El hombre que nadie se atreve a soltar

“La corrupción de los mejores engendra la peor de las corrupciones”.

Gregorio Magno

“Cuando el saqueo se convierte en un modo de vida para un grupo de hombres en una sociedad, con el tiempo crean para sí mismos un sistema legal que lo autoriza y un código moral que lo glorifica”.

Ayn Rand

Hay personajes políticos que dejan de ser funcionarios por mucho para convertirse en un absoluto lastre. Alejandro Gertz Manero parece haber alcanzado esa categoría.

Es aterrador. La cuestión ya va más allá de conocer de dónde proviene su inmensa fortuna, cuántos bienes posee o cuántos otros activos le han sido atribuidos por investigaciones periodísticas y denuncias públicas. Lo central es preguntarse por qué el poder político mexicano sigue cargándolo.

La declaración patrimonial que se hizo pública de Alejandro Gertz dibuja a un hombre extraordinariamente rico. Trece inmuebles, siete vehículos —entre ellos dos Rolls-Royce—, decenas de millones de pesos en joyas, relojes, monedas y obras de arte, además de cuentas bancarias en México y en el extranjero. Todo ello, por supuesto, perfectamente compatible con la famosa austeridad republicana de la Cuarta Transformación. La pobreza franciscana, al parecer, también puede conducir un Rolls-Royce…

Y eso es únicamente lo declarado.

Desde hace años, diversas investigaciones periodísticas han atribuido a Gertz propiedades adicionales y otros bienes cuya dimensión patrimonial completa resulta difícil de establecer públicamente. Como ocurre siempre en México, las fortunas de ciertos personajes adquieren una cualidad casi literaria: nadie sabe exactamente cuánto poseen, pero todos saben que es muchísimo más de lo que admiten.

Según su propia declaración, una parte considerable de su riqueza proviene de herencias… Veamos: en México, las herencias son ya toda una institución extraordinaria. Hay quienes heredan una casa o una cuenta de ahorro. Los hombres del poder heredan fortunas que parecen multiplicarse con cada cargo público que ocupan.

Conviene detenerse un momento en Alejandro Gertz Manero porque México tiene el pésimo hábito de acostumbrarse al escándalo. Y uno no debería acostumbrarse jamás a que un funcionario público acumule tanto en el lapso de una vida. No tendría por qué dejar de asombrar simplemente porque llevemos años escuchándolo. La opacidad es parte de la riqueza misma. El patrimonio termina siendo tan vasto como indeterminado, tan extraordinario como convenientemente nebuloso.

Que un hombre con semejante expediente patrimonial y político haya permanecido todo un sexenio al frente de la Fiscalía General de la República y ahora represente al Estado mexicano en Londres dice mucho menos sobre Alejandro Gertz Manero que sobre la degradación de nuestros estándares públicos.

Pero, insisto, el patrimonio es apenas una parte del problema.

Gertz Manero no llega a esta nueva encomienda diplomática, a cargo del gobierno de Claudia Sheinbaum, con una hoja de vida impoluta. Su paso por la Fiscalía quedó marcado por acusaciones de utilización política de la institución y por el caso de Alejandra Cuevas, quien permaneció encarcelada durante más de quinientos días hasta que la Suprema Corte de Justicia de la Nación ordenó su liberación y desestimó el proceso.

Sin embargo, nada de ello pareció suficiente para convertirlo en un personaje políticamente tóxico.

Andrés Manuel López Obrador lo sostuvo durante todo el sexenio. Claudia Sheinbaum lo retiró de la Fiscalía, sí, pero simultáneamente lo premió con la embajada de México ante la Corte de Saint James. En cualquier democracia sana, un patrimonio de esta naturaleza exigiría explicaciones. En México, en cambio, apenas alcanza para un nuevo nombramiento.

Y ahí es donde comienza el verdadero problema para el régimen:

Recordemos que la legitimidad del poder depende, entre otras cosas, de la creencia de que la autoridad actúa conforme a reglas y principios. Cuando ciertos personajes parecen inmunes a cualquier consecuencia, la percepción social cambia. Las reglas dejan de ser reglas y se convierten en simples recomendaciones para unos y privilegios para otros.

Además, se genera un incentivo perverso. Si alguien con semejante expediente continúa siendo protegido, el mensaje hacia el resto de la clase política es brutalmente sencillo: el límite de las conductas indebidas no está en la ley ni en la ética pública; el límite está únicamente en el nivel de protección política del que se disponga.

Y existe un segundo costo, todavía más delicado. No hay popularidad capaz de cargar indefinidamente con todos los impresentables del sistema. Ningún liderazgo ha poseído nunca suficiente capital político para sostener eternamente a un gobernador cuestionado, a un operador incómodo y a un funcionario cuyo nombre provoca más explicaciones que confianza.

Llega un momento en que el teflón deja de funcionar. No lo dice México y sus o político; lo dicen otras latitudes y la política comparada.

Y entonces los personajes protegidos dejan de ensuciarse solamente ellos mismos. Comienzan a manchar a quien insiste en protegerlos.

Quizá Alejandro Gertz Manero ya sea, políticamente, eso: un peso muerto. El problema para la presidenta es que los pesos muertos terminan hundiendo también a quienes se empeñan en seguir cargándolos.

Giro de la Perinola

Se compró un Rolls-Royce Wraith en alrededor de 2.7 millones de pesos, pagados al contado y en EFECTIVO. La austeridad de la Cuarta Transformación ha resultado ser una doctrina extraordinariamente flexible: se predica desde el púlpito y se estaciona en la cochera un automóvil de lujo británico.

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