El crepúsculo de Aurora: notas sobre el research más independiente del mundo

Hay personajes públicos que cultivan su leyenda con tanto esmero que uno casi lamenta tener que leer el expediente. Paulo Jenaro Díez Gargari es uno de ellos. Litigante incansable, azote autoproclamado de la corrupción carretera y, según su propia narrativa, el único hombre en México que entendió que el Viaducto Bicentenario era un bien de la nación. A quienes osamos llevar la contraria nos ha bautizado, con esa generosidad retórica que lo caracteriza, como “el jurista intergaláctico”. Uno agradece el ascenso: de abogado terrestre a jurista intergaláctico en una sola diatriba. Lo que el señor Díez no parece haber calculado es que los juristas intergalácticos también sabemos leer dictámenes, cotejar fechas y, sobre todo, distinguir entre lo que alguien declara bajo protesta de decir verdad y lo que las constancias demuestran.

Vayamos al asunto, que es interesante.

Un blog, un filósofo alemán y una casualidad familiar

En el contexto de la carpeta de investigación CI-FPJC/74/UI-7 S/D/00240/05-2025 —iniciada, conviene aclararlo de entrada, por una denuncia en la que el suscrito figura como parte ofendida junto con el licenciado Mauricio Haber May, en representación de IFM Investors Pty Ltd—, el señor Díez Gargari ofreció ante la autoridad ministerial una explicación memorable sobre el origen de “Aurora Research”, el sitio que durante años publicó “reportes” demoledores contra OHL, hoy Aleatica.

La versión, sostenida en su entrevista de diciembre de 2025, es la siguiente: Aurora Research no es suyo. Faltaba más. Aurora Research es la obra independiente de un joven analista financiero que, en noviembre de 2015, decidió fundar un blog de research bursátil al estilo de Iceberg Research, Hindenburg o Gotham City. Un emprendedor anónimo, desinteresado, fascinado por las irregularidades de los mercados internacionales. Y, para coronar la épica, bautizó su proyecto con el nombre de una obra de Friedrich Nietzsche, porque nada dice “análisis financiero independiente” como una cita a Morgenröte.

El joven analista resultó ser su hijo, Paulo Díez Terroba. Que, por una de esas casualidades que solo ocurren en las mejores familias, trabaja en el despacho DGT Díez Gargari, S.C. —los recibos de nómina obran en el expediente—. De modo que el research más independiente del mundo nació, creció y publicó sus invectivas contra Aleatica desde la cómoda independencia de la oficina paterna. Independencia, sí, pero con escritorio asignado y comprobante fiscal.

Uno casi admira la audacia. La defensa nos pide creer que el azar reunió, en una misma sala de juntas, al litigante que demanda a OHL/Aleatica y al “tercero ajeno” que publicaba los reportes que ese litigante después citaría. Que el nombre nietzscheano fue una coincidencia poética y no una coartada con pretensiones de profundidad. Y que cuando Aurora Research disparaba contra la concesionaria, el señor Díez Gargari se enteraba, como todos nosotros, leyendo internet por las mañanas.

La aurora que no resiste el cotejo

El problema de las buenas historias es que tienen fechas, cuentas de correo, registros de operación y, peor aún, peritos. En el juicio ordinario civil 288/2020 del Juzgado Vigésimo Noveno de lo Civil de la Ciudad de México obra un disco compacto remitido por la Oficina de Asistencia Judicial Internacional del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, canalizado por la Secretaría de Relaciones Exteriores. De ese material salió un dictamen pericial en informática. No de una corazonada: de una copia forense.

Y aquí los detalles importan, porque las constancias no hablan de coincidencias etéreas, sino de identificadores concretos. Las cuentas con las que se operó “Aurora Research” —el perfil en la red social y el correo desde el que se difundían los “reportes”— aparecen enlazadas entre sí por una misma cuenta de correo de Gmail y, todas, por una sola línea telefónica. Y esa línea no es el teléfono personal de un joven analista anónimo: es una línea del despacho DGT Díez Gargari, S.C. —el despacho de Paulo Díez Gargari—. El hilo que une todo, dicho en plata, no conduce al hijo: conduce al padre.

Conviene subrayar lo que aquí se afirma y lo que no, porque marca la diferencia. No se trata de que un recibo bancario “demuestre” de quién es un teléfono —no lo demuestra, ni falta que hace—. Se trata de algo más simple y más difícil de explicar con poesía: la cuenta de Gmail que funciona como llave de las cuentas de Aurora Research y la línea desde la que se registran y operan apuntan, todas, al mismo lugar: la oficina del litigante que demandaba a OHL/Aleatica. Aurora Research no depende del hijo; depende, en los hechos, de Paulo Díez Gargari. Quítese al padre de la ecuación y la “independiente” casa de research se queda sin correo, sin línea y sin coartada.

Cuando un perito en informática toma esa maraña de metadatos —una cuenta de Gmail que enlaza los perfiles, una sola línea telefónica detrás de todos ellos, registros de operación con fecha y hora— y la coteja contra la copia forense del disco remitido por el Departamento de Justicia, la fábula del analista anónimo, joven y desinteresado deja de sostenerse sola. No porque lo afirme un adversario, sino porque lo dicen los encabezados de los correos y los registros de las cuentas. La identidad digital, a diferencia de la prosa, no admite metáfora.

Y aquí es donde la prosa épica se topa con la aritmética. Cuando una declaración rendida ante la autoridad sobre el “origen” de Aurora Research no coincide con lo que arrojan los soportes documentales y digitales —los mismos que hacen converger esas cuentas en un correo de Gmail y en una línea ligada al despacho del señor Díez Gargari—, el lenguaje jurídico tiene un nombre técnico para esa discordancia, y no es “licencia poética”. Se llama, en la materia que nos ocupa, faltar a la verdad ante la autoridad. Que un tribunal lo determine o no es harina de otro costal —y de eso, precisamente, trata la investigación en curso—. Pero la sola necesidad de invocar a Nietzsche para explicar quién operaba un blog debería bastar para encender la sospecha de cualquier lector con sentido común.

Conviene ser justos, porque los juristas intergalácticos lo somos: la defensa del señor Díez ha presentado sus propios peritos —ha contratado, entre otros, dictámenes para confrontar el material— y ha denunciado supuestas irregularidades del perito tercero en discordia y hasta del notario público que certificó ciertos instrumentos. Está en su derecho. La presunción de inocencia lo ampara y nadie pretende arrebatársela. Pero una cosa es defenderse y otra, muy distinta, es pretender que el resto del foro suspenda la incredulidad ante una fábula sobre research independiente operado por el hijo, desde el despacho del padre, contra el adversario procesal del padre, con nombre de tratado decimonónico.

Lo que de verdad está en juego

Conviene decirlo sin sarcasmo, porque hay cosas que no admiten ironía. Este asunto no trata de casetas ni de postes ni de la enésima escaramuza entre litigantes. Trata de la dignidad y de la verdad. Durante años, a través de una maquinaria de “reportes” anónimos y de declaraciones que hoy se examinan en sede ministerial, padre e hijo han querido dañar la imagen de un fondo de inversión —IFM, propietaria de Aleatica— y, de paso, la de los abogados que lo representamos. La de quien esto escribe, en lo particular.

No es un daño abstracto. Cuando alguien construye un relato falso y lo disfraza de “investigación independiente”, lo que ensucia no es una empresa en el aire: son nombres, trayectorias y reputaciones de personas concretas que se ganan la vida ejerciendo un oficio con reglas. Reírse del adversario llamándolo “jurista intergaláctico” es barato; inventar que es corrupto, o sugerir que defiende lo indefendible, mientras se opera un blog desde el propio despacho para sostener la narrativa, ya no es retórica: es, presuntamente, faltar a la verdad. Y faltar a la verdad para dañar a otro tiene, en una sociedad decente, un costo. La dignidad de las personas no se litiga a golpe de adjetivo ni se repara con un tuit.

La moraleja, que también es de Nietzsche

El señor Díez Gargari ha construido una carrera entera sobre una premisa seductora: que él dice la verdad y todos los demás mienten. Empresas, jueces, peritos, notarios, fiscalías y, por supuesto, juristas intergalácticos: todos integran, en su relato, una vasta conspiración que solo él logra ver. Es una posición cómoda, porque vuelve incontestable cualquier objeción —quien lo contradice, por definición, está comprado—. Pero la verdad procesal no se decreta a fuerza de adjetivos ni se gana llamando “corrupto” al de enfrente con suficiente frecuencia. Se acredita con pruebas. Y las pruebas, esas cosas tercas, no leen a Nietzsche: leen metadatos.

Quien se erige en apóstol de la transparencia haría bien en recordar que la transparencia empieza por casa —o por el despacho familiar—. Mientras tanto, los demás seguiremos haciendo lo que hacen los abogados aburridos y terrestres: cotejar, fechar y esperar a que la autoridad resuelva. Si de la investigación resulta que la aurora era, en realidad, un crepúsculo cuidadosamente disfrazado, no habrá sido el jurista intergaláctico quien lo inventó. Lo habrán dicho las constancias.

Nota del autor

El presente texto constituye una pieza de opinión, formulada en el contexto de un procedimiento que esta representación promueve en su contra. El señor Paulo Jenaro Díez Gargari goza, conforme a derecho, de la plenitud de las garantías inherentes al principio de presunción de inocencia.

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