Trump, coleccionista de portadas de TIME… y Claudia en Barcelona
Es un hecho documentado: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, colecciona portadas de la revista TIME en las que él aparece. En sus casas y oficinas cuelgan cuadros con tales portadas, algunas reales y otras falsas. Es su gusto personal y no se le puede criticar por ello.
TIME, pues, representa para el presidente Trump el estándar de oro de su prestigio. Ya debe haber visto la reciente lista de las 100 personas más influyentes de esa publicación. Sabe el líder de la nación más poderosa del mundo que el orden de los perfiles en la sección de Leaders no es producto del azar, sino una decisión editorial que refleja la jerarquía de influencia que la revista quiere proyectar.
El papa León XIV aparece en la cima de la lista, creo que merecidamente; después viene la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, elogiada desde el inicio de su mandato en todas partes; en tercera posición aparece el secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, y en el cuarto lugar el presidente Donald Trump. Completan la lista el primer ministro canadiense Mark Carney, a quien un discurso famoso en Davos, Suiza, no le alcanzó para una mejor posición; el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani; el líder chino, Xi Jinping; la japonesa Sanae Takaichi, poco conocida entre nosotros; el cuestionado Benjamín Netanyahu, de Israel, y así en orden descendente.
No hay —o no pude verlo— ningún otro liderazgo latinoamericano; TIME no tomó en cuenta a dos ruidosos y más bien arrogantes aliados de Trump: el argentino Milei y el salvadoreño Bukele. Tampoco está en la lista el español Pedro Sánchez. Entonces, el sábado en Barcelona la presidenta Sheinbaum se reunirá con gobernantes de izquierda que poco representan ahora mismo en EEUU. Porque, es un hecho, TIME mide sin duda influencia global, pero particularmente la influencia global que sí importa en los círculos de poder estadounidenses.
¿Se molestará Trump con su aliada Sheinbaum y su colaborador Rubio porque están en mejor posición que él en la lista, algo así como lo que supone ocurrió cuando a la venezolana María Corina Machado le dieron un reconocimiento que él pensaba merecer? Creo que no.
Marco Rubio es subordinado de Trump, sí, pero también un aliado político en EEUU, donde vienen tiempos electorales complejos que el presidente de la vecina nación del norte deberá enfrentar con mucha sagacidad; romper con un personaje que ha destacado tanto como Rubio sería una mala idea. ¿Y Sheinbaum? Con la mexicana tampoco se molestará: la popularidad de Claudia hasta podría beneficiarle en la política interna estadounidense si mantiene la muy buena relación con ella. Trump no pelea con personas exitosas de cuya reputación podría beneficiarse. No tendría ninguna utilidad para él hacerlo y hasta podría generarle problemas.
La presidenta de México —Donald Trump lo sabe, es inteligente y no puede ignorarlo— tiene un gran prestigio global por la forma en la que, sin ceder en lo relevante, ha logrado una excelente relación con el presidente de Estados Unidos, quien frecuentemente pone a prueba la paciencia de Claudia Sheinbaum con comentarios al mismo tiempo elogiosos e hirientes. Esta mujer, con cabeza siempre fría, los ha recibido con serenidad, sin ponerse los guantes de boxeo, pero sin renunciar a sus principios nacionalistas de izquierda que el estadounidense de ninguna manera comparte.
El hecho es que Sheinbaum y Trump se llevan bien y hasta muy bien. ¿Tomará el estadounidense como una afrenta que la mexicana vaya a Barcelona con presidentes de izquierda que a él no le agradan del todo, como el español Sánchez, el brasileño Lula y el colombiano Petro? Creo que más bien verá a Claudia como un puente entre el gobierno de EEUU y la izquierda global.
La izquierda existe y puede ser peleona, como es el caso del gobierno de Pedro Sánchez, a quien no ha podido silenciar el presidente de Estados Unidos. Sheinbaum es más inteligente que Sánchez y no pelea —el combate desgasta y la mexicana sabe ahorrar energía para usarla cuando realmente se necesita—. Claudia no pelea, en efecto, pero tampoco renuncia a ninguno de sus principios: de ahí que tenga más prestigio global que el español. En Barcelona será ella, no el anfitrión, la figura a seguir, sobre todo si no llega en un aparatoso avión presidencial.
Ya va siendo hora, para Donald Trump, tomar la decisión de construir puentes. Alguien tan pragmático como el presidente de Estados Unidos seguramente lo entiende. Es una tarea en la que mucho puede apoyarlo Claudia Sheinbaum.