En búsqueda del mal

Toda coyuntura difícil o situación adversa vuelve común la búsqueda del mal, del responsable, de la perniciosa causa. En el autoritarismo se intentará endosarla al adversario, incluso a la voz independiente que denuncia. La narrativa épica del obradorismo ha hecho de la libertad de expresión enemigo mayor, un recurso de los derrotados por la historia, de los conservadores, de aquellos que perdieron privilegios. La respuesta del régimen a los problemas fue, en su momento, preventiva; ahora, ante la indignación de la que los medios dan cuenta, está a la búsqueda del responsable de la creciente indignación.

En la antesala del mundial de futbol el régimen político enfrenta un abanico de movilizaciones hostiles, algunas francamente provocadoras, otras inobjetables como la de las madres buscadoras por sus desaparecidos ignorados por las autoridades, ausencias que se suman día con día; números irrefutables, es el régimen en el que disminuyen los homicidios y crecen los desaparecidos.

Queda claro que la concentración de poder no fortalece, debilita. No hay capacidad para dar cauce a la presión porque se han perdido los dos pilares del ejercicio gubernamental: legalidad y autoridad política, para algunos calificada como moral. El gobierno luce arrinconado por los problemas que él misma provocó, por acción o por omisión, nada más representativo que la extorsión de la CNTE, una organización que con mucho esfuerzo se había neutralizado y que el oportunismo irresponsable del obradorismo la trajo de vuelta al escenario político local y nacional perjudicando a los niños más pobres de México, porque su dominio se ubica en donde hay más marginación.

La situación es grave. Lo de menos es que el gobierno y el país muestren su realidad por la incompetencia para organizar un evento deportivo global, y por el desorden propio de una autoridad que, desde hace tiempo, renunció a su misión al momento en el que la legalidad y la justicia dejaron de normar al país. La presidenta en muchos, cada vez menos, despierta simpatía, pero no autoridad. No es misoginia la causa, sino la manera en que su responsabilidad se entiende. Hace valer sin vacilación el compromiso con los suyos y con nadie más que con el fundador del proyecto político, como si el país fuera la república morenista. Compromiso que se pone a prueba ante la denuncia documentada de la connivencia de autoridades con el crimen.

En la dificultad es riesgoso remitir al complot la causa de la situación que se padece. Eso no da para tanto. No es la ultraderecha global la que documenta la acción judicial contra diez funcionarios de Sinaloa, entre éstos un gobernador, por hacer de su gobierno y el cártel criminal una sola estructura. Su origen es la impunidad, que se recrea y confirma con la negativa del gobierno de cumplir con lo convenido en el tratado de extradición. Salida política a una exigencia jurídica, una provocación que pudiera escalar el conflicto.

El complot también está en la acción provocadora de la CNTE. No es cómodo para el régimen denunciar a una de sus criaturas, no, mejor señalar a un opositor, Salinas Pliego, responsable, porque es empresario, porque tiene una concesión de Tv desde tiempos del llamado neoliberalismo, porque se ha vuelto un crítico abierto del gobierno, porque los golpes fiscales no lo han vencido, porque su televisora no se apega a la propaganda oficial. Él es el ultra que viene a modo para explicar el desorden y la provocación en las calles por los profesionales de la extorsión.

Es naturaleza del obradorismo la búsqueda del mal en el lugar ajeno. Siempre a conveniencia, pero la narrativa épica se ha venido al piso, cada vez convence menos e indigna más. No inmoviliza y suma arrepentidos. La concentración del poder llevó al país a extremos de impunidad inéditos. Una clase política que dio el abrazo al balazo, los caídos se cuentan por cientos de miles y las cifras sobre la mitigación de los homicidios ofende por ignorar la de los desaparecidos, como si autoridades y criminales convinieran en aquello de que sin cuerpo no hay delito.

No requiere mucho esfuerzo para entender que el mal está en casa y hay una palabra que le describe: impunidad.

El país tiene remedio. Pero es tarea colectiva y representa mucho esfuerzo de todos y debe partir de lo más elemental: reconocer la verdad. La impunidad vive al amparo del engaño, de la mentira.

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