La canción desesperada del caudillo
“Abandonado como los muelles en el alba.
Es la hora de partir, oh abandonado!”
Pablo Neruda, La canción desesperada
“No hay peor señal de flaqueza que la necesidad de justificarse.”
Baltasar Gracián
Andrés Manuel López Obrador llevaba meses prometiendo silencio. Eso sirvió para lo servía y no sirve para lo que no sirve. O dicho de otro modo, eso duró hasta que el silencio dejó de serle útil.
El hombre que juró retirarse de la vida pública reapareció ayer con senda carta dirigida al presidente estadounidense Donald Trump. Formalmente, se trata de una defensa de Claudia Sheinbaum frente a “las presiones” provenientes de Washington. Sin embargo, una lectura más cuidadosa permite advertir algo distinto: la reacción de un líder que percibe riesgos donde antes veía certezas.
Así, la verdadera noticia no es la carta, sino que decidiera escribirla.
Los expresidentes suelen hablar cuando desean influir. Los caudillos, en cambio, reaparecen cuando sienten que algo amenaza la obra que construyeron, el movimiento que fundaron o las personas que protegieron. Por eso el documento difundido desde Palenque merece leerse menos como una pieza diplomática y más como un síntoma político.
Hay un detalle revelador desde las primeras líneas. López Obrador pretende defender a la presidenta, pero termina hablando de sí mismo. Recuerda su relación con Trump, reivindica decisiones de su sexenio, presume haber contenido determinadas iniciativas estadounidenses y presenta aquellos años como una etapa de entendimiento y respeto mutuo.
Patético. La defensa de Sheinbaum termina convertida en una reivindicación personal. Supongo —espero— ella se dará cuenta.
Más aún: al insistir en que durante su gobierno las cosas funcionaban de otra manera, deja flotando una pregunta incómoda. Si entonces todo estaba bajo control y ahora no lo está, ¿a quién corresponde esa diferencia? ¿A Claudia?
La contradicción más interesante aparece cuando describe a Donald Trump casi como un hombre razonable que habría sido influenciado por colaboradores irresponsables o carentes de visión de Estado.
El asunto, queridos lectores, es que Trump sigue siendo exactamente el mismo personaje que López Obrador conoció durante su mandato. El mismo que convirtió a los mexicanos en villanos electorales. El mismo que habló de “bad hombres”. El mismo que amenazó con cerrar fronteras, imponer aranceles y utilizar la presión económica como instrumento político.
Trump no cambió. No. Quien cambió fue la posición desde la cual López Obrador lo observa.
Durante años, el tabasqueño pareció convencido de haber construido una relación especial con el republicano. Después de todo, México fue uno de los gobiernos que más tardó en reconocer la victoria de Joe Biden (mientras numerosos líderes internacionales daban vuelta a la página electoral de aquellos comicios, López Obrador optó por esperar y esperar y esperar).
Aquella decisión fue interpretada como una deferencia hacia Trump. Quizá también como una inversión política.
Pero el expresidente mexicano olvidó algo elemental: Donald Trump no cree en la gratitud. Cree en la utilidad. Y la utilidad política tiene fecha de vencimiento. Sirvió para lo que sirvió y ya no sirve para lo que no sirve.
Pero la parte más reveladora de la carta aparece cuando López Obrador recuerda que Trump le consultó la posibilidad de clasificar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas y presume haberlo persuadido de no hacerlo.
La frase parece una simple anécdota. No lo es.
Por un lado, constituye una forma de recordarle al país que él sí podía detener decisiones que hoy parecen inevitables (nuevo golpe bajo a Sheinbaum). Por otro, transmite una idea todavía más interesante: la necesidad de seguir presentándose como actor central de una relación bilateral que ya no le pertenece.
Los caudillos suelen retirarse del cargo. Lo que rara vez abandonan es la convicción de que siguen siendo indispensables.
También llama la atención la referencia al caso Cienfuegos. López Obrador revive uno de los episodios más polémicos de su administración y vuelve a presentar como una reivindicación nacional lo que muchos observaron como una capitulación institucional. La afirmación de que en México quedó demostrada la inocencia del general omite un hecho fundamental: la investigación estadounidense terminó abruptamente por razones diplomáticas y el proceso mexicano ¡no se dio! “Se abrió” (así, entre comillas) y se cerró con una velocidad difícil de encontrar en cualquier otro expediente.
La memoria suele ser selectiva. Pero, ojo, la desesperación todavía más.
La carta insiste asimismo en una narrativa conocida: la del intervencionismo extranjero. Según López Obrador, determinadas acciones provenientes de Estados Unidos tendrían como objetivo debilitar a Morena, afectar a su movimiento y alterar la vida política nacional.
Ya lo he dijo antes en este espacio: eso es una tesis política extraordinariamente útil, pues convierte cualquier investigación en una agresión. Cualquier señalamiento en una conspiración. Cualquier expediente en un ataque contra la soberanía.
Por eso es que ahí —precisamente allí— aparece el verdadero propósito del documento.
La carta parece dirigida a Trump. Pero su destinatario real está en México. Es un mensaje para Morena. Un llamado a cerrar filas. Una invitación a interpretar cualquier presión externa, cualquier investigación futura y cualquier eventual señalamiento contra personajes cercanos al régimen no como problemas individuales, sino como ataques contra la nación entera.
Es el viejo recurso del líder que se confunde con el país.
Y precisamente por eso el momento elegido resulta tan significativo.
La publicación ocurre cuando los hijos del expresidente enfrentan cuestionamientos públicos serios y abundantes, cuando diversos integrantes del oficialismo aparecen bajo creciente escrutinio y cuando la relación con Washington atraviesa uno de sus periodos más complejos de los últimos años. Demasiadas coincidencias para creer en casualidades.
Por eso la pregunta importante no es por qué López Obrador escribió la carta. La pregunta importante es qué ve venir. Porque si algo ha demostrado durante décadas ese señor es una notable capacidad para detectar cambios en el clima político. Y cuando alguien con ese instinto abandona voluntariamente el silencio para justificar, explicar y advertir, conviene prestar atención.
No necesariamente a lo que dice, sino a lo que teme.
La canción desesperada que envió desde Palenque no parece la de un líder retirado contemplando la historia desde la tranquilidad del deber cumplido. Se parece mucho más al último intento de quien observa cómo el tiempo político empieza a correr en su contra.
Los caudillos rara vez tienen miedo de sus adversarios. Suelen temer más aquello que ya no pueden controlar.
Giro de la Perinola
El domingo pasado volvió a escucharse una pregunta incómoda: ¿quién manda realmente en México? La formuló la presidenta Sheinbaum.
Pues bien, la respuesta le llegó unos días después desde Palenque.
Y es que no habló la presidenta. Habló el caudillo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, sonó preocupado.
Lástima que esa preocupación nunca la tuvo para con los mexicanos estas pasadas cuatro décadas.