Democracia, capitalismo y racismo: La arquitectura de la exclusión

REFUTACIONES POLÍTICAS

Nos han enseñado a creer en una fábula cómoda: que la historia de Occidente es una marcha heroica hacia la libertad, impulsada por la democracia liberal y el capitalismo. En ese relato, el racismo aparece como una mancha vergonzosa, un error corregible o una desviación moral. Pero esa narrativa no resiste un análisis serio. El racismo no es un fallo del sistema: es una de sus condiciones de posibilidad. Para entender la relación entre democracia, capitalismo y racismo hay que romper con la ingenuidad moralista. El racismo no es simplemente odio o ignorancia; es poder organizado. Es la capacidad de decidir quién cuenta como humano y quién puede ser reducido a objeto, explotado o eliminado sin que el orden jurídico se fracture.

El capitalismo no nació limpio ni espontáneo: nació manchado de sangre. Su expansión exigió un mecanismo brutal de acumulación, y lo encontró en la trata transatlántica de esclavos. Pero había un problema: ¿cómo convertir seres humanos en mercancía sin hacer estallar las bases morales y jurídicas que Europa decía defender? La respuesta fue tan eficaz como cínica: inventar la “raza”. No como descubrimiento científico, sino como herramienta política y económica. Clasificar para dominar, deshumanizar para explotar. Así, millones de personas fueron expulsadas del universo de los sujetos de derecho y reubicadas como capital. El derecho moderno no fue ajeno a este proceso: lo hizo posible. Le dio forma, lenguaje y legitimidad, transformó la violencia en norma, el saqueo en propiedad, la esclavitud en contrato. No ocultó la barbarie: la organizó.

La democracia liberal tampoco nació universal: nació excluyente. Su contrato social fue, desde el inicio, un pacto entre iguales, pero solo entre ciertos iguales. El resto quedó fuera; el caso paradigmático es la Constitución estadounidense de 1787, un documento celebrado como emblema de libertad que, en realidad, incorporó la esclavitud en su núcleo. Sin nombrarla, la protegió; sin cuestionarla, la institucionalizó. No fue una contradicción: fue un diseño. El llamado “sujeto universal” del derecho nunca fue universal; tuvo rostro, color y propiedad: fue varón, blanco y propietario. Su elevación dependió, desde el inicio, de la exclusión sistemática de otros, y ese patrón no desapareció, sino que mutó: de la esclavitud a la segregación, y de ahí a formas contemporáneas como el encarcelamiento masivo, el control policial y el punitivismo selectivo. La democracia liberal no eliminó las jerarquías: las administró.

El horror del Holocausto suele presentarse como una anomalía histórica, no lo fue. Fue la radicalización de técnicas que Europa llevaba siglos perfeccionando en sus colonias. Antes de Auschwitz hubo Namibia; antes de las leyes raciales nazis hubo experimentos de exterminio, clasificación y confinamiento aplicados a pueblos colonizados. Lo que cambió no fue la lógica, sino el escenario. El racismo funciona como una tecnología política de enorme eficacia: produce miedo, canaliza frustraciones, fabrica enemigos y cohesiona artificialmente a sociedades atravesadas por profundas desigualdades. Mientras el odio se dirige hacia el “otro”, el orden económico permanece intacto. No es un residuo irracional: es una herramienta de gobierno.

Seguir presentando a las democracias occidentales como la cima de la civilización jurídica es, en el mejor de los casos, ingenuidad; en el peor, encubrimiento. Su desarrollo está atravesado por una historia de exclusión sistemática que no puede seguir siendo maquillada como progreso. Si se quiere construir algo distinto, no bastan reformas superficiales ni discursos bienintencionados; hace falta desmontar las ficciones fundacionales, cuestionar al sujeto abstracto del derecho y exhibir las relaciones de poder que lo sostienen. Solo a partir de esa ruptura será posible imaginar un orden distinto, uno donde la dignidad no sea una promesa selectiva ni la igualdad una fórmula vacía, y donde la ley deje de servir para organizar la exclusión y empiece, por fin, a desmantelarla.

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