¿Ciudades esponja? La necesidad urgente de urbes sustentables para el Estado de México
No es para nadie un secreto que gran parte de la Ciudad de México y de su denominada zona conurbada en el Estado de México sufren de escasez del suministro de agua potable en un alto porcentaje de sus pueblos, colonias y fraccionamientos, puesto que, en su mayoría, los municipios de la periferia de la ciudad no son autosuficientes en el consumo del vital líquido; en otras palabras, gastan más agua de la que producen o deberían consumir. Sin embargo, dejarles morir de deshidratación o abandonarles a su suerte no es una opción para ningún gobierno.
Bajo el contexto antes mencionado, poco o nada han hecho los gobiernos locales para solucionar dicha problemática, muchas veces no por falta de voluntad, sino por incapacidad presupuestal para resolver su adversa situación. No obstante, con intención política se pueden llevar a cabo diversas acciones no onerosas para incrementar o favorecer la absorción de agua para los mantos freáticos, pozos, ríos, lagunas, lagos, presas (o cualquier tipo de cuerpo de agua), ya que no todo depende de obras costosas para abonar a la resolución del problema.
Dentro de esa lógica es que aparece el concepto de ciudades esponja, las cuales, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), “aprovechan la infraestructura urbana verde, desde la revegetación de superficies impermeables hasta los techos verdes y humedales construidos, para dar resultados positivos en términos de disponibilidad de agua, calidad y reducción de inundaciones” (ONU, 2018). En ese mismo orden de ideas, pugnando por soluciones basadas en la naturaleza (SbN), las cuales están inspiradas y amparadas por métodos propios de la misma naturaleza para favorecer la gestión del agua.
Uno de los pocos municipios periféricos que he visto introducir en su gobernanza de manera formal, más allá del discurso, este tipo de proyectos ecológico-gubernamentales es Atizapán de Zaragoza, lo cual me parece un acierto, derivado de que, según datos del INEGI, la precipitación pluvial total anual promedio oscila entre los 800 y 1,000 milímetros; en otras palabras, la cantidad de agua de lluvia por año que aterriza en el territorio municipal es enorme comparada con otras municipales aledañas. Sin embargo, muy poca de esa agua es recolectada, y es ahí donde el concepto de ciudad esponja cobra relevancia al presentarse como una opción inteligente y sensata ante la escasez, porque lo más fácil era buscar traer agua de otro sitio o perforar más pozos; no obstante, eso no resolvería el problema, solo lo aplazaría o lo paliaría como se ha venido haciendo en los últimos años.
No quisiera echar las campanas al vuelo con la puesta en marcha de esta política pública, puesto que tampoco es una idea original de dicho gobierno (y no necesita serlo), pero lo que es innegable es que Atizapán hoy se presenta con esta acción como un ejemplo a seguir en toda la entidad mexiquense en cuanto a buenas prácticas de sustentabilidad de un gobierno municipal que no necesitó innovar, sino retomar una buena idea y ponerla en práctica, como muchas de esas “buenas ideas” que nos proponen los organismos internacionales y nacionales que desdeñamos (casi) en automático porque las vemos lejanas y ajenas, cuando en bastantes ocasiones podrán ser la punta de lanza o la base para encontrar una luz al final del camino en lo que respecta a los grandes males que nos aquejan en cuestión hídrica.
¡Nos leemos pronto!