El gran perdedor
Luisa María Alcalde ha iniciado una nueva conferencia de prensa semanal dedicada a desmentir a la prensa con información oficial. La sola existencia de este espacio dice más de lo que sus organizadores quisieran reconocer.
Quien escribe estas líneas nunca ha criticado a Luisa Alcalde. Al contrario: la considero uno de los cuadros políticos más sólidos de su generación. Es una mujer sin escándalos personales, sin manchas de corrupción y con muy pocos retrocesos en una carrera que ha sido, hasta ahora, ascendente y limpia. Tiene futuro, y eso es bueno para México. Pero precisamente porque aprecio su trayectoria, debo señalar con claridad las debilidades que esta decisión exhibe.
La primera y más evidente es que, por razones que no termino de comprender, la presidenta de la República no la quiere. No la tiene en estima. Y cuando una presidenta decide no estimar a alguien, suele encontrar la forma más sofisticada de demostrarlo. En este caso, le ha encomendado una tarea de alto desgaste político: convertirse en el rostro institucional del desmentido permanente.
Desmentir noticias no es un ejercicio neutral. Es una posición que genera fricción constante, litigios personales e institucionales, y una lluvia de críticas desde los poderes mediáticos que Luisa, hasta ahora, había logrado esquivar con inteligencia. La presidenta le ha dado la instrucción precisa de desgastarse en nombre del gobierno. Es un “honor” que, en la práctica, funciona como una trampa de terciopelo: si lo hace bien, acumulará enemigos y una reputación de confrontadora; si no lo hace, parecerá débil. En ambos escenarios, su imagen se erosiona.
Ayer, Luisa perdió. Aceptó un rol en el que tener un buen desempeño, a ojos de la presidenta, equivale a cargar con una mala reputación pública.
Pero si buscamos al gran derrotado de esta jugada, no es Luisa. El gran perdedor se llama Jenaro Villamil.
Villamil llegó al gobierno ofreciendo construir la BBC mexicana: un gran proyecto de comunicación pública de calidad, con ambición y cierto aire de grandeza. Terminó construyendo, en cambio, desprestigio institucional. El sexenio empezó con un discurso de megalomanía del equipo de Jenaro. Pensaron que tendrían cercanía a la presidenta. Terminaron en un desplazamiento político absoluto. La mandataria no lo recibe. Él, con prudencia, tampoco ha pedido la reunión. Pero esta conferencia de prensa semanal que ahora encabeza Luisa debió haber sido, por lógica y por promesa, territorio de Villamil y su equipo.
La presidenta le ha infligido algo peor que el despido: el desprecio. Peor aún, lo ha hecho de forma pública y elegante. Mientras Villamil queda arrinconado en una especie de limbo burocrático, ve cómo otra funcionaria ocupa el espacio que él imaginó para sí mismo. Es la humillación perfecta: ni siquiera merece el escándalo del cese, solo la indiferencia.
Hay en todo esto un error estratégico de la presidenta. Tomar el sol en Palacio el día de la jura fue solo la metáfora de un estilo: una mezcla de lejanía, arrogancia y cálculo frío que está dejando cadáveres políticos a su alrededor sin que nadie levante la voz dentro de su círculo. Primero Villamil. Mañana quizá otros. La lógica es clara: quien puede ser útil se usa hasta el desgaste; quien ya no sirve, se margina con silencio.
Luisa Alcalde es demasiado valiosa para ser sacrificada en un ejercicio de control narrativo que, a la larga, termina desgastando más al gobierno que a sus críticos. Y Jenaro Villamil es la prueba viviente de que, en este gobierno, incluso los leales más entusiastas pueden terminar convertidos en muebles viejos que nadie quiere ver.
La presidenta tiene otra fórmula a la que nos acostumbraron en el pasado: 100% lealtad y 100% capacidad. Jenaro no dio el ancho.