Es la política local, estúpido
Si las elecciones del 2018 fueron un tsunami guinda, lo que se vivió el pasado 2 de junio en nuestro país, fue un tsunami pero en esteroides.
México atestiguó un triunfo avasallador de Morena y su aliados que, punto y aparte de la grave intromisión del presidente en la contienda, el uso faccioso de los programas sociales y otras ilegalidades que sin duda influyeron, lo que vivimos fue una victoria inobjetable con una diferencia de votos que solo se explica por motivos mucho más profundos. Los mexicanos decidieron voluntariamente continuar por esa senda política.
Semejante victoria dejó una alianza opositora exhibida como uno de los mayores fracasos políticos de las últimas décadas, cuya estrechez de miras y limitado discurso, terminó por beneficiar precisamente a Morena. No solo porque en entornos tan polarizados el beneficiado resulta generalmente el incumbente, sino porque esa alianza es desde hace un tiempo, la crónica de una muerta anunciada, que del 2018 a la fecha ha perdido 25 gubernaturas.
EL PRI y el PAN se negaron a entender el cambio cultural y social que ha representado este gobierno para la mayoría de la gente, y por ello, la derrota ha sido tan estrepitosa. Una derrota que era previsible por sus protagonistas y por su génesis en encerronas y discusiones llenas de testosterona en las Lomas de Chapultepec y en Clubes Empresariales de Polanco. Porque la arrogancia y la vanidad que alimenta esa cámara de eco patriarcal es el ingrediente principal de una política que hoy resulta tóxica y repelente para la mayoría de los votantes.
Por otro lado está Movimiento Ciudadano, fortalecido y con un crecimiento exponencial. Con resultados exitosos, gracias a una campaña presidencial y a campañas regionales que se centraron en propuestas frescas y de futuro, alejadas del rencor y de la división. Esto claramente no le exenta de una reflexión política importante que le permita afianzarse, no solo en los números, sino en los hechos, como el natural competidor frente a Morena y como el principal contrapeso democrático a una mayoría calificada, sobrerrepresentada artificialmente en las Cámaras.
Ahora, frente a este escenario, ¿qué le queda por hacer a los partidos de oposición? ¿Están destinados a ser partidos marginales dentro de un nueva política de Estado ultra mayoritario?
Estoy convencido de que no están condenados a la inanición y que una buena oportunidad para demostrar su relevancia democrática debe ser la atención y prioridad a la política local. Porque la política local transforma las realidades mas importantes para la gente. Las realidades que marcan el dia a dia.
Alcaldes, diputados locales y regidores (concejales en la CDMX) presentes, cercanos a la gente, haciendo política de calle, no solo de redes o de escritorio, necesaria pero insuficiente. Una política que conozca las necesidades más básicas, que resuelva, que atienda peticiones a tiempo y que impacte realidades. Una política que construya paz; que entienda el valor de tener más y mejores espacios públicos; que desarrolle estrategias de movilidad enfocadas en el peatón, en la bici y en un transporte público digno; con calles limpias y banquetas que sean transitables para todos y todas, incluyendo a personas con discapacidad. En pocas palabras, una política que trabaje incansablemente por construir comunidad, por construir ciudadanía.
Es ahí donde a mi juicio, tal y como lo ha hecho Movimiento Ciudadano de manera efectiva en Jalisco, en Nuevo León, Monterrey, Guadalajara, Zapopan o Campeche, se deben centrar los esfuerzos para gestar una nueva épica política y cultural, que resuene y aliente a millones de personas que buscan una alternativa política distinta a MORENA. Es ahí donde se debe retejer la confianza ciudadana, con miras a tener perfiles competitivos que puedan ganar un buen número de asientos en los congresos estatales y en la Cámara de Diputados en el 2027.
No soy un falso optimista pero nunca seré un pesimista crónico. Soy un optimista racional que tiene claro que nos enfrentamos a nuevos tiempos políticos con condiciones inequitativas y hasta cierto punto, peligrosas. Pero también tengo claro, que hoy más que nunca, ganar implicará estrategia, implicará impulsar a políticos con arraigo local, limpios, responsables, preparados y con la capacidad intelectual y la ética necesaria para abanderar una política que sea incluyente, que apele al futuro, que construya una narrativa pública y un proyecto, que sí confronte, pero sobre todo, que contraste, motive y emocione a la ciudadanía y a las próximas generaciones, frente a un poder omnipresente, que hoy parece acapararlo todo.