Los desafíos de Somos México
El INE otorgó el registro a dos nuevas fuerzas políticas entre las muchas que buscaron constituirse como partidos nacionales: Construyendo Sociedades en Paz (CSP), encabezada por Hugo Eric Flores, actual diputado federal de Morena, y Somos México, una organización que reúne a destacadas personalidades de la política, la academia y el servicio público, heredera de la Marea Rosa y que expresa el creciente descontento con el rumbo del país bajo el obradorismo.
Llama la atención que el INE ordenara a Somos México en votación dividida cambiar nombre, color y emblema, bajo el argumento de que podrían generar confusión. Tesis insostenible. Todos los partidos buscan proyectar una identidad incluyente; ahí están Morena y, antes, el PRI. La decisión constituye un golpe innecesario porque despoja al proyecto de su identidad y deja la impresión de ser una compensación por haberle concedido el registro. La mayoría del Consejo General del INE tiene dueño y esa circunstancia explica una resolución difícil de justificar. El nuevo partido deberá impugnarla ante el Tribunal Electoral. Ahí se pondrá a prueba si el órgano jurisdiccional y más que eso, el sentido de la influencia política de la Presidencia sobre la resolución a emitir.
Los desafíos para un partido de nueva creación son considerables. La ley le impide competir en coalición en su primera elección y lo obliga a alcanzar por sí solo 3% de la votación nacional. Parece una meta modesta, pero la experiencia demuestra lo contrario. El PES perdió el registro en 2018, pese a formar parte de una coalición ganadora, y el PT sólo logró conservarlo en 2015 gracias a una elección extraordinaria. La legitimidad de la causa y el prestigio de quienes integran Somos México no bastan para garantizar los votos necesarios que le permitan mantenerse como una opción política con miras a 2030.
Existe la idea de que Somos México quitará votos a los partidos opositores. No hay tal, por la sencilla razón que los votantes no tienen dueño, ni siquiera los que han sufragado por la coalición gobernante. El llamado voto duro de los partidos es una proporción muy menor, además, el abstencionismo es un segmento mayor respecto a cualquier fuerza política. La fragmentación del voto opositor, para este caso, es una preocupación ociosa. Lo que sí es cierto es que una nueva forma de hacer política impone presión a las organizaciones dominadas por la partidocraca.
A ello se suma un entorno particularmente incierto. No sólo pesan los temas habituales de la agenda nacional, sino también la compleja relación con Estados Unidos. Hoy resulta plausible imaginar escenarios que hace pocos años parecían impensables: candidatos señalados por presuntos vínculos con el crimen organizado, funcionarios de alto nivel sujetos a procesos judiciales en el extranjero o nuevas acciones contra organizaciones criminales con efectos directos sobre la política mexicana, como sería la declaratoria de Morena como organización terrorista extranjera. Existen investigaciones en curso que podrían alterar sustancialmente el contexto electoral.
En ese escenario, Somos México necesita diferenciarse con claridad del resto de la oposición. Su principal activo no debe limitarse a las propuestas para el país, sino reflejarse en la forma de hacer política. Tres compromisos pueden marcar esa diferencia: la selección democrática de sus candidatos, la incorporación efectiva de la sociedad civil a las decisiones internas y la construcción de alianzas con organizaciones sociales. A partir de ello deberá asumir una posición inequívoca frente a la impunidad y la corrupción.
La identidad de un proyecto político no surge de acumular causas, sino de apropiarse de una que sintetice el malestar colectivo. López Obrador consiguió que Morena fuera percibido como el vehículo para combatir la corrupción; así canalizó el descontento social. Hoy ese escenario ha cambiado. La indignación permanece, Morena es visto cada vez más como un partido que tolera la corrupción y se beneficia de ella. Además, la impunidad se ha convertido en el sello del régimen y ha permitido el fortalecimiento del crimen organizado, debilitando al Estado y colocando a México en una posición de creciente vulnerabilidad frente a Estados Unidos.
Somos México ha de trascender el objetivo electoral. La magnitud de la crisis institucional exige construir una alternativa capaz de recuperar el Estado de derecho, salvaguardar la soberanía nacional y concitar la confianza ciudadana. El verdadero desafío será: convertirse en la opción más creíble frente a un eventual colapso del régimen de autoridad y esto puede ocurrir en cualquier momento.