La región más transparente… ¿también la más indiferente?
LA POLÍTICA ES DE BRONCE
Carlos Fuentes es uno de mis autores preferidos. Comencé a leer sus novelas en el bachillerato, particularmente Aura; sin embargo, fue La región más transparente la obra que despertó mis deseos juveniles por conocer la Ciudad de México: sus barrios, su gente y sus misterios. De vez en cuando releo algunos pasajes de esa novela que, desde la prosa inigualable de Fuentes, retrata el temperamento contradictorio de esta inmensa urbe.
Recorrí sus calles de niño, de la mano de mis padres. Ya en la secundaria fueron varias las veces que me vine de pinta al Bosque de Chapultepec o al Zócalo. Pero fue en el bachillerato, mientras estudiaba en el CCH Azcapotzalco, cuando terminé por enamorarme de la ciudad. Más tarde, aunque cursé la universidad en la entonces ENEP Acatlán, prácticamente todos los días encontraba un pretexto para ir a Ciudad Universitaria. En cuanto pude, me mudé definitivamente a la capital. Lo hice en 1997, cuando Cuauhtémoc Cárdenas encabezaba el gobierno y la izquierda soñaba con convertirla en la ciudad de las libertades y de la justicia.
Desde aquellos años universitarios hasta hoy me he sumado a las causas que considero justas. Una de ellas, quizá la más dolorosa del México contemporáneo, es la que encabezan las madres buscadoras. Podrá discutirse si fue acertado o no mezclar su protesta con la inauguración del Mundial, y personalmente creo que fue un error táctico hacerlo. Pero nadie puede regatearles el derecho de manifestarse en medio de la fiesta futbolera, porque no existe celebración capaz de justificar el olvido, la indiferencia o la ineptitud frente a la desaparición de un ser querido.
Por eso me indignó profundamente el video que circuló en redes sociales en el que tres jóvenes utilizaron una de las mantas colocadas por las madres buscadoras en la Columna del Ángel de la Independencia para cubrirse de la lluvia durante los festejos por el triunfo de México sobre Sudáfrica. El gesto era inútil —ya estaban completamente empapados—, pero sobre todo era simbólicamente devastador.
Reducir el episodio a una simple travesura de jóvenes ebrios sería minimizar su significado. Lo que revela es una preocupante erosión de la empatía social. La Ciudad de México, esa región que Fuentes describió con tanta intensidad, sigue siendo un espacio de contrastes absolutos: donde la alegría multitudinaria puede convivir, apenas a unos metros, con el dolor insondable de quienes buscan a un hijo desaparecido.
Todos tienen derecho a celebrar un triunfo deportivo. Incluso tienen derecho a no compartir las causas que impulsan a las madres buscadoras. Lo que no debería admitirse es la falta de respeto hacia el sufrimiento ajeno. Una manta colocada por una madre que exige respuestas no es un improvisado impermeable ni un objeto decorativo; es el testimonio de una ausencia, de una vida rota y de una esperanza que se resiste a morir.
La grandeza de una ciudad no se mide únicamente por sus monumentos, por sus victorias deportivas o por la intensidad de sus celebraciones. También se mide por su capacidad para reconocer el dolor de los otros y actuar con un mínimo de humanidad. Si perdemos esa sensibilidad, si normalizamos la burla o el desprecio frente a quienes claman por justicia, entonces la capital que alguna vez soñó con ser la ciudad de las libertades corre el riesgo de convertirse en un territorio marcado por la barbarie moral y la soledad colectiva.
Respetar el dolor ajeno no exige compartir todas las causas. Exige, simplemente, recordar que detrás de cada manta, de cada fotografía y de cada nombre hay una familia que sigue esperando volver a abrazar a quien falta.
Eso pienso yo. ¿Usted qué opina? La política es de bronce.