Mi amigo el doctor Pepe

TÚ DECIDES

En Semana Santa de 2025 conocí a Neto, un joven despierto, vivo, inteligente, habitante del poblado de Cahuañaña, una pequeña comunidad perteneciente al municipio de Cochoapa el Grande, enclavado en la Sierra de Guerrero, uno de los diez municipios más pobres de México.

Ahí, donde la pobreza no es estadística sino paisaje cotidiano, donde las distancias se miden en horas de camino y no en kilómetros, Neto me acompañó armado a cruzar un camino peligroso, el Cerro de la Garza. Ya anochecía y teníamos que llevar a Eva al doctor.

Mientras avanzábamos entre la oscuridad de la montaña, Neto me habló de su mamá. Me dijo que estaba muy malita, que los doctores no encontraban qué tenía. Lo contó con esa mezcla de preocupación y resignación que conoce bien la gente de la sierra: quienes muchas veces llegan tarde a los hospitales porque nacieron demasiado lejos de ellos.

Pasó un año y en la Semana Santa del 2026, regresé a Cahuañaña donde Rutilio, papá de Neto, me ofreció su casa para pernoctar.

Esa noche me habló de Amalia, su esposa y mamá de Neto. Seguía muy enferma.

—No le hallan los doctores de por acá—me dijo.

Entonces le respondí:

—Llévala a México.

Pasaron algunas semanas. En mayo de este año sonó mi teléfono. Era Rutilio. Estaba desesperado. Me dijo que nadie podía curar a Amalia, que tenía muchos dolores, que ya habían intentado en muchos lados y que si podía traerla a la Ciudad de México.

Le dije que sí pero en realidad no sabía cómo ayudarlo, voltee al cielo y dije ahí te lo encargo por favor.

Y entonces entró otra llamada.

Era un doctor. El mejor doctor. Un amigo, un hombre con el que incluso hemos cruzado apuestas de futbol: él puma, yo águila. Entre bromas, medicina y amistad nació un afecto genuino.

Le hablé de Amalia, la esposa de Rutilio, la mamá de Neto.

Aunque años atrás, mi amigo el doctor me había dicho que no tenía fe, colgué el teléfono sospechando que si la tenía, escondida quizá, pero ahí estaba. En esa llamada algo grande se movió. Mi amigo el doctor quiso ayudar. Pidió hablar con Amalia. No fue posible: ella sólo hablaba mixteco. Pero habló más de una hora con Rutilio, que entre angustia y esperanza le pidió ayuda para salvar a su esposa.

Unas horas después marqué de nuevo a Rutilio.

Lo noté tranquilo. Sereno.

—Mi amigo el doctor Pepe me va a ayudar —me dijo.

Él no lo sabía, que en ese momento toda la ciencia, la experiencia y también el corazón de México se habían puesto en marcha para intentar salvar a Amalia. Quizá por eso sintió paz.

Cuando volví a hablar con el doctor le dije:

—No sabía que tenías un corazón tan grande. Te has ganado el cielo.

La vida, sin embargo, tomó otro camino.

Amalia murió mientras era trasladada a la Ciudad de México.

Rutilio —que tiene la fe sencilla y profunda de la gente del campo— está tranquilo y profundamente agradecido con “su amigo, el doctor Pepe”.

Amalia al llegar contó a Dios lo sucedido y de algún modo me ha hecho saber y por eso lo publico, que si el doctor Pepe no cree en Dios, debo decirle que Dios si cree en él.

X: @pablomieryteran

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