El dedazo invisible: Sheinbaum juega con MC para reordenar el poder
“El poder no se comparte; se ejerce”.
Nicolás Maquiavelo
“La política trata de quién obtiene qué, cuándo y cómo”.
Harold Lasswell
El próximo año no se juega una elección: se juega un reacomodo. Diecisiete estados renovarán gubernatura. Doce hoy están en manos de Morena —Sonora, Baja California, Baja California Sur, Colima, Nayarit, Sinaloa, Michoacán, Zacatecas, Campeche, Guerrero, Quintana Roo y Tlaxcala—; tres en manos del PAN —Aguascalientes, Querétaro y Chihuahua—; uno del Verde —San Luis Potosí— y uno más de ese experimento fosforescente llamado Movimiento Ciudadano: Nuevo León.
Pero el dato relevante no es el mapa. Es quién lo va a redibujar.
Porque más allá de reformas electorales descafeinadas y discursos de ocasión, lo que ya empezó —y se intensificará— es una cirugía política fina desde el poder. Una en la que Claudia Sheinbaum no necesariamente buscará que Morena gane todo, sino que nadie incómodo sobreviva dentro del sistema.
Dicho de otra manera: no se trata de colores, se trata de control. En ese tablero, el caso de Nuevo León resulta especialmente revelador.
El rumor —cada vez menos rumor— es que el oficialismo estaría dispuesto a respaldar, directa o indirectamente, a Luis Donaldo Colosio Riojas. No por su desempeño como alcalde ni por su papel en el Senado, mucho menos por nostalgia heredada. La razón es bastante más terrenal: evitar que el poder se convierta en un asunto conyugal. Porque del otro lado está Samuel García, decidido a estirar su influencia más allá de su mandato, y su esposa, Mariana Rodríguez, convertida en candidata natural de ese proyecto familiar.
Y ahí es donde el sistema se incomoda. No por principios —que nadie se engañe—, sino por precedentes. Porque una cosa es tolerar cacicazgos disfrazados de transformación y otra muy distinta es institucionalizar la herencia del poder con filtros de Instagram y narrativa aspiracional.
Sheinbaum lo entiende. Y también entiende algo más incómodo: sus propias cartas no alcanzan. Ni Andrés Mijes ni Tatiana Clouthier logran competir seriamente con la visibilidad y arrastre de Mariana. Son opciones que existen…, pero no pesan.
Así que la ecuación se vuelve pragmática: si no puedes ganar con los tuyos, bloquea con los ajenos. Colosio, en ese sentido, funciona como la pieza ideal. No es del régimen, pero tampoco es hostil. Tiene marca, apellido y margen de maniobra. Y, sobre todo, cumple la función clave: impedir que Nuevo León se convierta en una extensión doméstica del poder de Samuel García.
La jugada puede tomar dos formas: cooptarlo o dejarlo correr…, pero asegurarse de que sea él y no Mariana quien encabece la boleta competitiva de Movimiento Ciudadano. Porque aquí no se trata de ganar Nuevo León. Se trata de impedir que alguien más lo capture.
Pero toda operación de este tipo requiere compensaciones. Y el precio podría estarse negociando en Zacatecas.
Ahí, el cálculo cambia. Ya no se trata de contener a Movimiento Ciudadano, sino de utilizarlo. De impulsarlo, incluso. ¿El objetivo? Desmontar a uno de los grupos más incómodos dentro del propio oficialismo: el de Ricardo Monreal.
Porque si en Nuevo León preocupa el intento de heredar poder en pareja, en Zacatecas el problema es más tradicional: una red familiar que ha convertido el estado en patrimonio político. Hermanos, cargos, sucesiones encadenadas y ahora, la tentación de repetir la fórmula con otro integrante más.
No es solo nepotismo. Es vocación de permanencia. Y eso, dentro de un sistema que exige lealtades verticales, es un pecado mayor.
Por eso, la hipótesis cobra fuerza: permitir —o incluso facilitar— que Movimiento Ciudadano crezca en Zacatecas para romper el dominio del clan. Una especie de externalización del conflicto interno. Sacar el problema por la vía electoral… usando a un tercero.
El mensaje de fondo es claro, aunque no se diga: los aliados también estorban. Así, la elección de 2027 deja de ser una competencia entre partidos para convertirse en algo mucho más revelador: un proceso de depuración interna del poder. Un reacomodo donde las siglas importan menos que las lealtades. Donde los candidatos pueden cambiar de camiseta o recibir apoyos cruzados sin que nadie se sonroje. Y donde la presidenta no necesariamente busca victorias totales, sino equilibrios funcionales.
Porque al final, el objetivo no es pintar el mapa de un solo color. Es asegurarse de que, sin importar el color, el mapa le responda.