El costo político de la simulación digital
En la política actual, parece que lo que no genera ruido en redes sociales no existe. En el afán de conquistar la conversación digital, muchos gobiernos y actores políticos han caído en una trampa peligrosa, confundir el activismo legítimo con la simulación automatizada. El uso de granjas de bots y brigadas de trolls no es una estrategia de comunicación, es en realidad, una forma de contaminación democrática que asfixia el debate público.
La simulación digital, esa creación artificial de apoyo o de rechazo, genera un impacto profundamente negativo en la esfera pública porque, en primer lugar, anula la voz de la y del ciudadano real. Cuando una administración inunda las redes con cuentas falsas para aplaudir una gestión, está construyendo una cámara de eco que le impide escuchar las demandas genuinas. Se termina gobernando para el algoritmo y no para la gente, sustituyendo el pulso social por métricas de vanidad.
Este fenómeno erosiona la confianza de manera casi irreversible. En el momento en que la y el ciudadano detecta que la interacción es artificial, el canal de comunicación pierde su carácter de servicio público y se degrada a propaganda de baja calidad. Si el entorno digital se vuelve puro ruido, la verdad se vuelve irrelevante y la institución pierde su autoridad moral.
A la par de este vacío de credibilidad, la polarización se utiliza como arma de guerra. Los trolls no buscan debatir, sino silenciar mediante el acoso. Al atacar sistemáticamente a las voces críticas, la comunicación política se convierte en un campo de batalla de descalificaciones que aleja a las y los ciudadanos moderados y pensantes, dejando el espacio público en manos de los extremos.
Quizás el efecto más nocivo es el autoengaño gubernamental. Una o un gobernante que se rodea de aplausos programados termina creyendo su propia mentira, generando una desconexión total con la realidad social. Esto deriva, inevitablemente, en crisis de gobernabilidad cuando los problemas reales no se resuelven con un hashtag.
El activismo digital es una herramienta poderosa de libertad; la simulación, en cambio, es un mecanismo de control y engaño. Una comunicación política sana debería aspirar a la persuasión basada en hechos, no a la victoria simulada de inflar números vacíos. Es momento de recordar que los bots no votan ni legitiman a un gobierno. Juntas y juntos impulsemos una verdadera política construida conversando con personas, no programando máquinas.
Jennifer Islas. Política y conferencista.
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