¿Cuánto más es suficiente para los gaseros texanos y sus coyotes mexicanos?

“Hoy vamos a hablar de gas natural”. Con estas palabras, la presidenta Claudia Sheinbaum dio inicio a su conferencia matutina del miércoles 8 de abril. Estuvo acompañada por su plana mayor energética: Luz Elena González Escobar (Energía), Víctor Rodríguez Padilla (Pemex), Jorge Islas (Planeación y Transición) y Juan José Vidal (Hidrocarburos).

La secretaria González Escobar fue clara: el gas es un factor clave de soberanía. Al ser un combustible de transición, genera menos emisiones que otros fósiles y es vital para la eficiencia eléctrica. Sin embargo, la estadística actual es un trago amargo: México consume 9 mil millones de pies cúbicos diarios, pero Pemex solo aporta el 25%. El 75% restante se traduce como una dependencia apabullante de empresas extranjeras, específicamente de Texas.

El dilema del gas no convencional

Actualmente, importamos gas shale extraído en Texas mediante fracturamiento hidráulico en una cuenca que, irónicamente, se comparte con México. El director de Pemex fue tajante: “Tenemos abundantes recursos de gas natural y no los hemos aprovechado”.

Ante esto, la presidenta planteó una ruta audaz: aumentar la soberanía energética para depender menos del gas texano. Sobre la técnica de extracción, señaló una contradicción ambiental: hoy importamos gas cuya forma de explotación cuestionamos en nuestro propio suelo.

La propuesta de Sheinbaum es explotar el gas de lutita en el norte de México, pero bajo una condición innegociable: el uso de tecnología que minimice los daños ambientales. La ciencia ha avanzado, dijo Sheinbaum: hoy existen sustancias orgánicas, nuevos tipos de arena y sistemas de reciclamiento de agua salada o no potable que evitan la contaminación del subsuelo.

Es, sin duda, una noticia relevante abrirse al gas shale nacional, un proyecto que podría tardar de 10 a 15 años en madurar, pero que busca asegurar el futuro energético.

El Acuario del Mundo: ¿Autopista de buques tanque de 300 metros de largo?

Sin embargo, en mi opinión, hay algo más triste que la dependencia energética: prestar nuestro territorio y nuestro mar más bello, el Golfo de California —el Acuario del Mundo, como lo llamó Jacques Cousteau—, para que las gaseras de Texas hagan un negocio monumental.

Existen dos proyectos en Sonora para exportar gas texano a Asia. Uno ya autorizado, LNG Amigo en Guaymas, y otro mucho más alarmante: Saguaro, en Puerto Libertad. La gran noticia que dio la presidenta Sheinbaum es que este último sigue en estudio.

Si se analiza con objetividad, Saguaro tendría que ser rechazado. Por su escala —cuatro veces superior a la de LNG Amigo—, convertiría al también llamado Mar de Cortés en una autopista de buques tanque de 300 metros de largo. El ruido brutal de estos gigantes, imposible de silenciar, ahuyentaría a los cetáceos y extinguiría el canto de las grandes ballenas, una maravilla natural que no tiene precio y sobre la cual no tenemos derecho alguno de destrucción.

El beneficio de Saguaro sería para gaseros texanos, muchos de ellos patrocinadores de facciones políticas en EEUU que insisten en intervenir en México. Digamos las cosas como son.

El derrame económico local de Saguaro sería mínimo: empleos temporales en la construcción y apenas un puñado de puestos operativos —entre 200 y 400— en plantas de altísima tecnología que no se transfiere a la gente mexicana especializada en ingeniería.

La ética de lo suficiente

Ayer escribí sobre cuánto es lo suficiente. En su mañanera, la presidenta reflexionó sobre cómo los recursos gastados en viajes a la Luna —o en guerras, añadiría— deberían usarse para combatir la pobreza. No ocurre así porque los financiadores del turismo lunático solo esperan utilidades financieras. Lo mismo ocurre con los aliados de las gaseras: el canto de las ballenas les tiene sin cuidado; lo que quieren es dinero y más dinero, y más dinero… Nunca tienen suficiente.

He sostenido que gobernar implica renunciar. La presidenta ha reducido su círculo íntimo no por falta de sociabilidad, sino por un deber ético. La soledad es, para ella, un instrumento de gobernabilidad con ética. Al rodearse solo de quienes conocen el límite sagrado de lo suficiente, se blinda ante la voracidad de quienes buscan acumular riqueza solo por el vicio de hacerlo.

Como dice la conservacionista Cristina Mittermeier, muchas culturas indígenas miden la riqueza por la capacidad de decir “ya tengo lo necesario”. En política, lo suficiente es el antídoto contra el conflicto de interés; en la naturaleza, es el antídoto contra la extinción.

Conclusión

Bienvenidos los proyectos de gas natural si son necesarios para el desarrollo nacional y el beneficio económico se queda en México, como la extracción en la Cuenca de Burgos. Pero es mejor decir “no, gracias” si casi todas las ganancias son texanas y el daño ambiental lo paga nuestro Acuario del Mundo.

Posdata 1: La presidenta ha escuchado a políticos y gestores empresariales (coyotes) que defienden Saguaro. Respetuosamente, sugiero que reciba también a ambientalistas con información científica. Es hora de hablar de gas, sí, pero sin dejar de escuchar a quienes se oponen al sacrificio del Golfo de California por un negocio ajeno, texano, casi seguramente aliado ideológico de MAGA en su absurda idea de intervenir con fuerzas armadas de EEUU en México. Es lo menos que puede hacer la tan admirada Claudia Sheinbaum en no pocos lugares del mundo, entre otras razones, por su preocupación por el cambio climático.

Posdata 2: Ayer cuestioné la manía de acumular y acumular —y acumular y acumular —con una anécdota de los escritores Kurt Vonnegut y Joseph Heller. El primero, en una fiesta en la casa de cierto multimillonario, en algún lugar cercano a Nueva York, preguntó en tono de burla al segundo: “¿Cómo te sientes sabiendo que nuestro anfitrión, solo el día de ayer, ha ganado más dinero del que tú y yo hemos recibido por nuestros libros en todas nuestras vidas?”. El aludido respondió con tranquilidad: “Me da igual. Tengo algo que el multimillonario nunca tendrá: lo suficiente”. ¿Cuánto más es suficiente para los gaseros texanos que jamás han escuchado —y si lo escucharan no lo entenderían— la mágica sinfonía de las grandes ballenas?

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