México hacia el nuevo mundo nuevo

El Mundial de balompié y su entorno hacen vivir y transmiten en vivo y a todo color los avances y rezagos heredados del México del siglo 20 que deberemos dejar atrás: de las prácticas más tradicionales a la cultura digital.

El México (In)dependiente de antier al fin pudo despegar durante el siglo 20, en particular en el contexto de la Guerra Fría posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta finales de los años setenta.

Lo hizo con una economía cerrada a base de sustitución de importaciones, crecimiento de la población, industrialización básica, estado fuerte, incluso represor, menos pluralismo pero más distribución y ascenso razonable, mestizaje acelerado a costa de la diversidad y la diferencia vía políticas de asimilación étnica.

Salvo en el box y alguna otra especialidad deportiva individual, en ese largo periodo vivimos puras derrotas y frustraciones, desde Uruguay 1930 a México 1986 y hasta incurrimos en el fraude deportivo internacional cuando el pasaje de “los cachirules” nos excluyó del Mundial de Italia 90.

Aun así, en dos tercios de solo un siglo pasamos de la casi nada al patio del Tercero y a tocar la puerta del balcón del Segundo Mundo.

El México del pasado reciente asumió desde los ochenta de esa centuria el inevitable desafío de remontar la crisis final del milagro de su industrialización y de su sistema político estable. Lo logramos a medias.

Por una parte, nos convertimos en la economía más abierta del planeta, inundada de mercaderías ajenas, perdonó al.vecino los agravios del siglo 19 y a cambio éste firmó en 1992 el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica con la promesa de transitar a la Unión Aduanera y soñar con la Unión Norteamericana con todo y Congreso Trinacional, Comisión Ejecutiva Tripartita y Tribunal Norteamericano de Derechos Humanos.

Se pensó que seríamos 500 millones de personas o más conviviendo en un capitalismo de mercado compartido, próspero, equitativo y democrático, esto último al menos en la dimensión representativa, y por lo tanto dignos y fuertes en la gestión y reproducción de recursos e identidades múltiples frente al resto del planeta. Al fin ingresaríamos al primer mundo.

Por otra parte, y en parte por ello, ese México avanzó a la liberalización y democratización de un sistema de partidos más plural y competitivo, aunque tutelado por dos organizaciones de centro-derecha, que gradual y coyunturalmente se fueron alternando en todos los niveles de gobierno a la vez que concedía algunas porciones a la izquierda moderada y posponía el acceso de la izquierda radical al control de los mecanismos principales del poder.

En algún momento, ese sistema en los hechos se llegó a parecer al de Estados Unidos con un partido republicano, que se volvió conservador, el PRIAN-PRD y otro demócrata que prohijó a Morena, sumados el PT, MC y parte del PVEM.

Empero, oh, mundo cruel: La globalización hegemónica neoliberal y sus gestores no resistieron la tentación del oro, Así, produjo la Gran Recesión de 2008, micro-versión de la Gran Depresión de 1929. Esa bofetada en su propio rostro cambió el curso de la historia en el centro del sistema dando paso a los populistas de derecha e izquierda, si se quiere, a Trump, Evo, Correa y más tarde a Lopez Obrador.

Desde luego, el fin de la Guerra Fría y la caída de la Unión Soviética (1999-1991), las Torres Gemelas (2001), la Guerra de Irak (2002), el ascenso de China o el regreso de Rusia en el siglo 21 ya habían prologado la crisis terminal del periodo neoliberal, incluso el fin del milenio de la modernidad y la irrupción de toda una nueva época, ignota e incierta.

Pero esos años de cambios y recambios espectaculares, en los que se redujo lo público y creció lo privado, y en los que emergieron en el escenario movimientos sociales reivindicativos: de las mujeres, el ecologismo o los pueblos indígenas y afrodescendientes, a la vez ocultaron la rápida y aviesa formación de actores informales e ilícitos. Estos se convirtieron pronto en poderes salvajes que cooptaron no solo a estados débiles sino a sociedades fragmentadas y adictas a todo tipo de drogas, además de las económicas o financieras.

Fue un periodo intenso de cambio económico, social, político y cultural. Forjamos capacidades y fortalezas, solo que dos tercios de la población quedó postrada, agotada e irritada al extremo por las enormes disparidades y los abusos de que fue objeto, a cambio de algunos avances futboleros en mundiales juveniles o en algunos otros espectáculos deportivos. Quedamos estancados en el segundo mundo.

El México del pasado presente, el de los años más recientes, el de la Cuarta Transformación, por fortuna advirtió esos giros dramáticos. AMLO y Morena sirvieron de pararrayos y su premio a la resistencia ha sido el acceso y ejercicio del poder.

En ocho años, el Movimiento se ha empleado a fondo en reajustar la estrategia general y políticas públicas específicas enfilando hacia otra época, lamentablemente cargado de pesados fardos que tendrá que deshacer. Los restos del naufragio neoliberal pasan por aquel sistema de partidos y una colección de actores e instituciones que perdieron asidero y, desde luego, se resisten a la transformación.

Ahora bien, el Mundial trinacional muestra cuánto ha cambiado el mundo y que los nudos de nuestro sistema social, del sindicalismo corporativo subsistente al empresarial rentista o el gobierno ineficiente ya no cabrán aquí.

El México del futuro habrá de terminar de romper los barrotes de las capturas de estado y nación incentivadas en el periodo previo y trasminadas al presente.

Si no habrá porvenir norteamericano integrado, entonces luce prudente continuar diversificándose hacia afuera y también hacia adentro, reforzando las bases y pilares comunitarios, locales y regionales del segundo piso de la reconstrucción.

De manera central, el futuro cercano exige redefinir y asegurar en lo posible las fuentes sustentables del estado social e intercultural de Derecho, algo que los promotores y defensores del ayer no aceptan en modo alguno, y que el estado constitucional rectificado debe garantizar.

El Mundial 2026 es tanto crisol de globalidad y pluralidad planetaria como reflejo de niveles de desarrollo e identidades que nos retan en muchos sentidos y nos provocan a continuar forjando un país mejor.

Es posible que 40 años adelante, cuando recibamos el cuarto Mundial, ya comandemos una potencia macro regional solidaria en el nuevo mundo, en un mundo nuevo.

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