Frente a las amenazas externas, la presidenta nacionalista, patriota
Qué gran discurso el de la presidenta Claudia Sheinbaum: valiente, nacionalista y profundamente patriótico. Fue escuchado por cientos de miles de personas congregadas en plazas públicas de todo el país. Mientras ella hablaba desde el Monumento a la Revolución, en la Ciudad de México —ante una concentración que evocó las grandes gestas cívicas no solo de la 4T, sino de la historia nacional—, la ciudadanía siguió su mensaje a través de pantallas en plazas principales del resto de los estados, excepto Coahuila, donde habrá elecciones.
Dado el tamaño de la amenaza externa, la imagen innegablemente fue histórica: una nación unida en la defensa de su soberanía. Vuelve México a ser el que admiró Víctor Hugo cuando dijo en 1867 que México se había salvado por un principio y por un hombre: el principio, la República; el hombre, Juárez. Hoy, en nuevos tiempos, el papel de liderazgo le corresponde a una mujer, que no dará ni un paso atrás en defensa de la patria.
Ante las crecientes expresiones de injerencismo provenientes de sectores de la ultraderecha estadounidense, Sheinbaum dio una lección de dignidad nacional. El mensaje fue claro: cooperación con EEUU, toda la necesaria y conveniente en materia comercial, de seguridad y migración; subordinación o intervención en asuntos internos de México, ninguna. Como se ha dicho, esta postura no es nueva; es la continuidad de los principios constitucionales de nuestra política exterior. Nuestras leyes siempre han sostenido que la libre autodeterminación es la base del orden internacional.
México es una democracia robusta, independiente y soberana. Una sociedad libre. El actual gobierno federal emana de un mandato popular incuestionable, respaldado por 36 millones de votos en las urnas, lo que otorga una legitimidad que exige respeto pleno tanto dentro como fuera de las fronteras. Por ello, las decisiones fundamentales de la nación deben tomarse exclusivamente en territorio mexicano y conforme a nuestras leyes. Este principio elemental, respaldado también por la Carta de la Organización de las Naciones Unidas sobre la soberanía de los Estados, necesita ser reafirmado con firmeza frente a cualquier intento de injerencia extranjera. Y eso fue lo que ocurrió ayer domingo.
Si alguien cree que el rumbo de México se decidirá en Washington, Nueva York o en los pasillos del Capitolio, operado por cabilderos conservadores de aquel país financiados, muchos de ellos, por grupos de la extrema derecha mexicana, comete un error enorme. Nuestra historia demuestra que, desde la resistencia contra el intervencionismo del siglo XIX hasta la lucha actual, la sociedad mexicana sabe cerrar filas cuando se le agrede.
Resulta imposible no advertir el uso de una estrategia de lawfare o guerra jurídica–mediática en las recientes acusaciones lanzadas desde agencias de EEUU contra actores de la vida pública mexicana. Si se demuestra que los acusados son culpables, que se les castigue; pero si no se presentan pruebas, todo el sainete queda reducido a una campaña electoral contra la izquierda mexicana. Es lo menos que puede decirse del timing electoral de las denuncias: se basan en una clara intencionalidad política. Sin evidencia de los delitos, lo que se busca no es la justicia, sino desestabilizar a México.
La oposición tiene el derecho legítimo de competir por el poder; esa es la esencia de la contienda democrática. Pero debe hacerlo convenciendo al electorado con propuestas, ganando debates en las plazas y respetando las reglas. Lo que resulta éticamente inaceptable es la pretensión de alterar la correlación de fuerzas interna mediante presiones externas o campañas diseñadas desde el extranjero.
Por eso era necesario el mensaje de la presidenta. No se trató de una postura partidista, sino de la reivindicación de un principio de Estado: que el destino de México corresponde decidirlo, única y exclusivamente, a la sociedad mexicana a través de las instituciones del Estado. Esta defensa serena, argumentada y firme de la soberanía constituye una auténtica lección de dignidad republicana.
Lo que sigue es que la nación se cohesione y apoye decididamente a la presidenta Sheinbaum. Nunca desde la Revolución Mexicana recibió presiones más fuertes la persona que gobierna a la nación. Podemos decir, por fortuna, que en este complejo momento histórico tenemos a la mejor líder al frente de las instituciones.