México, Mundial 2026: una muestra de nuestro inmenso poder blando
En el tablero del ajedrez geopolítico, no todo se resuelve con amenazas militares o sanciones económicas. Existe una forma de influencia más sutil, pero igualmente poderosa: el poder blando. Acuñado por el politólogo Joseph Nye a principios de los años noventa, el concepto describe la capacidad de un país para moldear las preferencias de otros actores internacionales a través de la atracción y la persuasión, en lugar de la coerción.
Mientras el poder duro se ejerce con cañones, aranceles y vetos en el Consejo de Seguridad, el poder blando se construye con películas, universidades, diplomacia cultural y la percepción de que un país encarna valores deseables: democracia, derechos humanos, innovación o justicia social. No se impone; se ofrece, y el otro decide seguirlo.
Una prueba de ello son los comentarios de los visitantes, de todas partes del mundo, respecto a nuestro país, nuestra cultura y en especia, nuestra gente, en el marco de los pocos juegos del Mundial 2026 que se llevan en México.
Entre el ambiente en los estadios, la calidad de nuestra cultura y el calor humano de nuestra gente, han colapsado décadas de propaganda yanqui y sionista en contra de nuestro país.
Más allá de ciertos focos de conflicto, en zonas en donde se producen las toneladas de droga que consumen gringos y europeos para olvidar su miseria social y espiritual, nuestro país tiene una perspectiva optimista, propia de un estado-civilización en ascenso. Qué razón tenía el expresidente López Obrador en hablar de la grandeza de nuestros orígenes.
El Mundial acabará el próximo mes, pero el poder blando de México alrededor del mundo perdurará por siglos.