Inaugurar lo inconcluso

“La política convertida en espectáculo exige no resultados, sino escenografía”.

Guy Debord, La sociedad del espectáculo

Claudia Sheinbaum inauguró la primera fase de la remodelación del AICM. Primera fase. Es decir: se cortó el listón de algo que todavía no termina. Y casi como metáfora involuntaria del momento político, mientras avanzaba el discurso oficial sobre la modernización aeroportuaria, horas después se reportó humo en la zona de abordaje de la Terminal 2.

México ha perfeccionado un extraño arte político: inaugurar lo inconcluso y venderlo como obra terminada. La foto primero; el funcionamiento después —si acaso–. El aplauso inmediato; la operación real ya veremos. El gobierno corta listones como quien adelanta el final de una película que todavía no se filma completa.

Ojalá el detrimento fuese solo ceremonial. No, es político en el sentido amplio de la palabra.

Eso debido a que cuando la infraestructura deja de pensarse como servicio público y empieza a diseñarse como producto propagandístico, la prioridad se altera por completo. Ya no importa tanto que funcione de manera estable, segura y eficiente. Importa que se vea lista. Que alcance para la conferencia mañanera. Que produzca imagen. Que genere percepción. Y, verán ustedes, eso hace que el pueblo —ciudadano, individuo, habitante— termine convertido en usuario de una escenografía que fue cara y que en general —por lo que se sabe— enriquece ilícitamente a allegados de los gobernantes morenistas.

Ahí está el AICM: presentado como parte de la puesta a punto rumbo al Mundial 2026, aunque cualquiera que haya pasado por sus terminales en meses recientes sabe que la experiencia real todavía dista mucho del relato oficial. Y ahí está también la Ciudad de México, toda ella, de Clara Brugada.

A cuentagotas apareció la información sobre el gasto de las obras para el Mundial: 2 mil 241 intervenciones y más de 23 mil millones de pesos (VEINTITRES MIL MILLONES). Se informó el qué y el cuánto. El cómo sigue guardado bajo llave. El portal de transparencia prometido desde marzo volvió a posponerse. Ahora sí, dicen, estará listo el lunes.

Otra vez la misma lógica.

Primero el anuncio. Después el aplazamiento. Luego el evento. La explicación ya llegará. La transparencia diferida se ha vuelto una política pública en sí misma. ¿Lo notan?

No es casualidad. El régimen entendió hace tiempo que en la era digital el anuncio rinde políticamente más que la conclusión. La obra concluida dura unos días. La promesa de la obra puede explotarse durante meses o años. Se inaugura el inicio, se presume el avance, se celebra la siguiente etapa y, si hace falta, se reinaugura. La infraestructura deja de ser infraestructura y se convierte en narrativa.

El riesgo —para fortuna y desgracia nuestra al mismo tiempo— es que esa narrativa termina por escupirles a los morenistas hacia arriba.

Porque el concreto no entiende de propaganda. Los aeropuertos no despegan con discursos. Las terminales no operan con slogans. El Metro no circula con aplausos. Y las ciudades que quieren recibir al mundo no se preparan con renders ni con portales de transparencia eternamente “a punto de salir”.

La política del listón adelantado puede servir un tiempo. Hasta que aparece humo en la terminal. Hasta que el visitante aterriza. Hasta que el ciudadano intenta usar aquello que ya fue inaugurado tres veces. Y entonces, poco a poco, se rompe la distancia entre propaganda y realidad.

El problema para Morena es que el Mundial sí tiene fecha fija. No admite narrativa extendida ni “otros datos”. El calendario no negocia. Los partidos empiezan cuando empiezan. Los visitantes llegan cuando llegan.

Y ahí puede aparecer la escena incómoda: descubrir que buena parte de lo anunciado para 2026 quedó, en realidad, listo… para 2030. Eso, si bien nos va.

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