Arturo Ávila no debe ser delegado en Cuauhtémoc
No ha resultado sorpresivo para nadie que el diputado morenista Arturo Ávila se haya decidido finalmente a anunciar su candidatura a la alcaldía Cuauhtémoc de la Ciudad de México. Lo ha hecho después de meses de atacar a Alessandra Rojo de la Vega en redes sociales. No le ha alcanzado su estatura política para postularse para Aguascalientes, su estado natal, y debe contentarse con una delegación. ¡Qué pena!
Como se sabe, el legislador surgió a la vida pública nacional tras sus primeros acercamientos con la clase política mexicana mediante la celebración de contratos con personajes como el general Salvador Cienfuegos, que ha sido señalado por tener lazos con el crimen organizado, amén de la venta de “coches blindados” a fuerzas armadas extranjeras. O al menos, es lo que él asegura.
Más tarde, Ávila, de la mano de Adán Augusto López, ascendió en Morena hasta incrustarse como vocero de la bancada de su partido. A partir de ese momento, y como resultado -se especula- de un acuerdo entre el propio senador, la ex presidenta de Morena Luisa María Alcalde (su expareja) y Ricardo Monreal, el apodado “cero votos” ganó cierto nivel de notoriedad con sus múltiples participaciones en cada debate. En cualquier mesa de discusión política, se escucha siempre la voz del hidrocálido repitiendo una y otra vez los eslóganes propios del obradorismo.
El ascenso de personajes como Ávila es lamentable. En primer lugar, su pasado ligado a personajes vinculados con el crimen organizado como Salvador Cienfuegos y Adán Augusto López (uno detenido y luego liberado en Estados Unidos y el otro ampliamente señalado por sus lazos con la Barredora en Tabasco) pinta de cuerpo entero a una clase política cuyo propósito no es otro que encumbrarse a ellos mismos y a sus círculos cercanos, en un espiral de conflictos de interés y probables casos de corrupción.
Y en segundo lugar, el “cero votos” encarna al político oportunista y manipulador por antonomasia. Ha montado un patético circo dirigido a presentarse como un “hombre del pueblo”, y recorre el barrio de Tepito, mientras que lejos de ser como uno de ellos, se trata de un acaudalado empresario que posee propiedades en Estados Unidos por decenas de millones de dólares.
¿Cómo podrían los habitantes de la delegación Cuauhtémoc creerse el cuento de que Arturo Ávila les representa, cuando es, en los hechos, el mejor exponente de una clase política ambiciosa y oportunista?