El Mundial: la auditoría que la 4T no pidió
“Los gobiernos son fuertes mientras los hechos no los contradicen.”
Raymond Aron
Durante años, la Cuarta Transformación operó con una estrategia política precisa y muy retorcida: la capacidad de fragmentar la realidad. A cada crisis le construían su propia carpeta, su propio lenguaje y su propio calendario. La inseguridad por un lado, las desapariciones por otro, el sistema de salud en otra frecuencia, la economía como ciclo externo, la corrupción como herencia difusa. El país entero cabía en compartimentos que rara vez se tocaban entre sí. Y cada compartimiento lo tornaban en una excusa, un distractor y/o un divertimento.
No era desorden. Lo contrario. Ha sido método perverso de Morena. Verán ustedes: mientras los problemas permanecían separados en el relato público, también lo hacía la responsabilidad de los gobernantes de la “transformación”.
El Mundial rompe esa arquitectura sin pedirles permiso y evidencia lo que muchos sabíamos pero pocos se han atrevido a decir sin contemplaciones: el país se les fue de control y el obradorismo es una burla; una nociva tomadura de pelo.
Demos gracia al Mundial, pues a diferencia de la política, el torneo futbolero no administra la realidad; la expone. No permite jerarquías ni tiempos diferidos. Funciona como una superficie única de visibilidad donde todo ocurre al mismo tiempo, bajo la misma luz y frente a la misma mirada.
Y lo que muestra México, a horas de la inauguración, no es una sucesión de problemas, sino su coincidencia. Esa es la palabra mortal para el claudismo: simultaneidad. Los expedientes abiertos en distintas oficinas han decidido encontrarse en la misma mesa, en el mismo escaparate, justo cuando el país está bajo observación internacional.
La Ciudad de México aparece como sede mundialista y, al mismo tiempo, como escenario de protestas que es falso estén coordinadas, pero sí que convergen en un mismo elemento de fondo: un Estado que solo sabe patear tensiones y postergar soluciones. La CNTE mantiene su presión histórica; colectivos de búsqueda intentan insertar en el escaparate global una realidad que nunca dejó de estar ahí; trabajadores de la salud, campesinos, jubilados y víctimas de la violencia ocupan el espacio público desde causas distintas, pero con una misma intuición: el sistema ya no ordena el conflicto, solo lo administra. No hay justicia, hay corrupción y abusos como nunca antes.
Durante años se sostuvo la ficción contraria: que cada conflicto pertenecía a un registro autónomo. La violencia como seguridad, la salud como administración, las desapariciones como herencia estructural, la educación como corporativismo, la economía como externalidad. Esa lectura permitió a la 4t gobernar el desgaste sin enfrentar el conjunto. El Mundial desactiva esa separación.
Lo que hoy se pone frente a los ojos del mundo no es una suma de fallas, sino un sistema de agravios acumulados que ya no caben en compartimentos. Agravios que Morena ha ahondado, no resuelto.
En ese sentido, Morena y en particular la presidenta enfrenta algo más incómodo que una crisis coyuntural: la pérdida del control del encuadre. Durante años no solo gobernó problemas; gobernó su interpretación. Los desplazó, los aisló, los convirtió en episodios administrables dentro de una narrativa donde todo, por definición, iba bien aunque los datos se empeñaran en no cooperar. El Mundial, en cambio, no permite esa curaduría. No hay mañanera posible para editar lo que ya está ocurriendo en simultáneo. Y cuando todo se ve junto, cambia la naturaleza del diagnóstico.
Una protesta puede leerse como conflicto sectorial. Varias protestas como ruido social. Pero cuando actores distintos, sin coordinación entre sí, coinciden en una misma sensación de desgaste institucional, el problema deja de ser la gestión de crisis y pasa a ser algo más incómodo: la evidencia de que el relato siempre fue falso; una mofa. Una afrenta a su pueblo.
Aquí no es —no solo es— acumulación de eventos. Es pérdida de control de forma y de fondo.
En el plano internacional, la lógica es igual de implacable. Los Estados no se evalúan por su narrativa interna, sino por lo que proyectan cuando ya no están hablando de sí mismos. Y lo que México proyecta en este momento no es una crisis espectacular, sino algo peor para cualquier gobierno que se pensó eficiente en su propia explicación: la imagen de un sistema que ya no logra sincronizar sus propias piezas.
Washington observa. Los mercados observan. Los inversionistas observan. Y lo hacen sin dramatismo, pero con una disciplina conocida: la de quien distingue entre un país que administra su complejidad y uno que la sobrevive por fragmentos, como si la gobernanza fuera un rompecabezas armado a ratos y desarmado en público.
Y ahí aparece “el pequeño” problema fundamental del régimen: durante años vendió la idea de que el Estado no se había deteriorado, solo había sido “mal contado” y mal administrado. Que todo, desde que llegaron al poder, mejoraba y que esa mejora había llegado para quedarse. El Mundial se encarga de probar que eso es cierto… y si lo que estaba mal no era el relato ni se solucionaba con una mal llamada Regeneración Nacional.
Porque cuando todo ocurre al mismo tiempo, ya no hay narrativa que alcance, ni vocero que ajuste el ángulo, ni enemigo externo suficientemente útil como para explicar la simultaneidad del desgaste.
El Mundial no inventa una crisis. Hace algo más incómodo: vuelve imposible no verla como sistema y con Morena como principal culpable.
Y eso, para un poder que se acostumbró a gobernar la fragmentación, es casi una crueldad pedagógica: la realidad sin cortes, sin subtítulos y sin la posibilidad de pedir que la escena se repita “pero ahora con mejor contexto”.
Morena hace agua, señoras, señores; al régimen, el Mundial lo audita, y lo que encuentra es verdaderamente pavoroso.