Carlos Monsiváis y la crisis de la evidencia

¿Y si el verdadero escándalo nunca fue la entrevista atribuida a Carlos Monsiváis?

Tal vez llevamos días discutiendo el asunto equivocado. No el audio. No el periodista. Ni siquiera la autenticidad de una conversación. Lo verdaderamente revelador ha sido nuestra reacción.

Porque, seamos honestos: si mañana apareciera una grabación confirmando palabra por palabra lo publicado, ¿cuántas personas cambiarían realmente de opinión? Muy pocas. Y si apareciera una prueba contundente de que esa entrevista nunca existió, probablemente ocurriría exactamente lo mismo. (tengo entendido que el periodista responsable de la entrevista continúa buscando la grabación).

Ahí está el problema. Hace tiempo dejamos de acercarnos a la información con la intención de descubrir si estábamos equivocados. Hoy, con demasiada frecuencia, primero elegimos un equipo y después salimos a buscar los argumentos que demuestren que ese equipo siempre tiene razón.

La psicología llama a este fenómeno sesgo de confirmación: la tendencia a aceptar con facilidad aquello que confirma nuestras creencias y a descartar, minimizar o desconfiar de aquello que las contradice. Dicho de otro modo: dejamos de utilizar la evidencia para poner a prueba nuestras ideas y comenzamos a usarla para protegerlas.

La evidencia dejó de ser una brújula. Se convirtió en escudo.

Quizá por eso la controversia alrededor de Monsiváis resulta tan reveladora. La entrevista no cambió la opinión de casi nadie. Simplemente le dio nuevos argumentos a quienes ya estaban convencidos. Unos la utilizaron para confirmar todo lo que pensaban sobre López Obrador; otros la rechazaron porque contradecía la imagen que ya tenían de él.

En ambos casos ocurrió lo mismo: primero estuvo la identidad política y después la evidencia.

Y ahí aparece una ironía adicional. Mientras unos y otros discuten quién tiene derecho a apropiarse del legado de Carlos Monsiváis, pareciera olvidarse una de las características que definieron su trayectoria intelectual: su disposición permanente a cuestionar al poder.

Monsiváis simpatizó con muchas causas progresistas, acompañó movimientos sociales y respaldó algunas luchas de la izquierda mexicana. Pero reducirlo a un simple aliado de un proyecto político —o a un porrista más de la 4T— sería desconocer aquello que lo convirtió en una de las voces más influyentes de la vida pública mexicana.

Carlos Monsiváis nunca fue un intelectual cómodo. No se caracterizó por ser domesticable.

Criticó al PRI durante décadas. También cuestionó al PAN cuando llegó al gobierno. Y cuando consideró que la propia izquierda se alejaba de sus principios, tampoco dejó de señalar sus contradicciones. Desconfiaba de los caudillos y entendía que la función del pensamiento crítico no consiste en ofrecer aplausos automáticos al gobierno de turno, sino en mantener una actitud permanente de vigilancia frente al poder, sin importar quién lo ejerza. Por eso resulta aventurado afirmar qué habría opinado sobre el México de 2026. Murió en 2010 y nadie puede hablar en su nombre. Pero sí podemos observar un rasgo constante de su trayectoria: jamás dejó de ejercer la crítica cuando creyó que era necesaria, incluso hacia los sectores políticos con los que compartía afinidades.

Quizá esa sea la mayor ironía de toda esta historia…

Mientras discutimos si una entrevista es auténtica o no, pasamos por alto la característica que hizo de Carlos Monsiváis una figura tan incómoda para el poder: su disposición permanente a cuestionarlo. No porque cuestionar fuera un fin en sí mismo, sino porque entendía que esa era la responsabilidad de un intelectual y, en el fondo, de cualquier ciudadano en una democracia.

Hoy, en cambio, pareciera que primero elegimos un equipo y luego dedicamos todas nuestras energías a demostrar que ese equipo siempre tiene razón. Dejamos de buscar argumentos para poner a prueba nuestras ideas y comenzamos a coleccionarlos para defenderlas.

Antes discutíamos para encontrar quién tenía razón. Hoy, con demasiada frecuencia, discutimos para demostrar que nuestro equipo nunca se equivoca… y cuando aparecen datos, pruebas y demás recursos que podrían considerarse evidencias, si denostan a mi equipo, ni las observo; tampoco las escucho y mucho menos las tomo en cuenta. Quizá ahí reside el verdadero problema de la polarización. No en que existan opiniones distintas, sino en que cada vez estamos menos dispuestos a aceptar la posibilidad de estar equivocados.

Y tal vez esa sea la única pregunta que realmente vale la pena hacerse después de toda esta polémica: más allá de qué habría opinado Carlos Monsiváis sobre el poder de hoy, ¿nosotros seguimos dispuestos a cuestionar al poder, incluso cuando lo ejerce el equipo con el que simpatizamos?

Porque el día que dejamos de cuestionar al poder simplemente porque “es de los nuestros”, dejamos también de ejercer la ciudadanía. La evidencia deja de importar, la crítica se convierte en traición y los hechos dejan de ser una oportunidad para corregirnos y se convierten en munición a favor de nuestro propio bando.

Tal vez la verdadera enseñanza de toda esta polémica nunca tuvo que ver con un audio perdido ni con una entrevista cuya autenticidad sigue siendo motivo de discusión.. tiiene que ver con nosotros.

Con la facilidad con la que elegimos primero una identidad política y después buscamos las pruebas que la confirmen. Con lo poco dispuestos que estamos a permitir que la evidencia desafíe nuestras convicciones.

Quizá por eso Carlos Monsiváis sigue resultando incómodo, incluso quince años después de su muerte. No porque podamos saber qué habría dicho sobre el México de hoy, sino porque nos recuerda que el pensamiento crítico nunca consistió en defender al poder que nos gusta. Consiste en conservar la capacidad de cuestionarlo. Incluso cuando ese poder habla con la voz de quienes creemos que nos representan.

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