El estrecho de Ormuz y el siguiente momento para Occidente: México
Durante décadas, Occidente aprendió a leer el mundo a través de puntos de estrangulamiento. El estrecho de Ormuz fue, por mucho tiempo, uno de los más evidentes: un paso angosto por donde circula una parte sustancial de la energía global, y donde cualquier alteración reconfigura el equilibrio internacional.
Hoy, sin embargo, el siguiente punto de estrés para Occidente no está en Medio Oriente. Está mucho más cerca. Está en México.
La clase política mexicana, tanto la oficialista como la opositora, comete un error estructural: analiza el presente con categorías del pasado.
Durante años, la relación bilateral con Estados Unidos se construyó sobre supuestos que hoy ya no existen:
• Una élite política estadounidense más predecible
• Una agenda compartida basada en comercio y estabilidad
• Un enfoque técnico del narcotráfico como problema policial
• Una frontera entendida como espacio económico, no como línea de seguridad
Ese mundo produjo el T-MEC. Pero ese mundo ya no existe.
Y es que hoy se hace necesario entender un nuevo factor que lo cambió todo: Trump. La irrupción de Donald Trump no es un accidente político. Es la expresión de un cambio profundo en la sociedad estadounidense: el resurgimiento del conservadurismo identitario, el peso electoral del cristianismo blanco y la resistencia del capitalismo rural frente a agendas liberales urbanas.
La agenda que hoy ejecuta Trump no es personalista. Es estructural. Y tiene un eje claro: la seguridad nacional como prioridad absoluta del votante estadounidense.
En ese marco, México deja de ser sólo socio comercial y pasa a ser evaluado como vector de riesgo.
La reciente estrategia de Washington en Medio Oriente es ilustrativa de estos cambios en la agenda. Mientras algunos declaran quizá muy anticipadamente la derrota de Trump en el conflicto, otros vemos que Estados Unidos logró desarticular parcialmente el poder estratégico de Irán, además de debilitar su estructura de mando y fragmentar su capacidad operativa.
El régimen sobrevive, sostenido por remanentes como la Guardia Revolucionaria Islámica, pero profundamente erosionado. Y lo más importante: Washington no necesitó ocupar el territorio para alcanzar esos objetivos. Ese precedente importa.
Más allá de filias y fobias; de pronosticar o vislumbrar vencedor y vencido en esa contienda bélica y económica, como mexicanos debemos entender que, ya sea derrotado o como vencedor, el giro hacia México es inevitable.
Una vez alcanzados algunos objetivos estratégicos en Medio Oriente, el foco inevitable regresa al hemisferio. Y aquí aparece México.
El 17 de marzo de 2026, el general Gregory M. Guillot, comandante del Comando Norte, delineó sin ambigüedades el nuevo enfoque:
• Con los cárteles como amenaza a la seguridad nacional
• Con la creación de fuerzas de tarea inter-agenciales
• Con la integración de inteligencia con capacidad operativa y
• Con la preparación para escenarios de confrontación indirecta
Sin embargo, la lectura pública en México fue muy superficial. Se habló del incremento en hostigamiento a fuerzas estadounidenses por parte de grupos de Sinaloa o Jalisco. Pero se evitó decir lo esencial que es el hecho de que Estados Unidos ya diseñó y activó mecanismos para operar contra esa amenaza, con o sin plena autorización de México.
Y es así que llegamos a un entorno nuevo y sin referentes.
Lo que enfrenta México hoy no tiene precedente moderno por la combinación de factores:
• Una narrativa estadounidense que vincula cárteles con terrorismo
• Acusaciones de infiltración criminal en distintos niveles de gobierno
• Tensiones políticas derivadas de posturas ideológicas internacionales
• Sospechas sobre actividades políticas mexicanas en territorio estadounidense
Nada de esto existía (no en la excesiva y notoria forma actual) cuando se construyó la relación bilateral contemporánea. Por eso no se puede medir el presente con los parámetros del pasado. Pero la clase política mexicana, en su conjunto, parece negarse a leer este cambio.
El oficialismo lo minimiza; la oposición lo instrumentaliza y, ambos lo subestiman. Pero la realidad es fría: Washington ya no está operando bajo la lógica de “cooperación suficiente”, sino de “contención necesaria”.
Así como el estrecho de Ormuz representó durante décadas el punto crítico del sistema energético global, México se perfila como el punto crítico de la seguridad nacional estadounidense en el hemisferio occidental. Y como en todo punto de estrangulamiento, la pregunta no es si habrá presión, sino cuándo, cómo y hasta dónde escalará.
En conclusión, el siguiente momento de la relación bilateral no será comercial, ni diplomático en el sentido tradicional. Será un momento de redefinición estratégica. Un momento donde la soberanía se tensiona, la cooperación se condiciona y la política interna mexicana enfrentará presiones externas inéditas
Veamos cómo evoluciona, y los que tenemos ojos, estemos atentos.