La deuda emocional con nuestras infancias
En el Día de las Infancias vale la pena hacer una pausa y mirar más allá de programas, evaluaciones o infraestructura. Todo eso importa, pero hay un elemento más profundo que suele quedar en segundo plano: la autoestima.
La autoestima no es un añadido, es la base desde la que una persona aprende, convive y se orienta en la vida. Cuando es frágil, todo se resiente; cuando es firme, abre posibilidades.
El psicoterapeuta Nathaniel Branden la define como la unión entre confianza y respeto hacia uno mismo. No basta con saber; es necesario sentirse capaz y digno. Ahí comienza, en buena medida, el sentido de educar.
En este punto cobra relevancia la crianza positiva. No se trata de permisividad, sino de educar con claridad, constancia y respeto: guiar sin anular, corregir sin herir, poner límites sin recurrir al miedo.
Sin embargo, existe un debate vigente. Desde la terapia cognitivo-conductual se advierte que, sin límites claros y consecuencias consistentes, el niño no desarrolla autorregulación. Por su parte, la crianza positiva enfatiza el vínculo y la empatía como base del desarrollo. Más que posturas opuestas, son complementarias: una crianza saludable requiere afecto y estructura. La autoestima se construye en ese equilibrio.
Un niño que crece en un entorno donde es escuchado, orientado con respeto y con reglas claras no solo aprende normas: aprende a valorarse.
No es un tema menor. Como advierte Branden, uno de los mayores obstáculos para el amor es el temor de no ser digno de él, y para la felicidad, creer que no se merece. Esto obliga a mirar más allá del aula y pensar en la vida que cada niña y cada niño construirá.
Pero también obliga a reconocer una realidad que ya se expresa en nuestras escuelas. La ausencia de una formación sólida en lo emocional y en la autoestima está teniendo consecuencias visibles: el aumento de la violencia escolar, conflictos cada vez más intensos y, en casos extremos, situaciones que derivan en daños graves, autolesiones o incluso la pérdida de vidas. No se trata de alarmar, sino de entender que estos fenómenos no son aislados, sino reflejo de una fragilidad más profunda en la forma en que estamos formando a nuestras infancias.
Una autoestima sólida mejora el aprendizaje, fortalece la resiliencia, favorece la convivencia y reduce conductas de riesgo. Pero, sobre todo, permite que cada persona se reconozca como alguien valioso.
El reto, entonces, no es solo enseñar más, sino educar mejor. Y educar mejor implica entender que escuela y familia no pueden ir por separado. La autoestima se forma en la relación entre ambas.
Se necesitan escuelas que combinen exigencia y comprensión, y docentes que formen criterio además de transmitir conocimientos. Y se necesitan familias que acompañen con coherencia, entendiendo que la autoridad se construye con el ejemplo.
Educar es preparar para la vida. Y eso no se reduce a adquirir habilidades, sino a aprender a confiar en uno mismo y reconocer el derecho a vivir con dignidad.
Porque una niña o un niño que confía en sí mismo no solo aprende mejor. También decide mejor, convive mejor y participa mejor en la sociedad.
Apostar por una crianza basada en el respeto —sin renunciar a la firmeza— es apostar por una educación centrada en la persona. Y si logramos infancias con autoestima sólida, no solo formaremos buenos estudiantes, sino ciudadanos capaces de sostenerse y convivir con los demás.