Frente a las plumas del viejo régimen, el ambientalismo global como aliado

La carta de Cristina Mitty Mittermeier a la presidenta Claudia Sheinbaum publicada ayer en este espacio me ha llevado a algunas reflexiones.

La primera, una curiosidad propia de crucigramas o de concursos de la TV. Me dijo una feminista de SDPNoticias, Frida Gómez: “Don Fede, no se dice el mar, sino la mar, en femenino”.

Consulté Google y encontré que ambas formas son correctas, pero leí lo que dijo algún poeta español —la idea suele atribuirse a Rafael Alberti—. Que el mar es lo que vemos desde tierra: en la playa, en los malecones, cuando visitamos destinos turísticos o ciudades costeras. La mar, en cambio, es la que disfrutan o sufren —porque a veces se embravece— quienes navegan.

La otra reflexión. Tiene un enorme peso la propuesta de Mittermeier: crear la Secretaría de Mares y Costas. Existe, sí, una dirección en la Semarnat —me parece que no llega a subsecretaría— relacionada con los océanos, pero no es suficiente. Tiene razón Mitty: la Secretaría de Marina, que forma parte de las fuerzas armadas, se encarga de defender el océano como frontera; la de Medio Ambiente trata a la costa como un ecosistema más entre muchos a regular y proteger, y Conapesca ve al mar “a través del lente estrecho de la captura”.

El valor de nuestros mares

El mar es de la mayor importancia para México no solo por los 11 mil 122 kilómetros de litoral que tenemos, ni por la extraordinaria megadiversidad que ofrecen nuestros océanos. Asimismo, es fundamental en materia económica, porque la inmensa mayoría de las personas que visitan México —no por negocios, sino para vacacionar— lo hacen atraídas por la belleza de nuestras playas, destinos turísticos de primer nivel mundial. Y no únicamente por la temperatura de sus aguas, bastante más amable que las heladas aguas marinas de nuestro principal mercado turístico, Estados Unidos.

Nuestros mares también resultan enormemente atractivos para el turismo por las criaturas que en ellos viven y se reproducen, como las grandes ballenas, hoy amenazadas por proyectos como el de convertir a Loreto, Baja California Sur, en un puerto de altura, solo para incrementar el ego de políticos ignorantes de aquella entidad. Tales criaturas enfrentan riesgos aún mayores por emprendimientos que beneficiarán sobre todo a empresarios texanos, como el plan de utilizar las costas de Sonora y Sinaloa como autopista para enormes buques tanque destinados a abastecer de gas natural licuado a Asia, lo que representará muy poco para México en términos de empleo y derrama económica.

Un gobierno tiene dos formas de ver al activismo medioambiental: (i) como una molestia, ya que se opone prácticamente a cualquier proyecto que considere ensucia bosques, mares, ciudades, etcétera, o (ii) como un aliado estratégico en determinadas circunstancias.

En el actual momento histórico, de fuertes agresiones extranjeras contra México, la presidenta Claudia Sheinbaum bien haría en aceptar “el costo” de atender a las personas defensoras del medioambiente, sobre todo en lo relacionado al Golfo de California, universalmente visto como el acuario del mundo. Esto sería a cambio de incrementar la aprobación que ella ya tiene entre personalidades progresistas muy destacadas en el orbe, gente apasionadamente defensora de la riqueza marina con el prestigio de Leonardo DiCaprio, Mark Ruffalo y Jane Fonda en el ámbito cultural; líderes globales y diplomáticos como Michael Bloomberg y el príncipe Guillermo; o grandes empresarios tecnológicos como Jeff Bezos, Bill Gates y Laurene Powell Jobs.

Frente a la barbarie de la derecha enemiga de México en EEUU, típicamente muy poco respetuosa del medio ambiente, resulta una estrategia en mi opinión acertada escuchar y aun aceptar la validez de los puntos de vista de estas grandes personalidades cultas de relevancia global que ya admiran a la presidenta Sheinbaum, y que más la admirarán si hace de la defensa de nuestros mares, sobre todo del acuario del mundo, una razón de Estado.

La ciencia como escudo soberano

En esta etapa de nuestra historia, cuando lo más ignorante y fanático de la derecha estadounidense nos ataca, necesitamos reforzar la alianza con artistas, intelectuales, empresarios…, pero también con los centros científicos más respetados del planeta.

El gobierno de la 4T, encabezado por una científica ambientalista de talla global como Claudia Sheinbaum, encontraría un sólido respaldo si estrechara lazos con los centros de investigación universitaria que lideran la vanguardia ecológica y marina, como el Instituto Scripps de Oceanografía de la Universidad de California en San Diego, y el Instituto Woods para el Medio Ambiente de la Universidad de Stanford —ambos con un profundo e histórico interés científico en nuestra región—, así como el Centro Universitario para el Medio Ambiente de Harvard y el Instituto de Cambio Ambiental de la Universidad de Oxford.

También debería fortalecerse la relación con el Laboratorio Lawrence Berkeley, donde Sheinbaum pasó cuatro años realizando investigaciones para su doctorado sobre energía y desarrollo sustentable. Aunque dicho laboratorio no está especializado en oceanografía, sí cuenta con importantes programas sobre ciencias ambientales, todos vinculados con la crisis climática que hoy amenaza a mares y costas.

La defensa sin concesiones de ningún tipo al falso “progreso económico” del Golfo de California, que concentra aproximadamente el 40% de las especies de mamíferos marinos existentes en el mundo, sería a nivel global —particularmente en los sectores cultos de EEUU— un escudo contra la ignorancia de la derecha extrema del vecino del norte que tanto nos agrede.

Desarmar la narrativa de la comentocracia

Se queja Francisco Garfias en su columna de hoy martes en Excélsior de que la presidenta Claudia Sheinbaum cuestionó a las “plumas del viejo régimen” que, para todo fin práctico, monopolizan los espacios de opinión de los diarios mexicanos. No entiendo por qué le molesta un diagnóstico certero.

No será posible, no en el corto plazo, que intelectuales de izquierda reemplacen a los y las comentócratas de derecha que acaparan las columnas políticas. Lo que sí puede ocurrir, por la vía del activismo medioambiental, es restarle impacto a lo escrito por periodistas que han tomado la decisión de golpear, cada día, a la 4T.

Las plumas del viejo régimen suelen defender el libre mercado a ultranza; si no justificando abiertamente —la hipocresía es su esencia—, sí deliberadamente absteniéndose de cuestionar proyectos extractivistas o logísticos nacionales y extranjeros que, amparados en la promesa de un progreso que solo deja migajas en México, es mucho lo que destruyen en nuestros mares.

La oposición mexicana —política, mediática, empresarial— gasta millones de dólares en hacer cabildeo en EEUU para pintar al gobierno de la 4T como un régimen autoritario. Una política ambiental agresiva por parte de la presidenta Sheinbaum podría contrarrestar el trabajo fuera de México de los grupos conservadores que desean el regreso al régimen viejo, el del PRI y el PAN.

Si se logra que las grandes personalidades cultas, progresistas e influyentes del mundo validen y admiren las políticas de conservación de mares en México, el discurso opositor contra la izquierda se desmoronará. Sería imposible que las mentes más lúcidas de Estados Unidos tomaran en serio tantas agresiones del gobierno conservador de aquel país —que a su vez alimentan a la comentocracia interna— contra un gobierno que decididamente se convierta en el bastión de la defensa del océano más bello del planeta, el Golfo de California.

De igual forma, los grupos ambientalistas locales, si vieran al Estado mexicano entregado absolutamente a proteger al acuario del mundo, defenderían al único gobierno que habría tomado en serio tan importante tarea para la salud del océano global.

En fin, esta ha sido una idea, que la 4T puede considerar válida o no.

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