¿Qué estaba haciendo tu madre a la edad que tienes ahora?

Existe un lugar en Países Bajos llamado Giethoorn que es conocido como la Venecia de Holanda pero en mi mexicana mente, no pude evitar sentir evocado a Xochimilco, pues ambos comparten casas a ras de canales, con la excepción claro de que los esfuerzos por conservación son tan distintos que en un país basado en canales y agua, Xochimilco queda en superficie algo pequeño, pero ese lugar es de los favoritos de mi madre. Caí en la cuenta de que a la edad que tengo ahora mismo, ella ya era madre.

Su vida ya giraba en torno al trabajo que en aquel momento, era reciente, dentro del sistema de salud pública. También giraba en torno a mí, la la experiencia de permitir que su mundo se muriera para que naciera otro en el que todo era nuevo. Pienso en el contexto complejo que le tocó hacer todo esto y me parece urgente que repensar la vida de las madres desde la empatía implique el ejercicio de mirar también hacia adentro identificando a esa voz interna, esa que no envejece ni se hace tan madura como los hijos creen que se hace.

El hecho es que cuando somos pequeños, egocéntricos y no conocedores de la vida, las madres especialmente se vuelven agentes superpoderosas. Son la primera autoridad pero también el lugar seguro, simplemente lo hacen todo. El tiempo y los años permiten a la conciencia de la mayoría aprender lo compleja que es la vida, pero pensar con esa voz interna del momento que vivimos sobre lo que nuestras madres hacían podría permitirnos volver a valorarlo. Ahora sabemos que son vulnerables y que ese es otro super-poder, que fueron una niña confiando en su mamá algún día, que fueron una mujer joven amando y que tal vez, sufrieron por las ideas o sus consecuencias de aquel amor romántico que hemos aprendido. Qué no lo sabían todo aunque para los ojos infantiles, la confianza en su experiencia significara casi casi que ellas habían inventado al mundo y a sus dinámicas.

Creo que hay una gama amplísima con la que se juzga a las madres y la paradoja de los días en que las celebramos radica en que las sociedades y sus integrantes podemos habitar la ambivalencia idealizando y juzgando, celebrando y ahogando reclamos, como si nuestra versión infantil quisiera quejarse por no recibir ese helado mientras la versión adulta se deshace en elogios y agradecimientos al entender lo complejo que es sostener. Sostenerse a sí mismo y sostener a los otros es un reto de dimensiones no comprensibles.

Entonces y solo entonces, entendemos algo doloroso y bellísimo a la vez, pues nuestras madres nunca dejaron de estar viviendo por primera vez. Nunca dejaron de improvisar un poco. La diferencia es que mientras nos sostenían, aprendieron a hacerlo sin que se notara demasiado. Ahora que caigo en la cuenta de mi cerebro y diálogo interno naturalmente inmaduro, pienso en esa mujer de 30 años de edad teniendo una hijita dentro de una sociedad que tenía los resabios de los peores estándares y exigencias para las mujeres. Tal vez nunca podremos descifrar lo asfixiante de aquella época porque ahora todo parece ser mucho más libre, las miles de opciones y destinos son aderezados de experiencias de mujeres que se atreven a elegirse. Creo que la mía no tuvo esa opción. Tal vez, pudo haber decidido abortarme y vaya que me habría hecho muy feliz. No por la posibilidad de no existir sino porque ella se habría podido elegir a ella. Pudo haber elegido otra profesión, viajado, cambiado el rumbo una vez que el elegido antes le hubiera cansado pero no pasó. Estamos aquí. En su profunda generosidad, me dio crianza, educación y el amor de un refugio llamado madre. No estoy segura de que yo hubiera podido entregar lo mismo a alguien, al menos no como ella lo hizo y es intrigante pensar en cómo es que ella pudo con todo y eso, desafiar un poco a las voces de la época pues la mía ha sido todo menos una madre convencional.

Creo que ninguna madre es “convencional”. La idea de una madre convencional no es más que un conjunto de atributos diseñados desde el ideario conservador sobre el mandato de maternidad, pero hasta las más hechas al molde, tuvieron que encontrar e inventarse mil maneras de afrontar lo que no podemos siquiera saber o recordar. Otras madres también tuvieron que permitirse vivir fuera de lo convencional por mil y un razones posibles: por padres desobligados o por querer estudiar y trabajar o porque la vida les jugó una mala broma, porque quedaron viudas o porque asumieron labores que supuestamente no eran para mujeres, tal vez porque les quitaron a sus hijos, o porque los perdieron, o porque eligieron un doctorado, o porque nacieron en la época de la revolución de las mujeres. Tal vez porque se atrevieron a divorciarse o porque se atrevieron a iniciar nuevas vidas en nuevos lugares, porque se atrevieron a amar o porque se atrevieron a negarse a la maternidad. Porque tuvieron que migrar sin sus hijos o abandonar un hogar violento solo para sobrevivir, porque emprendieron, porque escribieron libros, porque dieron clases, porque fundaron empresas o porque se descubrieron listas para liderarlas. Por mil y un razones creo que en días como hoy que celebramos la maternidad debemos de viajar en el tiempo y pensarnos cómo seríamos con ese yo-interno que tanto conocemos viviendo en la época de nuestras madres, teniéndonos a nosotros como hijos con lo testarudos o bien portados, según sea el caso. Sentarnos ahí, en un viaje dentro del tiempo, poniéndonos la conciencia que ellas cargaron cuando tuvieron que renunciar a otras cosas con tal de cuidarnos, mirando que tal vez, nos eligieron y nos planearon o que también pudieron haber aceptado el destino de nuestra llegada como consecuencia del amor, pero que en el peor y más desconocido de los casos, tal vez somos producto de que no pudieron decir que no, que somos consecuencia de relaciones tormentosas y eso no nos hace menos valiosos, después de todo, la magia de la vida no circula con criterio de exclusión por motivos de una mala relación.

Mi abuela Isabel un día me contó que al volver de la escuela, se quedó hablando en la entrada de su casa con un chico que la perseguía bastante, pero ella no lo quería. El tipo estaba enamorado, supuestamente, pero ella lo rechazaba. Aquel día estaba por entrar a casa cuando el tipo la abordó, su padre se dio cuenta y además de regañarla sin escucharla, dijo que ahora se tendría que casar y comenzó con planes absurdos solo por una plática no solicitada por ella. La casaron, casi a la fuerza, y de esa relación frenética tuvo a mi tía diabólica y a mi padre. El marido no querido murió en consecuencias traumáticas para todos y cuando apenas y tenía algo de libertad para elegir su camino, se enamoró y su hija, la tía diabólica, se embarazó de aquel nuevo novio de su madre. La tía diabólica habrá tenido pocos años, tan pocos como su conciencia pero en su historia es todo menos convencional. Con aquel tuvo cerca de cuatro hijos y su maternidad, tampoco convencional, me recuerda a que hay tantas posibilidades en la historia de las madres que desde la empatía, ponernos en su lugar pensando en su edad cuando tomaron decisiones, comparándonos con la edad que ahora tenemos y nuestro pensamiento es tan útil para mirarnos como las niñas internas que todas somos. Como la niña interna de nuestras madres que sufrió hasta el pataleo las buenas o malas decisiones y los buenos o malos azares del destino, que aún desde esa conciencia mitad infantil y mitad adulta nos ayudaron a ser lo que hoy somos, quienes hoy sostenemos lo que sostengamos.

Pienso en mi madre caminando por Xochimilco hace años, quizá cansada, quizá preocupada por el dinero, quizá con miedo del futuro, y aún así encontrando belleza en el agua, en las flores, en la posibilidad de detenerse a mirar. Pienso ahora en mí, al otro lado del mundo, mirando canales distintos y tratando de entender qué significa crecer lo suficiente para mirar a tu madre no solo como madre, sino como mujer. Sentir compasión y agradecimiento y casi vergüenza por los malestares que le haya tenido que hacer pasar cuando tenía más corta la conciencia. Como alguien que también tuvo treinta años o menos, dudas, ilusiones, contradicciones y una vida interior inmensa que sus hijos apenas alcanzan a imaginar. Alguien que se atrevió a vivir la enorme travesía de tenerme y criarme. Tal vez crecer consista en descubrir que nuestras madres no eran gigantes, sino humanas y que eso las hace tremendas gigantes al haber logrado y seguir logrando tanto. Que precisamente allí, en haber amado, cuidado y continuado aun con cansancio, miedo o incertidumbre, está la verdadera dimensión de su fuerza. Una fuerza que no es necesario romantizar ni disminuir, una que simplemente es fuerza, sin adjetivos.

A veces quisiera poder volver al pasado solo para abrazarla un momento mientras era esa niña o esa joven. Decirle que lo está haciendo bien. Que la niña que carga de la mano un día entenderá todo lo que ella estaba dejando atrás para construirle un hogar emocional al frente. Que incluso ahora, mientras yo camino por ciudades lejanas y miro paisajes que a ella le hubieran gustado, sigue existiendo una parte de mí que busca su voz para saber que el mundo continúa siendo un lugar seguro. Que de entre todas las historias que pudimos tener, construimos esta y que es perfecto. Que no bastan los gracias y que ni todas las fortunas terrenales serían suficientes para pagar lo que ha hecho por mí. Feliz día de las madres.

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