El Wall Street Journal le debe una disculpa a Claudia Sheinbaum, a los lectores y a todas

El machismo y la misoginia no son análisis político, no son opinión periodística y mucho menos puede ser “periodismo de investigación”. El periódico Wall Streen Journal publicó un texto por el que debería ser éticamente cuestionado y responsable, pues por supuesto. En 2026 ni siquiera desde el país con el presidente más macho alfa del planeta podría justificarse una expresión como esta, traducida al español e igualmente ofensiva en inglés por lo que esconde entre líneas: “La presidenta de México solía trabajar para un macho alfa, así que pensó que podría manejar a Trump.” No es un descuido de redacción. Entre líneas sugiere una dinámica de inferioridad no declarada en la que sostiene la idea de que la presidenta era o es “trabajadora” de López Obrador, en una relación de supra-sub ordenación, colocando abajo a la presidenta e ignorando que Claudia Sheinbaum por sí misma fue la primera mujer en ser votada masivamente, con trayectoria e historia propia. Es una declaración ideológica que el diario neoyorquino eligió como anzuelo editorial y merece ser nombrada con la precisión que le corresponde: es misoginia.

Pero el texto no se detiene ahí. A lo largo de sus párrafos, los tres firmantes construyen un relato y un retrato inexistente, utilizando recursos estereotípicos sobre las mujeres y en el uso clínico de la imagen de una mujer desbordada, que duerme apenas cuatro horas, que se muestra “más indecisa y agotada”, que “arremete contra los miembros de su equipo”, que deambula extenuada por “los fríos pasillos y oscuros corredores del ornamentado Palacio Nacional.” El subtexto es transparente y antiquísimo: es que es mujer. El cliché arraigado en el subconsciente colectivo y al que apelan los autores vergonzosamente publicados por WSJ es que “no puede con el cargo”, que el poder la supera. Es vergonzoso porque un periódico resulta responsable del contenido que los autores publican en él. Así como es tan responsable o vergonzoso que el código de ética de un medio permita el plagio lo es que permita la misoginia. Tal vez, esta última resulta peor pues intrínsecamente resulta discurso de odio.

Lo que el WSJ omite, deliberadamente o por pereza intelectual, es el contexto que desmonta su propio relato. La agenda que describen con tono de denuncia como reuniones de seguridad a las seis de la mañana, rueda de prensa a las siete y media, trabajo hasta la madrugada es precisamente la evidencia de una jefa de Estado en pleno ejercicio de sus funciones. Cualquier lector honesto reconocería en esa descripción a una mandataria trabajando, no a una mujer colapsada. Sin embargo, Pérez, De Córdoba y Amon la presentan como síntoma de debilidad. El mismo horario, en un hombre, habría sido relatado como fortaleza. Probablemente, les parece normal que Donald Trump se quede dormido en la Sala Oval en medio de reuniones y no dedican líneas sobre su colapso, ni lo nombran así… pero ven a la presidenta Claudia Sheinbaum afrontando una agenda presidencial cercana con la gente que incluye giras, y además de puntualidad, siempre ofreciendo una sonrisa y mucho más rozagante que personas de mi edad, y abundan en la crítica como la que se lee en su texto. Cargada de adjetivos calificativos, valoraciones subjetivas, sin neutralidad y no de hechos ni de pruebas.

La tesis de fondo es más grave aún. Al invocar al “macho alfa”, es decir, a López Obrador como la figura que habría actuado como aquel para quien trabaja Sheinbaum, el artículo construye una cadena de dependencia igualmente machista que anula implícitamente a la presidenta con las siguientes ideas: ella aprendió a “lidiar” con él, y ahora él le sirve de manual frente a Trump. México, en esa lógica implícita, no negocia como nación soberana sino como aprendiz de una tutela masculina. Es un relato colonial e imperialista con pretensiones de análisis geopolítico.

Conviene recordar los hechos. El único período de colaboración institucional directa entre Sheinbaum y López Obrador ocurrió entre 2000 y 2006, cuando ella se desempeñó como secretaria de Medio Ambiente del entonces Distrito Federal. Antes de eso, Claudia Sheinbaum ya existía. Tenía trayectoria propia, agencia propia, trabajo científico y académico, activismo político estudiantil, ideología marcada de izquierda y actuación definida. Desde entonces, su trayectoria no ha dependido de ningún “empleador”: fue jefa de Gobierno de la Ciudad de México por elección directa, candidata presidencial por decisión de su partido y de una encuesta abierta, y presidenta de la República con 36 millones de votos —la votación más amplia en la historia democrática del país—.

Durante más tiempo de su carrera en la administración pública, la presidenta ha tenido espacios que le fueron votados, conferidos directamente por la voluntad popular, que bajo nombramiento de alguien más. Toda su carrera posterior a aquel cargo capitalino la construyó desde la autonomía fáctica, legal y política.

Reducirla a “empleada de un macho alfa” no es solo un error factual cargado de sesgos misóginos. Es el gesto que durante décadas ha buscado explicar el poder de las mujeres como derivado, concedido o tutelado por algún hombre. Es el comentario que se formula cuando la incomodidad ante una mujer que gobierna sin pedir permiso no encuentra otro cauce más que el desprecio. Toda la carrera política de Claudia Sheinbaum se ha basado en su capacidad técnica para resolver las necesidades, su liderazgo político para ser candidata y su cercanía popular para ganar elecciones. Los corresponsales de WSJ eligieron ser la caja de resonancia de la facción más conservadora, menos informada y para su mala suerte, con la menor probabilidad de “filtraciones” reales.

El daño es real, conceptual y conveniente para alimentar o crear la idea de que hay una presidenta “debilitada”. No es victimismo nombrarlo: es el primer acto de resistencia frente a la violencia narrativa. Lo que Pérez, De Córdoba y Amon ejercieron no es análisis. Es propaganda, bastante rancia y nada ética. Es la hostilidad frente a una mujer que ejerce el poder sin pedir permiso y que no cede ante las presiones de Donald Trump ni de la derecha mexicana que se ha convertido en la verdadera franquicia subyugada al gobierno norteamericano. Propaganda machista traducida en prosa periodística y publicada en primera plana. Y eso no solo violenta a la presidenta, sino a todas las mujeres, y a los 36 millones de personas que votaron con plena conciencia.

El Wall Street Journal le debe una disculpa pública a Claudia Sheinbaum. Se la debe, también, a sus lectores y a todas.

Santiago Pérez, José de Córdoba y Michael Amon. Esos son los nombres que firman lo que el Wall Street Journal publicó este martes como si fuera periodismo. Encima de todo, entre líneas sugieren algo peor: que la presidenta ahora tendría desempeño de “empleada” frente a Donald Trump y que la experiencia frente al manejo de un “macho alfa” no es suficiente. Los ofendidos somos todo el pueblo de México. Insertar machismo, misoginia y desprecio del liderazgo a una presidenta, a la maxima jefa de Estado y de gobierno de un país completo, es algo que debería interpelarnos. Intrínsecamente el análisis de discurso sugiere que nuestro país “le sirve” al suyo. Gravísimo. Aquello no es periodismo, es una ofensa completa y el mejor ejemplo sobre cómo es que se tiran a la basura los lineamientos de Dow Jones & Company, que a su vez pertenece a News Corp y es dueña del periódico, donde enuncian como conducta editorial la verificación de hechos (fact-checking), independencia editorial, manejo de conflictos de interés, uso de fuentes y separación entre información y opinión. Ni eso, ni los estándares profesionales del periodismo en Estados Unidos, como los promovidos por la Society of Professional Journalists, cuyo código incluye principios como “buscar la verdad y reportarla”, “minimizar el daño” y “actuar de forma independiente” se cumplen con el desafortunado texto.

Lo curioso: ningún esfuerzo propagandístico de este tipo ha logrado disminuir la fuerza simbólica de la presidenta, previamente y a menudo, los ataques provenientes de Estados Unidos únicamente generan conexión con quienes previamente ya se posicionaban en contra del gobierno en turno, en tanto que las mayorías suelen desconfiar y rechazar este tipo de textos, más viniendo del Estados Unidos en la era Donald Trump junto con la respectiva “Trumpización” de la prensa.

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