Los presidentes siempre están enterados de todo… (hasta que la realidad los exhibe)
“El poder no se mide por lo que se declara, sino por lo que se controla”.
Michael Mann
“Cuando la información se fragmenta, la autoridad también”.
James March
“Todos los presidentes saben lo que sucede siempre”.
Andrés Manuel López Obrador
¿De verdad? Porque viendo a Claudia Sheinbaum en sus mañaneras, la sensación es exactamente la contraria: cada vez llega menos preparada, más reactiva, más incómoda en su propio papel. Y no, no es percepción aislada. Es patrón.
Entonces la pregunta deja de ser retórica: si los presidentes están enterados de todo, ¿por qué la presidenta parece enterarse tarde? ¿Quién está filtrando, reteniendo o, peor aún, administrando la información que le llega? Porque gobernar sin información no es austeridad republicana: es ceguera estratégica.
Gobernar así —con cara de “me acabo de enterar”— no es estilo, es síntoma.
En teoría, el Estado moderno funciona como una maquinaria de información: recolecta, procesa y decide. Es, en palabras de Max Weber, una estructura racional-burocrática donde la previsibilidad es condición de poder. En la práctica mexicana, sin embargo, la burocracia parece operar como teléfono descompuesto: la información llega tarde, mal… o estratégicamente mutilada. Y cuando eso ocurre, el poder deja de anticipar y se limita a reaccionar. Mal y tarde.
Dos hechos recientes lo exhiben con una claridad incómoda.
El primero: la inseguridad a semanas de un evento global que exige exactamente lo contrario —control, previsión, capacidad estatal–. A 52 días del Mundial, México no proyecta seguridad; proyecta improvisación. El ataque en Teotihuacán no solo fue un acto violento en un sitio emblemático; fue una radiografía del Estado: un espacio simbólico, turístico, vigilado… vulnerado. No fue “un loco”. Fue un sistema que ya no filtra riesgos básicos.
Un ataque en uno de los símbolos más visibles del país. No es solo un fallo de seguridad: es una metáfora institucional. Si no puedes proteger lo más obvio, lo más vigilado, lo más simbólico, ¿qué exactamente estás protegiendo? Aquí no aplica el consuelo de “fue un hecho aislado”; como diría Charles Perrow, en sistemas complejos los accidentes no son anomalías, son inevitables cuando la estructura ya está deteriorada.
México ya cruzó esa línea: lo impensable se volvió frecuente y lo frecuente, normal.
El segundo: el “accidente” en Chihuahua. Entre comillas, porque en México esa palabra suele significar “versión provisional”. Un episodio que, en cuestión de horas, produjo más versiones que certezas. Que si el gobierno federal sabía de la presencia de agentes estadounidenses. Que si no sabía. Que si era decisión unilateral de Maru Campos. Que si ahora sí quieren “aclararlo”. Y en medio de ese desorden narrativo, una revelación que dinamita el discurso oficial: agentes de la CIA operando en territorio mexicano, infiltrados incluso con uniformes locales, realizando labores de inteligencia, ubicando narcolaboratorios… desde hace meses. Es decir: exactamente lo que el gobierno asegura no permitir.
Y en ese vacío, florece lo inevitable: la disputa interna. Porque cuando el centro no ordena, las periferias compiten. Lo que estamos viendo no es solo inseguridad; es fragmentación del poder. Una gobernadora operando por su cuenta, un gobierno federal desmintiéndose a sí mismo y un Senado más interesado en el linchamiento político que en la coordinación institucional. Si esto fuera un paper de ciencia política, hablaríamos de un problema de “principal-agente” de manual: el principal (la presidencia) ya no controla a sus agentes (gobiernos locales, operadores de seguridad), y estos empiezan a jugar su propio juego.
Aquí la contradicción ya no es política; es estructural. Porque si no sabían, el problema es gravísimo: pérdida total de control territorial e informativo. Y si sí sabían, entonces el problema es otro: simulación deliberada frente a la opinión pública. Elija usted qué escenario le parece menos alarmante.
Y como en toda crisis mal gestionada, aparece el ruido político. El oportunismo como reflejo condicionado. Ahí entra Javier Corral, siempre listo para subirse al pleito local aunque ya no tenga vela en ese entierro, y Andrea Chávez, intentando capitalizar una narrativa aún no probada para posicionarse. El espectáculo podría titularse sin mucho esfuerzo: todos contra Maru Campos. Porque eso es más fácil que enfrentar el problema real: un Estado rebasado.
Mientras tanto, el fondo se agrava. Porque no estamos hablando de política doméstica, sino de seguridad internacional. La presencia —y muerte— de agentes vinculados a Estados Unidos no se queda en la nota roja. Escala. Presiona. Reconfigura.
Y en ese tablero, México no está jugando a ganar, sino a contener daños. Aquí es donde la teoría vuelve a ser útil. Guillermo O’Donnell hablaba de “zonas marrones”: espacios donde el Estado existe formalmente pero no ejerce control efectivo. México ya no tiene zonas: tiene franjas enteras donde la autoridad se simula.
Y en ese contexto, la frase de López Obrador adquiere un matiz involuntariamente cómico. Porque no, los presidentes no están enterados de todo. O al menos no esta presidencia. Y si lo están, entonces el problema es aún más grave: están enterados… y no pueden hacer nada al respecto.
Peor aún: dentro de su propio partido le están jugando chueco. Porque cuando el poder se fragmenta, la lealtad se vuelve transaccional y la información se convierte en arma. Ya no fluye: se dosifica, se oculta, se utiliza. Y el resultado es el que estamos viendo: una presidenta que reacciona, un gabinete que contradice y un país que se le descompone en tiempo real.
Así que no, no es solo una mala semana. Es un síntoma acumulado. Y conviene decirlo sin rodeos: cuando un gobierno pierde el control de la seguridad, de la información y de su propia narrativa, deja de gobernar. Empieza a sobrevivir.