Andy en busca de fuero

“El poder revela al hombre; la impunidad lo termina de desnudar”.

Tácito

El miedo no anda en burro. Tampoco siempre llega disfrazado de escándalo. A veces aparece vestido de dirigente partidista, sonriendo para la foto, hablando de fortalecer al movimiento y jurando que todo responde a una decisión política perfectamente calculada. Pero la escena de esta semana dejó poco margen para el maquillaje: Andy López Beltrán dejó la Secretaría de Organización de Morena anunció que buscará una diputación federal por Tabasco. Y el mensaje político terminó sonando mucho más fuerte que cualquier comunicado. Después de haber heredado estructura, presupuesto, operación territorial y el apellido más poderoso de la política mexicana, ahora también toca asegurar la siguiente capa de protección.

No deja de ser curioso. Hace no tanto el discurso era “nacional”, “estratégico”, “histórico”; el relato de una transformación con vocación de largo plazo. De pronto el mapa se encoge y todo vuelve a la tierra natal. Tabasco reaparece como prioridad. El terruño vuelve a importar exactamente cuando conviene electoralmente y justo cuando el apellido necesita territorio propio. Algunos dirán que lo llama la patria chica. Yo digo que lo llama algo bastante más útil que la nostalgia…

Sin adornos: Morena podrá presentar esa salida como reacomodo interno, como estrategia territorial o como relevo natural dentro de la vida partidista. Pero fuera del guion oficial, la lectura es bastante más áspera. El hijo del expresidente deja la dirigencia nacional y corre a una boleta… y al fuero. Digamos que, en México, cuando alguien va con tanta prisa hacia una candidatura, casi nunca es por entusiasmo democrático ni por ganas de tocar puertas bajo el sol tabasqueño.

López Beltrán probablemente ganará si compite. Sus nombres de pila, junto con su apellido, pesan. Morena sigue siendo la maquinaria electoral más poderosa del país y cuenta con una estructura territorial aceitada con presupuesto público generoso. Dinero hay (en el sector Salud, no; pero eso ya es otra cosa). Operadores también. Promotores no faltarán. En ese partido las candidaturas relevantes nunca padecen soledad. Pero la pregunta nunca ha sido si puede ganar. La pregunta real es ¿por qué la urgencia?

Lo que son las cosas. Aún teniendo en sus manos el aparato político más fuerte de México, el Nepobaby no logró convertirse en el operador temible que desde dentro prometían. Llegó con tambor batiente, como si bastara el apellido para imponer disciplina, ordenar facciones y administrar ambiciones. Pero Morena no es un partido institucional; es una suma de grupos administrando poder, recursos, corruptelas y cuotas internas. Y los grupos dentro del obradorismo podrán doblarse frente al presupuesto, pero no necesariamente se inclinan frente al heredero.

Eso explica los murmullos que llevan meses creciendo. En varios estados comenzaron a escucharse las quejas habituales del obradorismo tardío: operadores desplazados, dirigentes inconformes y cuadros que ya empiezan a decir en voz alta que Morena dejó de parecer movimiento y terminó convertido en patrimonio familiar. Eso, al menos en algunas zonas del país, no es nuevo. La diferencia es que ya ni siquiera se esfuerzan demasiado en disimularlo.

Y motivos para la incomodidad no faltan. Durante el sexenio salieron a la luz reportajes sobre Amílcar Olán Aparicio, empresario tabasqueño identificado como amigo cercano de Andy, cuya red obtuvo contratos y beneficios ligados al negocio de combustibles y a proyectos públicos en gobiernos morenistas. Después vinieron los audios filtrados donde Olán hablaba con soltura sobre adjudicaciones y sobre la cercanía con el círculo presidencial. Más tarde aparecieron reportes sobre empresas relacionadas con amigos de los hijos del expresidente participando en obras del Tren Maya, en desarrollos inmobiliarios y en contratos públicos de alto valor. La constante fue siempre la misma: los beneficiarios orbitaban el mismo núcleo de confianza y el gobierno respondía como si todo fuera casualidad o guerra sucia. Demasiadas coincidencias para una administración que juró haber desterrado el influyentismo.

La lista la conocemos bien. Los Batres. Los Alcalde. Los Monreal. Los Taddei. Los Salgado. Los Yunes reciclados con admirable velocidad ideológica. Familias enteras orbitando en torno al presupuesto, cargos, candidaturas y posiciones estratégicas, como si el Estado fuera una empresa de control hereditario. Morena llegó prometiendo desterrar privilegios. Terminó perfeccionando el viejo arte mexicano de repartir el poder entre casa, compadres y clan. El apellido López Beltrán tampoco quedó fuera de esa lógica. Más bien terminó convertido en una pieza central de ella.

Aquí la ironía más incómoda de todas: los mismos que durante años denunciaron al “PRIAN” como maquinaria de privilegios hoy operan bajo la misma lógica. Solo cambiaron colores, slogans y conferencias. Antes hablaban de la mafia del poder. Ahora la administran desde dentro con una eficacia que habría provocado semanas enteras de indignación mañanera si el apellido implicado fuera panista o priista.

En Morena también se roba… y luego se pide fuero. La frase incomoda precisamente porque no apunta a una contradicción aislada sino a un patrón. Primero el acceso privilegiado al presupuesto y a las posiciones de control. Después la consolidación familiar. Luego la defensa política. Y si el viento cambia, la siguiente estación suele llamarse blindaje institucional. Ahí están los contratos millonarios vinculados al círculo cercano; las relaciones empresariales jamás explicadas con claridad; las grabaciones donde se presume influencia; la expansión de redes privadas beneficiadas al calor del poder público; y la vieja costumbre mexicana de esconder el conflicto de interés detrás del argumento más reciclado del régimen: “no hay pruebas”.

De ahí también el nerviosismo visible frente a medios incómodos y voces fuera del libreto. La respuesta de TV Azteca a Claudia Sheinbaum no fue una anécdota mediática ni un pleito más entre prensa y poder. Fue síntoma. Cuando el gobierno empieza a responder a toda crítica como si fuera embestida política, el reflejo deja de ser de autoridad y empieza a parecer reflejo defensivo. Y cuando el reflejo es defensivo normalmente algo se está moviendo detrás del telón.

En política el temor rara vez llega con uniforme. A veces aparece como reorganización. A veces como ajuste estratégico. A veces como renuncia perfectamente calculada seguida de una candidatura anunciada con sonrisa ensayada. Pero el lenguaje corporal del poder rara vez falla: acelerar tiempos, mover piezas antes de lo previsto, asegurar posiciones y cerrar filas suele revelar que alguien ya vio venir la tormenta y empezó a buscar techo.

Y sí: el fuero también se hereda. No de manera legal. No hace falta. Se hereda políticamente: a través del apellido correcto, de la estructura correcta y de la candidatura correcta en el momento correcto.

Esa es la parte que vuelve incómoda la escena. Porque no estamos viendo a cualquier legislador buscar acomodo. Estamos viendo al hijo del fundador del movimiento asegurando posición institucional dentro de la misma maquinaria que prometió terminar con los privilegios del viejo régimen.

La diputación no es solamente una curul. También es visibilidad, margen de negociación, acceso a información y un peso político específico dentro del tablero nacional. En México representa además una cobertura política de alto valor cuando las presiones empiezan a acercarse demasiado.

Y los vientos se están moviendo. Dentro de Morena ya hay quienes empiezan a preguntarse cuánto tiempo podrá Claudia Sheinbaum seguir administrando el costo político de proteger perfiles demasiado sensibles y demasiado cercanos. Gobernar ya es suficientemente complejo. Gobernar mientras se contiene el desgaste del legado heredado es otra cosa. Ahí empiezan a aparecer tensiones que no se resuelven con discurso.

Porque el problema de construir legitimidad desde la narrativa moral es que cada contradicción pesa doble.

Si el discurso sigue siendo combate a la corrupción, honestidad republicana y superioridad ética, entonces cada candidatura cuestionada contradice más. Cada parentesco pesa más. Cada blindaje político se vuelve más visible. Y cada maroma discursiva empieza a parecer exactamente lo que es: una maroma. Más todavía después de que Morena repitió una y otra vez que postularía perfiles honestos, candidatos intachables, mujeres y hombres sin manchas. El compromiso era ese: no abrir espacio a figuras cuestionadas ni convertir al partido en refugio de intereses familiares o políticos. Y aquí estamos: arrancando el nuevo ciclo electoral con el apellido más poderoso del movimiento buscando curul mientras arrastra alrededor los mismos señalamientos que el partido juró combatir.

Tal vez por eso Morena ya se parece menos a un movimiento y más a una dinastía con estructura electoral. Y las dinastías tienen costumbres viejas: mientras el poder alcanza, todo se acomoda; cuando el poder empieza a defenderse, el acomodo se vuelve urgencia.

Giro de la Perinola

Andy no inventó el método. Ahí están los Yunes en Veracruz. Ahí están gobernadores, senadores y legisladores de todos los colores que hace tiempo entendieron que en México el fuero muchas veces sirve menos para legislar que para resistir tormentas.

La diferencia ahora es política y simbólica. Morena no solo prometió combatir la corrupción. También prometió no postular a quienes llegaran con sombra encima, no abrirle la puerta a perfiles cuestionados, no repetir las viejas prácticas del régimen que decía combatir. Y sin embargo el arranque ya empezó tropezando.

Cuando quien corre hacia el blindaje es el hijo del fundador de la llamada transformación, después de años de reportajes sobre empresarios cercanos favorecidos con contratos, audios incómodos y conflictos de interés jamás aclarados de fondo, el mensaje ya no parece una contradicción menor.

Parece confesión.

La confesión involuntaria de un régimen que prometió barrer privilegios, castigar la corrupción y desmontar la vieja política. Y terminó peleando por conservar exactamente lo mismo.

Solo que con más presupuesto.

Y en familia.

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