Querían circo… y fabricaron una presidenciable

“The surest way to work up a crusade in favor of some good cause is to promise people they will have a chance of maltreating someone.”

Aldous Huxley, Brave New World Revisited

“And you may ask yourself: well… how did I get here?”

Talking Heads, Once in a Lifetime

Aplausos. No solo no aprendieron: están repitiendo el error con una precisión casi pedagógica.

Cuando Vicente Fox decidió cargar el aparato del Estado contra Andrés Manuel López Obrador, creyó que lo estaba frenando. En realidad, lo estaba bautizando. Le dio narrativa, causa, agravio… y público. Hoy, dos décadas después, la historia no se repite: se perfecciona.

La ofensiva del morenismo contra Maru Campos no es un episodio más del ruido político; es una radiografía del momento: un poder que ha dejado de distinguir entre justicia y utilidad. Se usa la ley para disciplinar, no para ordenar. Y cuando eso ocurre, la pregunta deja de ser jurídica y pasa a ser política: ¿a quién se le aplica la ley sin más… y a quién se le administra el beneficio de la duda?

Mientras se coloca bajo sospecha a una gobernadora que enfrentó estructuras criminales en su estado, el contraste con otros territorios resulta incómodo. Por ejemplo, en Sinaloa, bajo el gobierno de Rubén Rocha Moya, la violencia y la captura territorial llevan años siendo tema, pero no prioridad política del centro gubernamental.

Las comparaciones son odiosas, pero también inevitables. Cada vez más evidentes.

El país real —el de los desaparecidos, el de la violencia que se normaliza, el de comunidades enteras que viven bajo reglas paralelas— no coincide con el país narrado desde Palacio Nacional. Y cuando esa fractura se hace visible, cualquier uso selectivo de la ley deja de parecer justicia.

Parece cálculo.

Entonces ocurre lo que el poder no prevé —o no quiere prever—: el exceso genera reacción. Maru Campos no salió debilitada, salió proyectada. No salió exhibida, está siendo legitimada. No salió contenida, sino empoderada.

Hay una regla no escrita que el oficialismo empieza a violar con frecuencia: en sistemas altamente concentrados, la visibilidad política no se construye… se detona. Y casi siempre por error del poder. Fox lo hizo con López Obrador. Hoy, la 4T lo hace con Maru Campos. Y en un contexto más delicado: mayor polarización, mayor desgaste institucional y una necesidad creciente de contrapesos visibles.

Ahí es donde el cálculo empieza a romperse. Porque mientras en el Senado —con figuras como Mier o Fernández Noroña marcando el tono— se insiste en la lógica del escarmiento, en Palacio Nacional ya se asoma otra lectura. Claudia Sheinbaum empieza a entender que estas embestidas no destruyen carreras. Las construyen.

Hay un detalle que lo revela todo: cuando la gobernadora sostiene que “no sabía”, y ese argumento se parece demasiado al que ha utilizado la propia presidenta en ese y otros casos, el ataque pierde coherencia. Se convierte en espejo. Y en política, cuando el espejo aparece, el golpe rebota.

El resultado es el peor posible para quien golpea: lo que pretendía ser castigo se convierte en validación. La fortalecen. Se legitima. Se empodera.

¿Le alcanzará a Maru? Esa ya sería otra cuestión…

Y aquí entra el trascendido. En ciertos círculos —políticos, empresariales, incluso diplomáticos— empieza a circular una idea incómoda para el oficialismo: si la 4T no corrige su lógica de persecución selectiva, podría terminar incubando no solo figuras aisladas, sino una candidatura competitiva desde la oposición para 2030.

No porque la oposición esté particularmente fuerte (es evidente que no). Sino porque el propio poder estaría haciendo el trabajo que le corresponde. Fabricándola.

No sería la primera vez. En América Latina, más de un liderazgo ha nacido así: no desde la estructura, sino desde la confrontación mal calculada del sistema. Y eso explica por qué lo que hoy parece un episodio local podría no serlo. Podría ser el inicio de algo más.

Mientras tanto, el daño colateral sigue acumulándose. El fiscal de Chihuahua, forzado a salir, empieza a encajar en el molde conocido del mártir. Otra vez la misma escena: en la oposición hay consecuencias visibles; en el oficialismo, explicaciones interminables. Las comparaciones regresan…. Y pesan.

No hubo circo. O sí: pero no el que esperaban. Cuando el poder decide exhibir fuerza sin estrategia, lo que termina mostrando no es control, es ansiedad. Y pocas cosas son más peligrosas que un poder ansioso. Sobre todo cuando, sin darse cuenta, empieza a construir a quien lo va a disputar.

Se corren apuestas.

Giro de la Perinola

No es un caso aislado. Es patrón. Ahí está Lilly Téllez, empujando temas incómodos hasta niveles internacionales. Ahí está Alessandra Rojo de la Vega, convirtiendo cada confrontación en capital político. Ahí está Grecia Quiroz, creciendo justo donde el poder intentó ridiculizarla. Y ahora, Maru Campos.

Distintas entre sí. Incluso incompatibles. Pero con un denominador común: todas han sido amplificadas por el mismo poder que intentó contenerlas.

En América Latina esto tiene historia. Liderazgos que nacen desde la confrontación, que crecen desde el agravio, que se legitiman en el choque con el sistema.

Algunos terminan en nada. Otros terminan en la boleta.

El problema para la 4T no es quiénes son hoy estas figuras. El problema es en quiénes las puede convertir mañana.

Porque si algo demuestra este momento es que el poder no está administrando a la oposición. La está incubando.

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