La miseria de la posmodernidad
Refutaciones Políticas
Cuando Jean-François Lyotard proclamó el fin de los grandes relatos, no estaba describiendo una realidad consumada, sino formulando un deseo teórico: el de un mundo liberado de narrativas totalizantes. Sin embargo, la historia reciente no ha confirmado su diagnóstico; por el contrario, lo ha desmentido con contundencia: los grandes relatos no desaparecen, se deconstruyen.
No se trata de una contingencia histórica, sino de una necesidad estructural de la vida humana. Toda sociedad requiere una narrativa que ordene el tiempo, que legitime sus instituciones y que otorgue sentido a la acción colectiva. Sin ese horizonte, lo social se disolvería en una multiplicidad caótica de experiencias inconexas. En este punto, la intuición de Paul Ricoeur resulta insoslayable: el ser humano no solo vive, sino que se comprende a sí mismo a través de relatos.
El error de Lyotard consistió en confundir la crisis de ciertos relatos modernos con la desaparición de la función narrativa misma. El derrumbe de las grandes promesas emancipatorias del siglo XX no implicó el vacío, sino la sustitución; en ese vacío emergió un nuevo relato hegemónico: el neoliberal, bajo la bandera de la “libertad”.
La libertad no como ideología declarada, sino como racionalidad hegemónica dominante y excluyente. Un relato que reorganiza el mundo bajo el principio de la libertad entendida como no interferencia, que reduce lo social y lo político a lo económico y que convierte al individuo propietario en medida de todas las cosas. Lejos de ser un simple modelo económico, este relato opera como una matriz totalizante que redefine lo posible y lo pensable. Su eficacia radica en su invisibilidad.
A diferencia de los relatos clásicos, el neoliberalismo no se presenta como una narración histórica sujeta a disputa, sino como la expresión natural del orden de las cosas. No argumenta: se impone como evidencia; no persuade: configura el campo mismo de lo pensable. Parafraseando a Foucault, se trata de una forma de poder que no necesita justificarse porque produce las condiciones bajo las cuales algo puede ser considerado verdadero.
La posmodernidad, lejos de ser la era del fin de los grandes relatos, es la era de su transformación más profunda: su disolución en la apariencia de neutralidad.
El siglo XXI vive así, en una paradoja. Mientras se dice que no hay narrativas totalizantes, habita en una de las más eficaces que ha conocido la historia. Una narrativa que no se reconoce como tal y que, precisamente por ello, resulta más difícil de cuestionar: la narrativa de la libertad negativa.
De aquí se desprende una conclusión ineludible: la tarea crítica de este tiempo no consiste en celebrar la fragmentación ni en renunciar a los grandes relatos, sino en hacerlos visibles y someterlos a disputa. Porque la pregunta no es si debemos tener grandes relatos, la pregunta es cuáles.
Negarlos no emancipa, desarma. Reconocer su persistencia, en cambio, abre la posibilidad de reconfigurarlos, de construir narrativas que no reduzcan la vida humana a la lógica del mercado, que restituyan la centralidad de lo común y que devuelvan a la política su dimensión ética. Refutar a Lyotard, en este sentido, no es un gesto de nostalgia por la modernidad perdida. Es un acto de afirmación: el reconocimiento de que la historia sigue abierta y de que el sentido de lo colectivo sigue siendo un campo de batalla.
Y en ese campo, inevitablemente, se libra la disputa frente al nuevo relato que vende a la libertad como totalidad irrefrenable, egoísta, individual, absoluta, falsa y neoliberal.
X: @RubenIslas3