¿Hasta cuándo reaccionará el pueblo?
Hay preguntas cuya respuesta parece evidente hasta que uno intenta responderlas seriamente. Una de ellas es ésta: ¿cuándo reacciona un pueblo? La historia demuestra que los pueblos no reaccionan cuando los analistas creen que deberían hacerlo, ni cuando los periodistas lo sugieren, los académicos lo explican o los políticos lo demandan. Los pueblos reaccionan cuando llegan a una conclusión colectiva, a veces silenciosa, a veces gradual, de que seguir soportando una situación resulta más costoso que intentar cambiarla. Durante los últimos días, en distintas conversaciones sostenidas en California, particularmente en San José y su entorno, he encontrado una constante que merece atención. No he percibido una sociedad satisfecha. Tampoco una sociedad en Estado de rebelión. Mucho menos una población entusiasmada con el rumbo que están tomando las cosas. Lo que he encontrado es algo distinto: cansancio.
Cansancio frente al incremento constante del costo de vida, por el precio de los combustibles, por el encarecimiento de los alimentos y los servicios, frente a la incertidumbre económica, ante la polarización política y por el clima de tensión que sigue rodeando a las políticas migratorias y a la actuación de ICE.
Cansancio también por la sensación de que cada semana aparece un nuevo conflicto que termina afectando la vida cotidiana de millones de personas. Naturalmente existe todavía un sector importante que respalda a Donald Trump. Sería absurdo negarlo. Lo escuché. Lo observé. Sigue existiendo un núcleo de apoyo convencido de que el presidente tiene razón y de que sus decisiones terminarán generando beneficios para el país. Pero también percibí algo que hace algunos años resultaba menos visible: incluso entre algunos de sus simpatizantes comienzan a aparecer dudas. No necesariamente sobre el discurso o sobre la narrativa política, sino sobre los resultados concretos que observan en su vida diaria.
Y allí suele comenzar todo. Las grandes transformaciones políticas rara vez nacen en los discursos; nacen en la experiencia cotidiana de las personas. Cuando el ingreso alcanza para menos, cuando la gasolina cuesta más, cuando la despensa cuesta más, cuando los servicios básicos absorben una proporción creciente del presupuesto familiar, cuando el futuro deja de parecer más prometedor que el presente y cuando el esfuerzo deja de producir las recompensas esperadas, las personas empiezan a formular preguntas que terminan teniendo consecuencias políticas. Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia económica del planeta. Sigue concentrando innovación tecnológica, liderando sectores estratégicos de la economía mundial y atrayendo inversión, talento y capital. Sigue siendo una nación extraordinariamente poderosa. Pero existe una diferencia importante entre la fortaleza de un país y el estado de ánimo de sus habitantes. Las cifras macroeconómicas pueden transmitir solidez; las conversaciones cotidianas pueden transmitir preocupación. Y ambas cosas pueden coexistir.
Eso es precisamente lo que parece estar ocurriendo. Mientras Silicon Valley continúa desarrollando algunas de las tecnologías más avanzadas del mundo, muchas de las conversaciones que escucho giran alrededor del costo de llenar el tanque de gasolina, del precio de los alimentos, de los servicios o de la incertidumbre respecto al futuro. Mientras los mercados siguen observando a Estados Unidos como la economía más influyente del planeta, una parte importante de la población parece preguntarse por qué cada vez cuesta más trabajo sostener el nivel de vida al que estaba acostumbrada. Y en el centro de buena parte de esas conversaciones aparece un nombre: Donald Trump. No porque sea el origen único de todos los problemas, pues sería simplista afirmarlo, sino porque para millones de personas representa hoy la conducción política que ha profundizado la incertidumbre, la confrontación y la sensación de desequilibrio. Las disputas permanentes, los sobresaltos constantes, las tensiones comerciales, las controversias migratorias y una forma de gobernar basada frecuentemente en el conflicto han terminado por generar desgaste. Incluso personas que alguna vez respaldaron muchas de sus posiciones comienzan a preguntarse si el costo de esa turbulencia permanente no está resultando demasiado elevado para el país.
Y aquí aparece la pregunta verdaderamente importante: ¿hasta cuándo reaccionará el pueblo? Quizá la pregunta esté mal formulada porque supone que todavía no ha comenzado a reaccionar. Y no estoy seguro de que sea así. Tal vez la reacción ya comenzó. No necesariamente en las calles, ni en manifestaciones multitudinarias, ni en episodios espectaculares. Quizá comenzó en un lugar mucho más discreto y mucho más difícil de medir: la conversación cotidiana. Las sociedades suelen reaccionar mucho antes de que los gobiernos se den cuenta. Primero cambian las conversaciones. Después cambian las percepciones. Más tarde cambian las prioridades. Finalmente cambian las decisiones políticas.
La historia está llena de ejemplos. Los grandes movimientos sociales rara vez surgieron de un día para otro. Fueron precedidos por largos periodos de acumulación de inconformidades, decepciones y frustraciones. Durante años parecen no producir nada. De pronto producen cambios que muchos consideran inesperados, aunque las señales llevaban mucho tiempo presentes. Por eso quizá la cuestión ya no sea si existe malestar, porque el malestar existe; tampoco si existen preocupaciones, porque las preocupaciones son evidentes. La verdadera pregunta es si ese cansancio seguirá convirtiéndose en resignación o terminará transformándose en una demanda organizada de cambio. Porque existe una diferencia enorme entre una sociedad preocupada y una sociedad resignada. La primera todavía busca soluciones. La segunda deja de creer en ellas. Y también existe una diferencia enorme entre una sociedad cansada y una sociedad movilizada. La primera soporta. La segunda actúa.
Lo que percibo hoy en Estados Unidos es una sociedad que todavía se encuentra en medio de ese proceso. No parece haber llegado al punto de ruptura, pero tampoco parece disfrutar tranquilidad o confianza respecto al futuro. Da la impresión de encontrarse en una etapa de cuestionamiento profundo. Y los cuestionamientos suelen ser el principio de algo. Las sociedades no cambian cuando todo funciona; cambian cuando suficientes personas comienzan a preguntarse si las cosas realmente están funcionando. Quizá por eso la pregunta correcta no sea cuándo reaccionará el pueblo estadounidense. Quizá la pregunta sea si ya está reaccionando y todavía no lo hemos entendido. Porque las grandes transformaciones históricas rara vez comienzan con estruendo. Generalmente comienzan con millones de conversaciones aparentemente ordinarias, con ciudadanos comunes que empiezan a preguntarse si el rumbo sigue siendo el correcto, si las promesas siguen siendo creíbles y si el futuro seguirá ofreciendo las oportunidades que alguna vez parecieron garantizadas.
Las grandes potencias no comienzan a deteriorarse cuando dejan de ser ricas. Comienzan a hacerlo cuando sus ciudadanos dejan de creer que el mañana será mejor que el presente. Y quizá la pregunta que hoy recorre silenciosamente buena parte de Estados Unidos no es quién ganará la próxima elección. La pregunta es mucho más profunda: si todavía existe la confianza suficiente para creer que las cosas pueden mejorar. Porque cuando una sociedad comienza a perder esa confianza, la reacción deja de ser una posibilidad. Termina convirtiéndose en una necesidad, casi imperativa.
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