Desentenderse de la educación

La sociedad se reveló y el gobierno recibe un severo revés por su decisión de modificar el calendario escolar. Difícil comprender la decisión y el argumento. Reducir el periodo escolar en 40 días es un cambio que trastoca a millones de familias, además del problema que significa para cubrir programas y contenidos un ajuste de tal proporción.

Lo primero que viene a la mente es que, seguramente, la presidenta Sheinbaum no estaba enterada, una decisión tan absurda no puede ser aprobada por una presidenta preparada, además madre. De hecho, su respuesta al tema en su mañanera del viernes fue en el sentido de que no era definitivo, que se estaba valorando. La mandataria percibió la magnitud de la indignación e hizo pensar que se revertiría una decisión presentada como definitiva, así fue anunciada por las autoridades educativas federales y luego por la mayoría de las locales.

Difícil, asimismo, pensar cómo se procesó la decisión. Se emprendió sin consultar a estados ni a padres; los argumentos no son convincentes y rayan en el ridículo. Invocar a la onda de calor y al evento deportivo carece de todo sentido. El primero, de ser cierto, se resolvería por municipio, no para todo el país, porque para ese entonces en casi todo el territorio habría un periodo de lluvias que mitiga el calor extremo. En lo deportivo, no se puede sobreponer la afición o el interés por la suerte del equipo nacional a la elevada necesidad de cubrir contenidos escolares. Razones absurdas y, de ser así, quienes toman decisiones de tal seriedad no tienen la menor idea de la afectación a los educandos y a las familias, más allá de la airada y generalizada respuesta de muchos sectores de la sociedad.

El perfil del secretario Mario Delgado no es el deseable para ser titular de tan relevante dependencia; confirma que al obradorismo no le ha importado la calidad educativa. Sin embargo, Delgado es una persona con experiencia, preparación y conocimiento político. Su insistencia en el ajuste del calendario, después de lo dicho por la presidenta, lleva a pensar que se trata de un ardid para cambiar la conversación, por ahora dominada por la narcopolítica, a grado tal que el cambio en la dirigencia nacional del partido gobernante ha sido marginal ante la magnitud de la polémica asociada a la acusación de narcotráfico del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya.

De cualquier manera, meterse con la educación es afectar en lo más íntimo y directo a las familias mexicanas; las razones que se argumentan son ofensa que revela frivolidad extrema y desinterés por lo que más ocupa y preocupa a los padres: la formación de sus hijos. No sólo es un perjuicio a los padres y madres, a los menores, es, más que todo, al país. ¿Qué tendría que estar pasando por la cabeza de quienes decidieron y aprobaron la determinación al privilegiar un evento deportivo respecto a la educación?

Dos reflexiones vienen al caso: la mediocridad en el gobierno y su pretensión de extenderla a la sociedad; y, por otra parte, el papel de la presidenta Sheinbaum, que debe corregir las decisiones de sus subordinados. Resulta trágico e igual se observa en funcionarios, legisladores y en la Suprema Corte de Justicia del régimen. El país está tocando fondo; a muchos no importa o no lo adviertan; sin embargo, las consecuencias son atroces, tanto en la educación, la salud, la economía o en desastres como el derrame de petróleo, ante el cual el director de la empresa responsable, con candidez inexplicable, hizo público que los subordinados de sus subordinados lo engañaron, propiciando que la presidenta mintiera durante semanas. No hay consecuencias por errores elementales, la caquistocracia adquiere carta de naturalización.

La presidenta pasa por desinformada para salvar el error de sus colaboradores. Si la presidenta no sabía, malo; y si sabía, pero no reparó en el error, peor. Lo cierto es que asume un elevado costo que seguramente no es registrado por los estudios de opinión sobre el desempeño de la mandataria y que engañosamente la hacen acreedora a una elevada aprobación.

Difícil aceptar que la presidenta Sheinbaum esté dispuesta al desfiguro por la gira de un grupo artístico de Corea del Sur, en un evidente afán de conectar con la población joven, y, por otra parte, no esté dispuesta a imponer su autoridad y carácter —del que ha dado prueba sobrada— para evitar que su equipo de trabajo conspire contra su gobierno y la credibilidad de la institución presidencial.

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