Se acabó lo que se vendía
Como dicen en el pueblo cuando una mercancía deja de despertar interés, cuando una moda pierde atractivo o cuando la clientela comienza a retirarse silenciosamente: se acabó lo que se vendía. La frase puede parecer sencilla, incluso coloquial, pero pocas expresiones describen mejor lo que empieza a ocurrir alrededor de Donald Trump. Durante años se ofreció una mercancía política extraordinariamente atractiva para millones de personas. El hombre fuerte. El negociador genial. El empresario exitoso. El outsider capaz de derrotar al establishment. El líder indispensable. El único dispuesto a decir lo que otros callaban. El único capaz de arreglarlo todo. El producto se vendió con enorme éxito. Se vendió en campañas. Se vendió en discursos. Se vendió en entrevistas. Se vendió en redes sociales. Se vendió como marca, como promesa, como solución y como destino. Durante mucho tiempo millones compraron aquella narrativa con entusiasmo. El problema es que la realidad tiene una costumbre particularmente cruel: tarde o temprano abre la caja.
Y cuando la caja se abre, el contenido termina enfrentándose al empaque. Ahí es donde empiezan los problemas. Porque durante años el empaque pareció más importante que el contenido, la marca más importante que los resultados, el espectáculo más importante que la gestión y la confrontación más importante que las soluciones. Sin embargo, ninguna mercancía vive eternamente de la publicidad. Ningún producto puede depender para siempre del marketing. Ninguna marca conserva indefinidamente el mismo atractivo. Llega un momento en que los consumidores quieren comprobar si aquello que les prometieron realmente existe. Y cada vez más personas parecen estar formulándose precisamente esa pregunta.
Los periodistas preguntan. Los jueces corrigen. Las universidades cuestionan. Las instituciones culturales protestan. Los artistas toman distancia. Los aliados recalculan. Europa responde. La OTAN responde. Incluso dirigentes conservadores que durante años parecían cómodos bajo la sombra de Trump comienzan a marcar límites.
Porque existe una diferencia enorme entre una figura polémica y una figura desgastada. La polémica moviliza. El desgaste fatiga. La polémica atrae atención. El desgaste genera distancia. La polémica alimenta el debate. El desgaste empieza a clausurarlo. Y quizá ahí se encuentra uno de los fenómenos más importantes de esta etapa. Durante años Trump logró dividir al mundo entre quienes lo admiraban y quienes lo detestaban. Hoy empieza a emerger un tercer grupo. Los que simplemente parecen cansados. Cansados del conflicto permanente. Cansados de la confrontación permanente. Cansados de los enemigos permanentes. Cansados de los agravios permanentes. Cansados de las conspiraciones permanentes. Cansados del espectáculo permanente. Y el cansancio suele ser mucho más peligroso que el rechazo. Porque el rechazo combate. El cansancio se aleja. El rechazo mantiene vivo al adversario. El cansancio comienza a volverlo prescindible.
Ahí es donde la discusión deja de ser únicamente política. Empieza a ser histórica. Porque cuando una sociedad deja de preguntarse cómo derrotar a un personaje y comienza a preguntarse cómo sería la vida pública sin él, algo profundo empieza a cambiar. Primero aparece la duda. Después la fatiga. Luego el rechazo. Más tarde el deseo de distancia. Y finalmente algo mucho más inquietante para cualquier figura que se considera indispensable: el anhelo de ausencia.
Y precisamente ahí aparece un fenómeno que suele pasar inadvertido. Mientras una parte de la opinión pública continúa discutiendo a Trump, algunos de sus aliados comienzan discretamente a pensar en algo distinto: la sucesión. Porque los adversarios combaten. Los aliados calculan. Y cuando los aliados empiezan a calcular, normalmente es porque perciben que el ciclo político ya no parece infinito. Gobernadores republicanos, operadores políticos, sectores empresariales, grupos de interés y actores internacionales comienzan a formular una pregunta que hace apenas unos años parecía impensable: ¿quién viene después?
Esa pregunta conduce inevitablemente a otra todavía más relevante. ¿Cómo será el mundo después de Trump? Porque durante años buena parte del planeta se preguntó cómo convivir con él. Europa se adaptó a él. La OTAN reaccionó a él. China calculó frente a él. Los mercados ajustaron expectativas alrededor de él. Los aliados aprendieron a administrar sus impulsos. Los adversarios aprendieron a utilizar sus excesos. Pero cada vez son más quienes empiezan a preguntarse cómo reorganizarse cuando Trump deje de ocupar el centro del escenario.
Y cuando esa pregunta comienza a formularse, aparece la tercera fase. La más importante de todas. La política del día después.
Porque toda época política termina dos veces. Primero termina el líder. Después termina la necesidad del líder. Y Estados Unidos parece acercarse lentamente a esa segunda estación. La discusión deja entonces de concentrarse en Trump y empieza a concentrarse en lo que dejará detrás. Las heridas institucionales. La polarización. La cultura política de la confrontación permanente. La erosión de la confianza pública. La fractura social. Los cambios en el Partido Republicano. La redefinición de las alianzas internacionales. La reconstrucción de consensos básicos. En otras palabras, la discusión deja de ser sobre el personaje y empieza a ser sobre las consecuencias.
Ahí es donde la historia suele mostrarse particularmente cruel con los pseudo emperadores. Porque los emperadores auténticos temían las rebeliones. Los pseudo emperadores suelen temer algo mucho peor: descubrir que sus súbditos han dejado de considerarlos indispensables. Descubrir que las instituciones sobreviven. Que la cultura se adapta. Que los partidos continúan. Que la historia sigue avanzando. Y que el mundo empieza a prepararse para el día después.
Los líderes temen perder elecciones. Los políticos temen perder poder. Pero los personajes que edificaron su influencia sobre la ilusión de ser imprescindibles temen algo mucho más profundo: descubrir que el espectáculo continúa sin ellos.
Y ahí vuelve a aparecer aquella vieja expresión popular. Como dicen en el pueblo cuando el entusiasmo desaparece, cuando la clientela deja de regresar y cuando la mercancía pierde atractivo: se acabó lo que se vendía.
O quizá, para ser más precisos, se acabó lo que se ofrecía.
Porque demasiados terminaron abriendo la caja, revisando el contenido y descubriendo que una parte considerable de aquello que se anunciaba como fortaleza era propaganda, que buena parte de aquello que se promocionaba como liderazgo era espectáculo y que demasiado de lo que se vendía como solución terminó pareciéndose peligrosamente a un engaño.