El resurgimiento de Camila Martínez

En la política mexicana, donde las lealtades suelen medirse en decibeles y las purgas internas son casi un deporte olímpico, hay figuras que destacan por lo contrario: por su capacidad de construir puentes sin perder el norte. Camila Martínez es una de ellas. Secretaria de Comunicación Social del partido más grande de América Latina, hoy tiene frente a sí una segunda oportunidad que no debe desperdiciar ni Morena ni ella misma.

Camilia siempre ha sido un cuadro “puro” de Morena. No llegó al partido ni por conveniencia ni por moda. Camila es de la facción de la convicción pero sin el sectarismo retrógrada de esa corriente. Su estilo ha sido otro: altura política, acuerdos amplios, respeto a las diferencias internas. Demostró lealtad de la forma más incómoda posible: aceptando competir por el distrito 18 local de la Ciudad de México, un bastión histórico de la derecha donde sabía que las probabilidades estaban en contra. Compitió, perdió dignamente y dejó un resultado honorable. No todos los cuadros “leales” están dispuestos a jugarse el pellejo electoral en terreno hostil.

Sin embargo, por decisión consciente o inercia política, con la dirigencia anterior fue desplazada. El rol de vocero real del partido lo ocupó Arturo Ávila Anaya: él manejaba la relación con la prensa, agendaba las entrevistas de Luisa Alcalde y controlaba el presupuesto de comunicación. La industria de la comunicación siempre lo preguntaba en el círculo rojo ¿por qué es que parece que la Secretaria de Comunicación del partido gobernante tiene un rol como extra en la puesta en escena? La respuesta es que Camila era percibida como muy cercana a Clara Brugada. Luisa, en lugar de coordinar a la generación existente, prefirió construir nuevos cuadros. Fue una decisión comprensible en términos de poder, pero costosa en términos de talento desperdiciado. Porque a Camila solo le quedaron dos armas: sus redes sociales y su convicción política. Y con eso resistió. Con eso sobrevivió.

Ahora el panorama cambió. Hay nueva dirigencia y parece haber voluntad de sumar en vez de dividir. Ariadna Montiel ha sido clara: hay que apoyarse del equipo anterior. La coordinación de la marcha en Chihuahua junto a Andrés Manuel López Beltrán y Carolina Rangel fue la primera señal. La segunda y más elocuente ocurrió aquí, en la CDMX: el desayuno con periodistas y la rueda de prensa que marcaron el regreso de Ariadna fueron convocados y organizados por Camila Martínez.

La convocatoria fue buena. El tono del diálogo entre prensa y partido, distinto. Y lo más revelador: Camila se encargó personalmente de presentar a la nueva dirigente con cada periodista. Ahí reapareció lo que muchos ya sabíamos, pero que la anterior dirigencia parecía haber olvidado: Camila tiene un talento natural para las relaciones públicas. Es amable, profesional, efectiva. Cuando se le permite trabajar, brilla.

Poca gente dentro de Morena tiene lo que se requiere.

Este es el momento de Camila Martínez. No es un capricho ni un favor personal; es una necesidad política para Morena. El movimiento requiere más convicción, más eficiencia y, sobre todo, más talento. Necesita cuadros que no confundan lealtad con sumisión ni discrepancia con traición. Necesita gente capaz de tender puentes sin dejar de ser fiel al proyecto original. Necesita un poco más de Camila.

Ojalá que esta vez le permitan crecer. Porque a Morena le vendría muy bien tener más Camila Martínez. Y a México, un partido más inteligente y menos predecible.

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