La reforma electoral
“La ambición jamás se detiene, ni siquiera en la cima de la grandeza.”
Napoleón Bonaparte
Se habló mucho durante la propuesta presidencial de la reforma electoral, que originalmente debió haber sido legislativamente magistral, pero tuvo que aceptarse en su versión “B” por cientos de razones, muchas no tan razonables, en la que uno de sus ejes consiste en disminuir los privilegios a los políticos, inclusive se comentó que se deberían anular dichos privilegios.
Yo pienso que la terminología estuvo mal utilizada, porque el solo hecho de ser político, ya es un privilegio, y entre mejor político uno sea, más privilegiado es, hay alguna confusión al respecto a lo mejor de tener lujos o no, pero finalmente, considerando la esencia de los privilegios humanos, ser político, repito, es un gran privilegio.
Y claro que al tener privilegios también se tiene derecho a tener lujos, basta ver el Palacio de Versalles en Francia que construyó Luis XIV, o nuestro Palacio Nacional, o el castillo donde vivió Winston Churchill que era su residencia realmente, etcétera; al respecto, yo no creo que ningún inglés haya visto mal en algún momento, que Winston Churchill llegara a sus oficinas o al parlamento en uno de los carros Rolls Royce más caros que existían en Inglaterra; tampoco veían mal en Alemania, aunque era irracional su seguimiento, mirar a Hitler llegar en su Mercedes-Benz, de muy alta gama a dar sus discursos, que más bien eran gritos desolados de un hombre que sabía desde un principio que perdería la guerra.
Tener privilegios no es malo, al contrario, es parte de la ambición humana de ser cada vez mejores, tener lujos innecesarios si lo es, sobre todo, si se exponen de manera inadecuada.
Finalmente, intentaré describir la noción de “privilegio” con una sola frase:
Don Benito Juárez tuvo el privilegio de ser nombrado por el escritor francés Víctor Hugo como uno de los mejores políticos de su época.