shaw lo llamaron agenda setting: el verdadero poder no consiste necesariamente en decirle a la gente qué pensar, sino sobre qué pensar.
Los distractores rara vez eliminan una noticia. Simplemente la sustituyen por otra más entretenida.
Guy Debord —de ahí el epígrafe— lo había anticipado décadas antes al explicar que el espectáculo no siempre es una mentira; muchas veces basta con desplazar la realidad hacia los márgenes hasta volverla invisible.
Samuel parece haber convertido ambas teorías en manual de gobierno. Antes los emperadores repartían pan. Samuel reparte cerveza. Roma ofrecía gladiadores. Nuevo León ofrece contenido para TikTok. La tecnología cambió. La manipulación sigue siendo exactamente la misma.
Y hay además un detalle particularmente inquietante. Mientras se repartían cervezas y playeras, diversos asistentes denunciaron que no existían controles mínimos para verificar la edad de quienes recibían bebidas alcohólicas. ¿La administración fosfo emborrachando a menores de edad?
Total, lo verdaderamente importante parecía ser otra cosa: que la fotografía saliera bien, que las redes sociales se inundaran de color naranja y que el algoritmo hiciera el resto.
Porque el color tampoco fue casualidad. No señor. No eran playeras cualquiera. Eran playeras naranjas. El mismo naranja que identifica al partido del gobernador.
En tiempos preelectorales, hasta los colores terminan teniendo intención política…
La víctima
Todo truco de magia necesita una víctima. No la persona que sube al escenario. La que permanece sentada creyendo que observa todo. Mientras una mano se mueve, la otra realiza el verdadero truco.
Pero la pregunta importante ya no es qué hizo hoy Samuel García. La pregunta es qué dejó de discutirse desde que apareció el “Modo Party”.
Los pagos al despacho. Las adjudicaciones directas. Los posibles conflictos de interés. La transparencia. La sequía. Los problemas de movilidad. La inseguridad. Las prioridades de un gobierno que parece mucho más cómodo produciendo tendencias que resolviendo problemas.
Samuel ha demostrado ser un extraordinario administrador del algoritmo. Lo preocupante es que Nuevo León necesita un gobernador, no un creador de contenido. Porque los “likes” no llenan presas. Los reels no sustituyen licitaciones transparentes. Las historias de Instagram no rinden cuentas. Y ningún filtro digital alcanza para esconder indefinidamente una mala administración.
El salado
Hay, además, un fenómeno digno de estudio antropológico. Todo lo que Samuel toca… lo sala. Algo así como Andrés Manuel versión chafa.
Durante el Mundial de Clubes apareció enfundado con la playera naranja apoyando a Países Bajos.
Las redes sociales reaccionaron de inmediato “Alguien regálele una playera de Ecuador, no nos vaya a salar mañana si se pone la verde.”
Era un chiste. Hasta que los neerlandeses terminaron eliminados.
El consejo para esta noche debería ser unánime: que le prohíban acercarse a la camiseta verde de la Selección Mexicana. Si de verdad todo lo que toca lo sala, quizá esa sea la estrategia más barata para asegurar el pase a la siguiente ronda.
Aunque, visto lo visto, quizá la mayor damnificada por la famosa “salación” sea su esposa Mariana Rodríguez. Durante meses se construyó la idea de que heredaría políticamente el Palacio de Cantera. Hoy ese proyecto parece desinflarse al mismo ritmo que la popularidad de su marido. Si Samuel convierte en derrota todo lo que abraza, Mariana haría bien en empezar a marcar cierta sana distancia. Porque, a este paso, no sólo podría perder el partido naranja; también la sucesión.
Y es que, verán ustedes, ayer y en días pasados nadie ha confundido a los asistentes vestidos de naranja con aficionados holandeses. Como tampoco nadie puede confundir el uso sistemático del color partidista con neutralidad gubernamental. El naranja ya dejó de ser un color. Es una estrategia política.
Y quizá también un mal presagio… Porque si Samuel tiene la capacidad de salar a quien abraza para la fotografía, convendría que dejara de abrazar al propio Nuevo León.
Giro de la Perinola
¿Cuántos millones del erario costó exactamente el “Modo Party”? ¿Cuánto dinero público terminó convertido en cerveza, playeras, logística, promoción y propaganda disfrazada de convivencia ciudadana? Es una obligación de la autoridad revelar el monto.
Aunque todavía sería más interesante conocer la prioridad.
Quizá por eso el “Modo Party” tenga fecha de caducidad. Ningún algoritmo detiene investigaciones. Ningún reel cancela una carpeta. Ninguna historia de Instagram sustituye una comparecencia ministerial. Samuel puede seguir administrando tendencias, pero tarde que temprano tendrá que administrar expedientes. La fiesta suele terminar cuando llegan los fiscales. Y entonces el “Modo Party” inevitablemente tendrá que cambiar a “Modo Defensa”.
Las fiestas, tarde que temprano terminan. La cerveza se acaba. Las playeras se desgastan. Los videos dejan de aparecer en el algoritmo.
Pero las auditorías, en cambio, suelen llegar después. Y esas no se pueden brincar con un reel de Instagram.
Hay algo que ni los influencers pueden editar: la realidad. Y si las investigaciones de la Fiscalía General de la República siguen avanzando —y si el creciente escrutinio de autoridades estadounidenses sobre actores políticos del norte del país termina alcanzándolo, como algunos anticipan—, llegará el día en que las playeras naranjas, la cerveza y las selfies ya no alcancen para cambiar la conversación. Ese día, Samuel dejará de gobernar el algoritmo. Tendrá que responderle a la justicia.