Trump toma distancia de Netanyahu
Durante años parecían inseparables, pero el mundo parece tomar otro rumbo. Donald Trump y Benjamín Netanyahu, los líderes que construyeron una relación basada en la coincidencia ideológica, el nacionalismo, el populismo y la visión compartida de la fuerza militar como herramienta de gobierno, parecen a punto de romper su alianza.
Los acontecimientos recientes apuntan a cambios en el tablero geopolítico, Trump ha mostrado un cambio radical. No frente a Israel como Estado, sino frente a Netanyahu.
El detonante habría sido el acuerdo preliminar de paz alcanzado con Irán y negociado con mediación de Pakistán, que pondría fin a meses de tensión militar y de incertidumbre económica global.
Un histórico logro diplomático para la Casa Blanca que no fue visto así por Netanyahu, quien reaccionó bombardeando a Beirut.
El choque entre dos aliados
En una entrevista telefónica, Trump afirmó que Netanyahu “no tiene ningún jodido criterio”, al manifestar su profundo enfado porque los bombardeos israelíes dañaron y retrasaron la firma del tratado de paz y de seguridad pactado con las autoridades iraníes.
Según reportes de prensa, en una acalorada llamada telefónica, Trump le gritó furioso a Netanyahu: “¡¿Qué coño estás haciendo?!… ¡Estás jodidamente loco!”
Trump le echó en cara su falta de gratitud asegurando que, gracias a su apoyo político frente a sus juicios por corrupción, el mandatario hebreo no ha terminado tras las rejas: “Estarías en prisión si no fuera por mí. Te estoy salvando el culo”.
Y le exigió parar de inmediato la ofensiva militar en Líbano: “Estamos muy cerca de un acuerdo que traerá paz a la región (…) ¡No lo echen a perder!”.
Trump no se equivocó al asegurar que le salvó el trasero al líder israelí. Desde 2019, Netanyahu convocó tres elecciones generales. En las primeras su partido contrató enormes vallas publicitarias en Tel Aviv y Jerusalén con su imagen estrechando la mano de Trump.
Cuando la fiscalía anunció su intención de procesar al primer ministro por delitos de corrupción, Trump le envió un regalo inesperado: reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, un territorio que el ejército hebreo arrebató a Siria en 1967 y cuya ocupación jamás había sido aceptada internacionalmente.
Finalmente, para que Netanyahu pudiera formar un gobierno, Trump lo invitó a la Casa Blanca para anunciar un Plan de Paz que los palestinos ya habían rechazado y que de entrada concedía a Israel casi todo lo que buscaba.
Luego Trump solicitó la ayuda de Israel para las elecciones de 2020. Entonces Netanyahu utilizó la inteligencia de su país, el Mossad, para influir en los gobiernos de Estados Unidos, sobre todo contra los demócratas que no le compraban la locura de hacer la guerra en medio oriente.
En una plática entre Obama y Nicolás Sarkozy, el mandatario francés, comentó su molestia hacia Netanyahu porque “es un mentiroso”, a lo que Obama respondió, “tú estás harto, pero yo tengo que lidiar con él todos los días”.
La guerra como capital político
La obcecada posición de Netanyahu se explica desde el populismo que representa. Los líderes populistas subsisten dentro del fundamentalismo religioso y los fanatismos políticos con ideologías y justificaciones trasnochadas que alimentan el odio entre los seres humanos para mantener el poder y justificar su posición.
El principal capital político que tiene es la guerra, donde sea y como sea, ya sea en contra de Hamas, la guerra Rusia-Ucrania, el conflicto árabe-israelí o contra Irán.
Cuando Trump y Vladimir Putin se reunieron en Alaska para negociar la paz, Alemania anunció la suspensión de exportaciones de armamento a Israel que pudiera utilizarse en Gaza, su reacción fue acusar a Berlín de “premiar el terrorismo de Hamas” y de no respaldar la “guerra justa” de Israel tras el peor ataque contra el pueblo judío desde el Holocausto.
En momentos como este, se extraña la posición de personajes como Menachem Begin, exprimer ministro de Israel que firmó en 1979 el tratado de paz con Egipto; o Yitzhak Rabin, quien junto con Shimón Peres y el líder palestino Yasser Arafat, negociaron los Acuerdos de Oslo de 1993 en el proceso de paz de Oriente Medio que les valió el Premio Nobel de la Paz en 1994.
Pero ¿qué se puede esperar de Netanyahu? Que vuelva a coquetear con Putin y cambie de aliados con tal de mantenerse en el poder sacrificando al pueblo que dice defender mandándolos a la guerra eterna.
Por ahora, por increíble que parezca, la cordura vino de Trump.
Lo que falta es que en México, trasnochados como Fernández Noroña o hasta Claudia Sheinbaum, se pronuncien apoyando a Netanyahu y las huestes del ayatolá Alí Jamenei y del presidente Masoud Pezeshkian para mantener vivo el conflicto y, por qué no, los apoyos que reciben de estos líderes populistas.
X: @diaz_manuel