Los diálogos cordiales entre Sheinbaum y Trump
Ayer 15 de mayo de 2026, en Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum atendía el teléfono. A su lado, el canciller Roberto Velasco tomaba notas. Minutos después, la presidenta publicaba en su cuenta de X una foto de ambos, serios pero tranquilos, y escribió: “Acordamos hablar nuevamente y continuar el diálogo”.
Son doce o trece llamadas las que ambos presidentes han realizado desde el comienzo de sus mandatos. Esta dialéctica ha sido funcional en varios sentidos, pues la presidenta de México ha demostrado pericia para domar al iracundo Trump y de este modo, defender nuestra soberanía y nuestra economía.
No veo a la presidenta en modo de sumisión ni recibiendo órdenes, como algunos señalan. Mucho menos anticipando una derrota.
En el ánimo de Sheinbaum está el deseo de llevar la fiesta en paz con nuestro vecino y socio comercial, pues una ruptura o enfrentamiento directo a nadie conviene.
Creo que si alguien incluso insinúa que en la mandataria hay cierto protagonismo en estos diálogos se equivoca, y mucho.
Hace solo unos días, Donald Trump regresó de un viaje oficial a China, donde se había reunido con Xi Jinping. Allí, las conversaciones habían sido intensas: disputas comerciales, barreras tecnológicas, competencia por el liderazgo mundial y desacuerdos geopolíticos. Trump hablaba de “acuerdos históricos”, aunque muchos detalles quedaban en la sombra, y regresó a Washington con la agenda internacional cargada y una postura más firme frente a sus socios y rivales.
Y justo en ese momento, las relaciones con México estaban en su punto más delicado. En cuestión de semanas, las fricciones habían escalado bastante. Todo giraba en torno a la seguridad. Trump había declarado una verdadera cruzada contra los cárteles mexicanos; acusaba al gobierno de Sheinbaum de no actuar con la fuerza necesaria, y repetía una y otra vez: “Si México no resuelve esto, Estados Unidos lo hará”. Sus palabras eran ambiguas, pero claras en su amenaza: dejaba abierta la posibilidad de una intervención directa en territorio nacional, e incluso había confirmado que su administración estudiaba realizar operaciones terrestres contra las organizaciones criminales, algo que para México significaba tocar el corazón mismo de su soberanía .
Sheinbaum respondió con firmeza, pero también con inteligencia. Rechazó cualquier injerencia, defendió el trabajo que ya se hacía y recordó que el problema del narcotráfico no tenía una sola causa ni una sola responsabilidad, ya que también dependía del consumo en el norte y del tráfico de armas que entraba desde allá. Pero sabía que el choque frontal solo empeoraría las cosas. Por eso, cuando Trump regresó de China y las presiones aumentaron, ella buscó el diálogo, expuso los avances, explicó las dificultades y dejó claro que México actuará con determinación, pero siempre como un país libre y soberano.
El compromiso actual de ambos lados es seguir hablando, no cerrar las puertas y recibir pronto a una delegación estadounidense para analizar juntos cómo avanzar.
No se hagan bolas, dijera el clásico.
No hay intervención estadounidense a corto plazo y dudo mucho que en algún momento vaya a ocurrir.
El diálogo pacífico entre dos naciones garantiza la paz, el buen entendimiento y las relaciones comerciales que han estado presentes hasta hoy.