Sheinbaum le va a los Pumas, pero gobierna como timonel de un bote de remo

Eso pensé anoche cuando supe que los Pumas y el Cruz Azul empataron en la primera parte de la final del futbol mexicano. Es verdad que, por su trayectoria universitaria, la presidenta Claudia Sheinbaum se identifica con el equipo de la UNAM; así que habrá quedado conforme con el marcador —cero a cero—, aunque este resultado deja la moneda en el aire y obliga al conjunto auriazul a buscar la victoria en el juego de vuelta para coronarse.

Pero la disciplina deportiva que practicó la presidenta de México no es el futbol, sino el remo con timonel. Ella era, precisamente, la timonel; esto es, quien dirigía a sus compañeros y compañeras, que avanzaban hacia la meta mirando hacia atrás.

El futbol es un deporte de equipo, pero los mundiales y los grandes torneos los ganan las escuadras que cuentan en sus filas con genialidades individuales, que suelen aportar improvisación y anárquicos cambios bruscos de ritmo.

El remo es distinto. En un bote de competencia, cualquier descoordinación cuesta metros; cualquier arrebato individual rompe la velocidad; cualquier egoísmo hunde el esfuerzo colectivo. Todo depende de que se haga lo que dispone quien lleva el timón.

El remo con timonel sirve para entender la manera en que Sheinbaum ha enfrentado tanto la compleja relación con Estados Unidos como el constante asedio de ciertos sectores entreguistas de la prensa mexicana.

En el remo de alta competencia existe una regla fundamental: el ritmo no lo impone el rival, lo impone el o la timonel. Los equipos que se desesperan ante cada aceleración de los contrincantes suelen agotarse antes de tiempo. La clave para un buen resultado está en conservar la cadencia y administrar la energía.

Así está conduciendo Claudia Sheinbaum a su equipo en la relación bilateral con EEUU y frente a la vocación traidora de toda la oposición y mucha de nuestra prensa.

Ya ha sido bastante tiempo de amenazas arancelarias, declaraciones estridentes desde Washington o campañas mediáticas externas e internas que anuncian catástrofes inminentes. La recomendación apresurada de la prensa bien intencionada —y de la prensa perversa también— es la de responder a cada provocación con el mismo volumen, e invariablemente aceptando las exigencias de EEUU. Pero la lógica del remo le enseñó otra cosa a la presidenta: mantener el rumbo, sostener la velocidad de crucero y no permitir que el adversario dicte la velocidad de la dura navegación.

El remo también enseña algo esencial sobre el funcionamiento interno del poder. En un bote de ocho remeros, basta que uno solo meta el remo fuera de tiempo para frenar a toda la embarcación. La fuerza individual sirve de poco si no está perfectamente coordinada. El éxito depende de que todos remen al mismo ritmo y en la misma dirección. De ahí la importancia de la cohesión del gabinete y de Morena. El ruido interno desgasta más que el oleaje.

Ojalá lo entiendan en la 4T: como en el remo con timonel, la inmensa mayoría de quienes apoyan a Sheinbaum avanzan, en sentido figurado, mirando hacia atrás. Es decir, puede ser que no vean la estrategia y el camino, pero la presidenta lo señala desde su posición de privilegio. Y tienen la obligación de, simple y sencillamente, obedecer las instrucciones. No se admiten desviaciones.

Los remeros no ven la meta; el gabinete puede que tampoco la perciba. Los remeros ven el agua que dejan detrás y el gabinete quizá solo advierte el ruido de la prensa. Quien sí observa el horizonte completo es, en el caso de México, la timonel: Claudia dirige el bote, calcula la fuerza de las corrientes, corrige la trayectoria y decide cuándo acelerar o conservar fuerzas.

La gente que colabora con la presidenta avanza o debe avanzar confiando en la voz que dirige. Si no lo hacen así, pierden. Ojalá lo tengan claro tanto en el gabinete como en las estructuras del partido de izquierda.

Gobernar es leer el mapa completo de la competencia, y eso lo hace la presidenta; el resto, sumamente ocupado en la problemática cotidiana, con dificultades alcanza a mirar un poco el oleaje. La timonel no puede distraerse dando explicaciones ni atendiendo los gritos de los críticos que ven la carrera desde la orilla del lago: la timonel da órdenes. Y se deben cumplir para tener éxito.

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