No se hagan bolas
En los primeros meses de 1994 el país vivía la peor crisis política de su periodo priista. El levantamiento indígena en Chiapas puso al régimen en severa dificultad en el momento crítico de la sucesión presidencial. Meses antes, Luis Donaldo Colosio había sido designado candidato. El presidente Salinas nombró a Manuel Camacho negociador con el EZLN; cometió el error de habilitarlo como potencial candidato sustituto. Ante la maledicencia de que era inminente el reemplazo, se convocó a la élite priista ampliada para aclarar que Luis Donaldo seguiría como candidato. El presidente dijo “no se hagan bolas”; el efecto en muchos fue que se hicieran bolas.
Las palabras presidenciales son poderosos generadores de significado que cada uno interpreta a modo. De todos los presidentes, Andrés Manuel pudo entenderlo mejor; su ascendiente popular y saturación de la comunicación le permitían el descuido, ligereza y franca mentira, sin mayores consecuencias. La palabra presidencial se degradó y parecía que López Obrador se burlaba de todos y de sí mismo cuando acudía al fetichismo para conjurar la pandemia, presumir que ya no había corrupción o suscribir, sin escrúpulo alguno, que el sistema de salud había alcanzado al de Dinamarca. No se le creía, pero se quería creerle porque la verdad se subordinaba al culto al líder en el laberinto de las creencias.
La presidenta Sheinbaum es muy diferente a su antecesor. Posee atributos distintos y su género, preparación, origen y trayectoria la hacen terrenal, racional, no emocional. No aprovechó la oportunidad de terminar o modificar las mañaneras, recurso útil bajo las condiciones en que López Obrador llegó a la presidencia, pero ante el desgaste de la narrativa y los problemas en muchos frentes, la exposición pública diaria es grave riesgo. La presidenta no se da por aludida y su inadvertida crisis personal se traslada al país.
La presidenta no lo vio, como tampoco entendió lo que significaba acabar con el Poder Judicial Federal. Tuvo la salida de que la elección por voto directo se limitara a la Corte; la ignoró. El dogmatismo, la ignorancia y la soberbia la llevaron a cometer el error más grave en la historia del Estado mexicano. La cancelación del aeropuerto de Texcoco es asunto menor respecto a la fracasada reforma judicial, que impacta a la economía, la certeza de derechos y lleva a la indefensión del país ante la determinación de las autoridades norteamericanas de imponer su justicia.
El ciclo político ingresa a un nuevo momento. No es la causa, pero coincide con la demanda de EU de detener para extraditar al gobernador de Sinaloa y a otros nueve, bajo el cargo de connivencia con una organización criminal declarada terrorista, a la vez que el fentanilo es considerado arma de destrucción masiva.
El régimen va a la baja porque la polarización desde el poder dio de sí por la pérdida del referente moral. La corrupción ostensible y la frivolidad generalizada, hasta en el círculo familiar del expresidente, llevaron a entender que, efectivamente, no son iguales que los de antes: son peores. Ahora la polarización cobra fuerza desde la misma sociedad y deja en mal lugar al régimen.
En la crisis del régimen —de la que no hay salida y seguramente es lo que exaspera a la presidenta Sheinbaum— son recurrentes los costosos errores. Dos ejemplos lo ilustran: la embestida contra la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, quien por la burda persecución en su contra se ha vuelto la figura nacional opositora para canalizar el descontento, además de revertir la ventaja que Morena tenía en el estado. Los costos se han potenciado dentro y fuera del país como por la protección legal y política al gobernador Rocha Moya. Tanto la presidenta como el régimen político están serias dificultades, y no es por la embestida norteamericana, sino por la impunidad existente.
El segundo caso es el pleito de la presidenta con los medios de comunicación. Con Andrés Manuel fue a partir de un cálculo, necesidad y resultado esperado. Tuvo éxito, casi todos se sometieron. La presidenta lo hace a partir del enojo y la exasperación. Manda a la exdirigente fallida de Morena y consejera jurídica a fustigar a medios y periodistas. López Obrador con mejor tino escogió una figura menor; la presidenta, a un miembro de su gabinete. Descalificar a TV Azteca tuvo efectos contraproducentes, reveló la fragilidad presidencial, su ausencia de sentido de la realidad y pérdida de autoridad, al tiempo que Ricardo Salinas recupera ascendiente en una crisis probablemente terminal para el régimen.