El Mundial, Oscar Wilde y el retrato de Dorian Gray
El retrato del Mundial futbolero en el que nos miramos refleja bifronte el rostro y el alma a la vez decadentes y lozanos de tiempos modernos moribundos a otros transmodernos inciertos que cabalgan sobre nosotros sin piedad.
De 196 países en el planeta, 48 acuden al coliseo global sin los dos más poblados de la Tierra: India y China, pero con la minoría de siempre empoderada para triunfar, ya Argentina, Brasil, Francia o España, y gladiadoras potencias ascendentes: Portugal, Estados Unidos o México acechando para invadir el reinado del nuevo orden por venir.
De los viejos estados nacionales, Uruguay (1930), Inglaterra (1966), Mexico (1970 y 1986), Italia (1990) o Francia (1998), que hace 100 años hacia acá fijaban las condiciones y términos de la gestión del Mundial, entonces a duras penas vistos por televisión en blanco y negro o a color, al hoy de la FIFA y otros agentes que toman posesión del espacio público y privado local e internacional para establecer sus reglas coloniales maximizadoras del pasaje lúdico existencial y mediatico simultáneo en el que en 90 minutos se movilizan, concentran y desconcentran, invierten, consumen y ganan o pierden miles de millones de personas y dólares.
Del hecho social popular y hasta comunitario de gente trabajadora rural, barrial o sindical que poblaba los estadios fumando sin parar, a las élites de ahora de todo tipo que en exclusiva pueden acceder sin riesgo a la vivencia directa en el escenario mismo de la acción, incluida la compra a crédito del opioide efímero de su imagen digitalizada y artificial proyectada al mundo mundial, mientras que la gran masa sobreviviente goza su exclusión en las calles y plazas que acaso les prepararon para el recreo de sus luchas infructuosas o su elogiosa diversidad.
Del respeto a la integridad del espíritu mundialista como celebración humana del juego y la justa competencia en sí mismos, a su gradual y cada vez más polítizado uso para legitimar o atacar figuras o gobiernos, intereses corporativos y hasta acciones bélicas entre reales o aparentes versiones de ultraderecha o ultraizquierda promotoras de los principios y garantías del bien o del mal común.
En fin, de la ya antigua y frágil esperanza inasible de la libertad, la igualdad y la fraternidad, así se diga ahora sustantiva o material, en busca del orden, progreso y felicidad para el mayor número posible de humanos, pero no los nativos, a la guillotina de la riqueza billonaria de Musk, el turismo hedonista y depredador y la pobreza extrema, totalmente antidemocrática, de quien no come hoy, que son millones, mientras echamos el planeta a la basura.
No hay y no habrá vuelta atrás. Para 2030 el Mundial se convertirá todavía más en una maquinaria empresarial y político social posmoderna multicontinental que se inaugurará en Uruguay, pasará por Paraguay y Argentina y aterrizará en España, Portugal y Marruecos para dejar claro que en los espejos digitales de hoy, en un mundo ya sin Trump pero posiblemente lleno de trumpistas puedes sentir que gozas y a la vez prepararte para no jugarla más.
Que otra nos queda por ahora, si no es gozar y mantener la esperanza de que quizás juventudes concientizadas por los abusos de la colonialidad y la clasificación involuntaria de nuestras vidas rompan el cuadro, hagan añicos el espejo y reescriban la historia tanto de Dorian Gray como la de su propio creador, el antivictoriano y liberador poeta itlandès, Oscar Wilde, nativo del pueblo que osó, precisamente, inventar la suave cárcel de nuestro infantil balompié y que lo discriminó y criminalizó hasta orillarlo a la muerte.