La ingenuidad democrática de la izquierda
Refutaciones Políticas
En el teatro de la política, la izquierda suele asistir a las citas electorales con el entusiasmo del filántropo y la rectitud del seminarista. Tras décadas de postular la revolución o la reforma radical, amplios sectores de la izquierda occidental y latinoamericana terminaron por abrazar los rituales de la democracia liberal con una fe que raya en el misticismo. No obstante, este idilio ha procreado un vicio de origen, un error de diagnóstico de proporciones colosales que bien nombro la ingenuidad democrática de la izquierda.
Esta ingenuidad consiste, fundamentalmente, en desechar a Maquiavelo y creer que las reglas del juego democrático burgués son una cancha neutral, limpia y desprovista de ideología; un tablero donde el mejor argumento, el dato duro o la supuesta superioridad moral de una causa bastan para alzar la victoria y transformar la realidad.
Nada más lejano de la praxis política. La arquitectura institucional de la democracia liberal no es un contenedor vacío esperando ser llenado por la voluntad popular; es una tecnología de poder diseñada, desde sus cimientos, para fragmentar la soberanía, ralentizar el cambio y salvaguardar el statu quo. Al aceptar jugar bajo estas reglas con una veneración dogmática, la izquierda frecuentemente descubre demasiado tarde y a un costo altísimo, que ha caído en una trampa perfecta: la de ser la más ferviente defensora del orden que fue programado para que ella pueda ganar, pero no mantenerse en el poder de manera definitiva.
La ilusión de las urnas y el despertar del poder real
El primer síntoma de esta ingenuidad es la confusión orgánica entre el gobierno y el poder. Amparada en la mística del sufragio, la izquierda asume que la investidura presidencial o la mayoría parlamentaria otorgan las llaves de la conducción histórica. El despertar suele ser traumático; una vez sentada en la burocracia, la izquierda descubre que el poder real opera en dimensiones inmunes al escrutinio de las urnas: en los mercados financieros, en las judicaturas adiestradas para el lawfare, en los monopolios de la comunicación y en las cúpulas corporativas.
Mientras la izquierda se autolimita escrupulosamente mediante el respeto formal a la legalidad vigente, el bloque de la derecha y los poderes fácticos no necesitan romper las reglas; les basta con activar los anticuerpos burocráticos y normativos del propio Estado para paralizar cualquier intento de redistribución de la riqueza o de soberanía social. La derecha neoliberal entiende la democracia como lo que es: una estrategia de legitimación útil mientras asegure sus intereses, y prescindible o maleable cuando empieza a estorbar. La izquierda, en cambio, la ha convertido en un fin ético supremo al que subordina, melancólicamente, sus propias ambiciones de transformación.
El fetiche de la razón frente al realismo capitalista
El segundo rasgo de esta ingenuidad es el intelectualismo ilustrado. Heredera de una visión excesivamente racionalista, la izquierda suele diseñar campañas y programas de gobierno como si el debate político fuera un seminario universitario. Se empeña en convencer mediante la pedagogía del agravio o la fría estadística de la desigualdad, ignorando el giro afectivo de las masas.
La derecha neoliberal, por el contrario, opera con una eficiencia hegemónica envidiable porque ha colonizado el terreno del inconsciente y del sentido común cotidiano. Ha internalizado en la psique colectiva, lo que Mark Fisher denominó el realismo capitalista: esa atmósfera mental donde se asume, como una verdad matemática, que no hay alternativa viable al modelo económico actual y que, por ende, “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Ante un relato adverso que se postula no como una postura política, sino como la mismísima “naturaleza humana” o el “orden lógico de las cosas”, la propuesta de la izquierda es percibida por el ciudadano común como una utopía bienintencionada, pero profundamente inviable y peligrosa para su precaria estabilidad.
Hacia una política de la ofensiva
Para dejar atrás la condición de eterna fuerza de resistencia y convertirse en un proyecto verdaderamente hegemónico, la izquierda debe sacudirse la neurosis de la respetabilidad liberal. Construir hegemonía no es gestionar con honestidad las ruinas del modelo que se heredó; es redefinir las coordenadas de lo posible.
Esto exige transitar de la simple administración electoral a lo que Gramsci llamó la guerra de posiciones: disputar los aparatos ideológicos de la sociedad civil, construir una infraestructura cultural y mediática propia que no dependa de las dádivas del Estado, y articular las demandas sociales no desde la culpa o el resentimiento, sino desde la construcción de un nuevo horizonte de deseo colectivo. Asimismo, requiere el pragmatismo histórico y político para reformar, desde el poder legal, aquellas reglas del juego institucional y judicial que atan las manos de la voluntad popular. No hay otro camino que la resurrección de Maquiavelo, el partido político como el Principe moderno (Gramsci).
La democracia solo es fértil para las mayorías si es entendida como un espacio de disputa viva y no como un museo de formas sagradas. Mientras la izquierda no comprenda que la neutralidad institucional es el mito fundacional de su propia domesticación, seguirá condenada a ganar elecciones para acabar gobernando con el programa del adversario. Es hora de abandonar la ingenuidad y asumir que el poder, si ha de ser democrático, debe atreverse a transformar la estructura misma que lo contiene.
X: @RubenIslas3