Sheinbaum en dos palabras: la más reiterada y la que define esta etapa histórica

“¿Quién decide en México?… ¡El pueblo!”. Me parece que esta es la idea central del discurso que la presidenta Claudia Sheinbaum pronunció en el Monumento a la Revolución el domingo 31 de mayo de 2026.

No fue la frase más replicada en los titulares de los medios ni en los espacios de opinión de la comentocracia. Pero, desde mi punto de vista, tales palabras son las que mejor sintetizan la doctrina política de Sheinbaum.

Prácticamente cada línea del histórico mensaje conduce a una misma tesis: en el México de hoy, el de la 4T, el destino lo define la voluntad popular y no las élites, sean nacionales o extranjeras.

La narrativa de Sheinbaum en su alocución del domingo fue consistente, como consistentes han sido todos sus mensajes desde que inició su actividad política, e incluso desde su juventud. Ejemplo de ello fue aquella pancarta que sostuvo en la Universidad de Stanford en 1991, cuando el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari visitó ese centro de estudios; en aquel momento, como estudiante de doctorado y becaria en el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, Sheinbaum irrumpió con una demanda clara y enérgica: Fair Trade and Democracy Now!

El pueblo de México, dijo Sheinbaum en 1991 y repitió ayer en su discurso del Monumento a la Revolución —desde luego con otras palabras—, quiere relaciones responsables, productivas para ambas partes y pacíficas con EEUU, por ejemplo en la renovación del acuerdo comercial de América del Norte, pero siempre en condiciones de igualdad y —como afirmaría uno de los más eminentes entre los muchos grandes estadounidenses que ha habido en la historia, Abraham Lincoln— siempre en democracia; esto es, siempre aspirando al ideal de contar, en ambos países y en los del resto del mundo, con gobiernos del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

En democracia, enfatizo, siempre en democracia. Es decir, en el sistema en el que manda el pueblo.

Así lo manifestó Claudia Sheinbaum cuando recordó que su llegada a la presidencia fue respaldada por el voto de 36 millones de mexicanas y mexicanos. Es el mismo argumento que invariablemente utiliza para trazar la frontera con el periodo neoliberal, bajo la premisa inequívoca de que ahora gobierna el pueblo.

De ahí sus duras y, a mi juicio, más que justificadas críticas en el discurso de ayer a dos expresidentes panistas, los peores que ha tenido México, Vicente Fox y Felipe Calderón, quienes no gobernaban para servir al pueblo, sino como empleados de los grandes grupos empresariales y, en el calderonismo, incluso subordinados a las mafias del narcotráfico.

Tal percepción de un gobierno entregado al crimen organizado, subrayo, ha sido especialmente intensa respecto del periodo calderonista, marcado por la fallida guerra contra el narcotráfico y por los graves cuestionamientos derivados de los delitos de algunos de los principales responsables de la estrategia de seguridad de aquel sexenio, como Genaro García Luna, hoy preso en EEUU.

Desde la perspectiva del gobierno del pueblo, la consolidación de los programas sociales, el incremento de los salarios, las pensiones y las becas no son concesiones gratuitas ni el resultado de fríos cálculos de tecnócratas enamorados de las variables macroeconómicas; son, fundamentalmente, un mandato de las mayorías. Por ello, al confrontar a la oposición, la presidenta no solo critica una postura ideológica, sino que la acusa de intentar revertir decisiones tomadas por la mayoría de la sociedad mexicana.

Esta idea de la soberanía popular se convierte, además, en el escudo principal —si no es que el único— para enfrentar las presiones externas y los amagos de injerencia provenientes de EEUU, sobre todo de los grupos de extrema derecha del vecino país del norte. El argumento de fondo de la mandataria es contundente: ningún actor o agencia extranjera tiene la legitimidad para sustituir la voluntad democrática de una nación libre.

El discurso de Claudia Sheinbaum no pudo tener un mejor clímax. Culminó con un potente diálogo plebiscitario que encendió la plaza pública —corrijo: las plazas públicas de más de 30 ciudades mexicanas—:

—¿Quién decide en México: las agencias extranjeras o el pueblo? —¡El pueblo! —¿Quién decide en México: los grandes intereses económicos o el pueblo? —¡El pueblo! —¿Vamos a defender la soberanía y la independencia de México? —¡Sí! —¿Vamos a defender la Transformación? —¡Sí!

Eso no ha sido simple retórica; fue la conclusión lógica y la columna vertebral de todo el mensaje de la presidenta. Ni las cúpulas económicas ni los sectores conservadores; ni los gobiernos extranjeros ni sus aliados locales tan dados a la traición; ni la prensa que busca el retorno de sus privilegios ni la oposición derrotada que pretende recuperar el poder con el respaldo del extranjero. Ninguno de esos grupos manda. En México, solo decide el pueblo mexicano.

La palabra más repetida en el discurso fue pueblo: la mencionó la presidenta más de 45 veces. Pero, contra lo que pudiera parecer demostrar la aritmética, pueblo fue la segunda palabra clave del mensaje de la presidenta Sheinbaum; la primera palabra clave, la fundamental en la actual etapa histórica, fue otra: soberanía.

¿Son sinónimos pueblo y soberanía? No lo son, pero sí representan las dos caras de una misma moneda, la de la dignidad nacional. El pueblo no puede existir sin soberanía, y la soberanía solo la garantiza un pueblo capaz de resistir cualquier presión externa apoyada por traiciones internas.

El pueblo es la base social que se moviliza, como ocurrió el pasado domingo; es la sociedad que actúa y legitima a un gobierno democrático que, por lo demás, rompió récord de votación en las elecciones presidenciales más recientes.

La soberanía es la facultad legal e histórica que tiene el pueblo para decidir el destino del país sin pedir permiso ni subordinarse a nadie, ya sea un tribunal en Washington, una institución financiera en Nueva York o cualquier agencia de inteligencia y espionaje de EEUU.

Sheinbaum repite la palabra pueblo una y otra vez para activar y movilizar a la plaza pública —reitero, a las plazas públicas de más de treinta ciudades, donde se congregaron cientos de miles de personas—. El propósito ha sido conducirlas hacia el verdadero objetivo: defender la soberanía amenazada por fuerzas exteriores, ya sea el Departamento de Justicia de EEUU, las campañas digitales globales y locales, o los grupos conservadores extranjeros; todas estas amenazas exacerbadas por la derecha mexicana y su prensa entreguista que, como los conservadores del siglo XIX, hoy recurre a lo más parecido a la traición.

Para el pensamiento juarista de Sheinbaum y, en general, para los principios del humanismo mexicano —este es la esencia de la 4T— la soberanía es, estrictamente hablando, la voluntad del pueblo convertida en escudo.

Por eso, cuando la presidenta pregunta y el pueblo responde: “¿Quién decide en México?… ¡El pueblo!”, la sociedad mexicana ejerce de facto su soberanía. Ni duda cabe de que ese grito, fuerte y claro, se escuchó en EEUU. El poder es del pueblo y, con soberanía, se ejerce para el pueblo. Por eso, el mensaje a EEUU fue claro: cooperación, toda; subordinación, ninguna.

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