Rendición de cuentas desde las entidades
Desde el inicio del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, el movimiento comprendió con claridad que la herramienta más eficaz para conectar con la ciudadanía es la proximidad real: estar cerca de la gente, escuchar sus necesidades y responder con soluciones integrales que abarquen desarrollo, salud, educación, seguridad, obra pública e infraestructura. Esa lógica territorial se convirtió en el sello distintivo de una nueva forma de ejercer el poder.
En esa misma línea, la presidenta Sheinbaum ha asumido —como lo reflejan sus constantes gestos hacia la población— que las giras por el país no solo representan un acto de humanismo, sino también un mecanismo práctico para romper con el pasado. Un pasado en el que los gobiernos neoliberales fingían empatía mientras, en el fondo, prevalecía un profundo desdén hacia la gente, desdén que terminó marcando el punto de quiebre para la derecha.
La explicación es sencilla: los grupos conservadores aceleraron su desgaste al no corregir sus errores y al ausentarse justo cuando la ciudadanía más requería atención. Ese abandono, aunque para los partidos pueda parecer un detalle menor o incluso imperceptible, para la sociedad es un hecho evidente desde cualquier ángulo. La gente distingue quién está presente y quién solo simula.
Lo de Claudia, por ejemplo, es genuino y auténtico. Su amplia cercanía con la sociedad no solamente se comenzó a escribir cuando figuró como servidora pública, sino desde sus tiempos estudiantiles. Ella, tal y como relata su propio camino, fue una pieza fundamental para hacer trabajo comunitario en lugares específicos de Michoacán. Desde allí, creo yo, entendió a la perfección cuál sería su vocación, que, a la postre, terminó por definirse en ese vínculo directo y profundo con los sectores sociales, principalmente aquellos que presentan mayor vulnerabilidad. Si vemos la propia percepción, esa que se gesta en cada uno de los recorridos, notaremos con mucha precisión que Sheinbaum es, por mucho, una mujer muy querida que ha sabido ganarse el cariño con esfuerzo y quehacer irrestricto al atender puntualmente la demanda del grueso de la población.
Nos hemos acostumbrado no solamente a visualizar avances de obras de gran impacto, sino a acciones concretas que están catapultando al país a otras latitudes de desarrollo social y económico. Tiene, por ejemplo, mucho sentido cada uno de los recorridos que realiza a lo largo y ancho del país. Cada vez que hace eso, naturalmente, vemos nuevas escuelas, hospitales, carreteras y espacios para que la sociedad pueda convivir ahora que la pacificación avanza sin tregua. De hecho, el gobierno de Claudia siempre mira hacia delante en esa necesidad. Han hecho buena mancuerna con los gobernadores de los estados y eso, como tal, ha permitido reducir los delitos, así como los homicidios. Eso, sobra decir, es obra de la voluntad y el humanismo que, al final de cuentas, se traduce en políticas públicas.
Claudia Sheinbaum, como sabemos, cumplirá dos años de haber obtenido una victoria abrumadora. Más de veinte millones de votos de diferencia, desde luego, le han permitido gobernar con amplia legitimidad, sobre todo ahora que cumple al pie de la letra cada una de sus promesas. De hecho, este tramo tan sustancial nos permite identificar varios factores que, conjugados, nos dejan una huella que será difícil de borrar a lo largo de muchas décadas. La gestión de la presidenta, después de obtener una ventaja amplia en el escrutinio final, también les ha permitido reivindicar los preceptos de la cuarta transformación. Lo más importante de todo esto, de lo que puede presumir la mandataria, es que atiende las demandas y, de paso, toma decisiones encaminadas a buscar mecanismos que ayuden a convertirse en una realidad.
Desde que Claudia Sheinbaum ganó la elección presidencial, ha quedado demostrado que no ha detenido sus recorridos por el país. No dispongo del número exacto de visitas por entidad, pero es evidente que ha superado con amplitud a expresidentes que nunca se caracterizaron por su presencia territorial. Lo de Sheinbaum es distinto. Es una mujer surgida del pueblo, cuya trayectoria se forjó en contextos adversos que transformaron su visión y su manera de ejercer el poder. Por eso siempre se adelanta a los acontecimientos.
Su capacidad para interpretar las necesidades sociales le permite recorrer calles, comunidades, municipios y estados con una lectura precisa del momento. Ese instinto político le indica dónde reforzar esfuerzos para perfeccionar las políticas públicas en curso. Los resultados están a la vista: más del 74 % de la población expresa confianza en su labor.
Ese respaldo le permitirá llevar a cabo los informes regionales que tiene contemplados, previa convocatoria a la ciudadanía en cada estado para que escuche y perciba de primera mano los avances contundentes de la Cuarta Transformación. Así, se fortalece un ejercicio de rendición de cuentas que, por su cercanía y transparencia, genera aún más confianza social.
Y Sheinbaum, una mujer de principios, puede presumir que su gobierno es, además de humanista, una administración que gobierna para todos y todas. Con hechos, por ejemplo, puede hablarle al pueblo de México y decir que, a lo largo de estos dos años, la misión que se trazó ha sido cumplida; eso sí, sosteniéndose con una enorme legitimidad y, desde luego, un respaldo incondicional de los gobiernos estatales que, desde sus trincheras, robustecerán el segundo informe de labores de la jefa de Estado. Por eso la izquierda continúa ganando apoyo y simpatías a su causa. Esa fuerza de la que hablamos, en definitiva, viene de los gobiernos de Mara Lezama, Ricardo Gallardo, Julio Menchaca, Clara Brugada, Lorena Cuéllar, Delfina Gómez, Marina del Pilar, Salomón Jara, Joaquín Díaz Mena, Américo Villarreal, Alfonso Durazo, Eduardo Ramírez Aguilar, Indira Vizcaíno, Margarita González Saravia, Miguel Ángel Navarro, Layda Sansores, Alejandro Armenta, Evelyn Salgado, David Monreal, Víctor Castro, Rocío Nahle, Javier May y Alfredo Ramírez Bedolla.