Mario Delgado y el “sí, pero siempre no”

En política, pocas cosas exhiben más debilidad que anunciar una decisión con bombo y platillo… para después recular por presión pública. Y eso fue exactamente lo que ocurrió con el secretario de Educación Pública, Mario Delgado, luego de que la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo prácticamente le corrigiera la plana respecto al calendario escolar.

La historia comenzó cuando desde la SEP se planteó adelantar el fin del ciclo escolar al 5 de junio, una medida que muchos interpretaron como una concesión absurda ante el ambiente mundialista y la expectativa social que genera el futbol. La reacción no tardó: padres de familia, docentes, especialistas y sectores de opinión cuestionaron la lógica de reducir días de clase en un país donde los niveles educativos atraviesan una crisis evidente.

Porque seamos claros: México no está para darse el lujo de recortar tiempo escolar.

Los resultados educativos llevan años mostrando rezagos graves en comprensión lectora, matemáticas y aprendizaje básico. La pandemia dejó heridas profundas que aún no terminan de sanar, y millones de estudiantes siguen arrastrando vacíos académicos. En ese contexto, pensar en acortar el calendario escolar era una señal equivocada, una muestra de improvisación y falta de sensibilidad sobre la realidad educativa del país.

Fue entonces cuando apareció la voz presidencial.

Desde Palacio Nacional llegó el mensaje político contundente: el calendario debía mantenerse conforme a lo establecido. Traducido al lenguaje del poder, eso significa que Mario Delgado se adelantó, calculó mal o simplemente tomó una decisión sin medir el costo político. Y cuando la presión mediática creció, la orden fue clara: reversa inmediata.

Por eso resultó casi anecdótico que el secretario volviera a convocar a los titulares de educación de las 32 entidades para la llamada Primera Reunión Nacional Plenaria Extraordinaria 2026 del Conaedu. Aunque oficialmente se habló de “acuerdos”, en realidad el encuentro tuvo más forma de alineamiento político que de discusión educativa. El mensaje ya estaba decidido desde arriba: se mantienen los 185 días efectivos de clase y el ciclo escolar concluirá el 15 de julio.

La narrativa oficial dice que se privilegia “el derecho superior de niñas, niños y adolescentes a una educación integral”. Y aunque la frase suena correcta, la realidad es que no debería celebrarse como un logro extraordinario el simple hecho de respetar el calendario originalmente aprobado. Eso tendría que ser lo normal, no una rectificación forzada por el escándalo público.

El episodio deja varias lecturas políticas. La primera es que la presidenta Sheinbaum busca proyectar control y firmeza sobre su gabinete, incluso corrigiendo públicamente decisiones que generan desgaste. La segunda es que Mario Delgado quedó exhibido como un funcionario que anunció una medida sin tener plenamente amarrado el respaldo presidencial. Y la tercera, quizá la más importante, es que la sociedad todavía puede influir cuando una decisión gubernamental parece equivocada.

Al final, prevaleció el sentido común: el Mundial podrá paralizar conversaciones, oficinas y redes sociales, pero no puede convertirse en argumento para debilitar aún más un sistema educativo ya deteriorado.

Porque si la educación en México ya enfrenta demasiadas carencias, reducir clases jamás iba a ser parte de la solución.

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