Más que futbol, pueblos hermanos
Podríamos decir que el futbol es un negocio al que la política le intenta marcar una categoría moral de los países aceptables frente a los que no merecen dormir en el país que juegan o los que no son siquiera convocados. Podríamos decir también que es un espacio en el que se expresan las dinámicas de poder y desigualdad, uno al que los simples mortales no suelen estar invitados a los estadios.
Pero de todas las perspectivas con las que podemos ver al futbol y la copa mundial, hoy solo quiero decir que también es el puente de profunda conexión entre la humanidad, la cultura, la política y la manera en que la gente entiende la historia. Es ilustrativo que en tiempos donde la guerra vuelve a ser agenda de las potencias, nuestro país sienta calidez en abrazar a Irán y tratarlos como hermanos, celebrar a Marruecos y sentir que cobraron justicia de aquel que no era penal en el 2014 frente a Países Bajos.
Algo distinto, pero del mismo linaje emocional, ocurre con Ecuador. Saborearemos su caída porque incluso quienes se definen como oposición a la 4T desean verlos perder, y les recuerdan, en ese tono de burla, que no tienen embajada en nuestro país para adquirir boletos, pues su presidente provocó una crisis diplomática con la que ahora deben tramitar visas para acceder a México. Pero ni siquiera esa burla logra esconder que detrás de cada presidente hay un pueblo que nada tiene que ver con sus desencuentros, un pueblo que también carga esperanzas y guarda heridas que nadie eligió cargar.
Con todo y eso, el pueblo de Ecuador es bienvenido y querido porque el futbol también enseña el rostro más hermano de la humanidad. Al menos, esa es la cara que México, como país anfitrión, ha dado. Abrazamos a todas las aficiones, festejamos con todas las nacionalidades porque el mexicano pocas veces discrimina a la hora de la fiesta. Podremos estar en desacuerdo con sus presidentes o gobernantes, posiblemente los nuestros arrastran conflictos, pero en las calles somos uno mismo. Me llena el corazón ver a la afición mexicana saltando mientras carga a extranjeros que se sorprenden de tanta fiesta y tanta calidez. Me llena de orgullo que a los ánimos bélicos, México les pone una sonrisa, cara de fiesta, un abrazo y un par de brincos.
El mundial de futbol puede ser entendido como una distracción de los problemas graves y de las crisis profundas, pero también hoy merece ser visto como oxígeno puro ante las tensiones internacionales que se viven. Cuando los gobiernos discuten en otro idioma, el de las sanciones y las fronteras, los pueblos encuentran en una cancha el idioma que sí entienden todos que es el de la fiesta compartida.
La certeza de que somos un montón de humanos con historias tan distintas pero a la vez tan parecidas y compartidas parece una base de empatía con la que se frente ese fenómeno de las guerras que despersonifica a los otros para volverlos objetivo legítimo.
Lo curioso es que México tiene una política exterior parecida a la política futbolista pues aquí somos amigos de todos. Incluso con aquellos hostiles que en redes sociales han atacado a México solo porque su presidente tiene un problema político con nuestro gobierno, a ellos también se les recibe con los brazos abiertos. Somos los amigos que te sonríen para vivir la pasión pambolera y somos la familia que te abraza cuando el exilio se convierte en la última opción. Somos territorio donde las diásporas se unen.
Nunca he sido persona que se desvela para ver partidos y menos una erudita en el análisis deportivo pero enseñanza más honesta que nos deja este Mundial es que los países no son sus gobiernos, son sus pueblos. Son los que cargan generación tras generación el peso de decisiones que no tomaron, los que esconden las heridas cotidianas bajo una playera y un cántico, los que llegan a tierra ajena con miedo porque las noticias dicen que es inseguro, buscando no más que un abrazo y encuentran cientos. El sentido común de los pueblos nunca ha sido la guerra ni la discriminación que algunos líderes profesan desde sus tribunas; el sentido común de los pueblos, cuando se les deja ser, es la vida, es la fiesta, es la unión.
Por eso, mientras los discursos beligerantes intentan dividirnos en bandos y fronteras, en las calles de Monterrey, los Países Bajos encontraron una segunda casa mientras que en Tijuana, un Irán se sintió bienvenido y en Santa Fe, un Ecuador se puede sentir tranquilo mientras México y un Marruecos se vuelven hermanos sin pedir permiso. Esa, y no otra, es la verdadera victoria de este Mundial… recordarnos que somos humanidad y no gobiernos, que compartimos heridas historia, victorias o simplemente una afición deportiva que es más que suficiente para festejar juntos y romper la idea de que México es un país violento.
Cuando la resaca pase junto con la fiebre, que seamos recordados como el país de puertas abiertas, donde tu casa es mi casa, pueblo donde después de los partidos, hubo saltos y abrazos. No agresiones ni peleas. Que cuando volvamos a las realidades de nuestras respectivas naciones recordemos que gobiernos y pueblos son distintos y que el pueblo mexicano tiene mucho más que eso dictado por la prensa internacional. Que México es hogar del mundo y que a diferencia de otros anfitriones, aquí todos son bienvenidos. Siempre