Espero que la gobernadora no haya estado alcoholizada

Maru Campos tenía el tablero servido. Literalmente. Un narcolaboratorio desmantelado en plena Sierra Tarahumara, con 55 mil litros de sustancias líquidas, 50 toneladas de precursores y casi dos mil litros de metanfetamina listos para inundar las calles de México y Estados Unidos. Un golpe que, según la propia Fiscalía General de la República, fue “significativo”. Y, para rematar, Morena —el partido que gobierna el país y que ha sido señalado hasta el cansancio por sus presuntos acuerdos con el crimen organizado— decidió convertirla en la villana del momento. Acusarla de “traición a la patria” por permitir (o al menos no impedir) la presencia de agentes extranjeros en territorio nacional.

Para la inmensa mayoría de mexicanos que no viven pegados al hilo de X ni devoran columnas de opinión, el argumento era clarísimo y brutalmente efectivo: “¿Me critican por destruir un laboratorio de droga mientras defienden a sus gobernadores y exgobernadores con carpetas llenas de narco-acusaciones?”. Esa era la batalla política ganada. La victoria moral, en cambio, estaba perdida desde el principio. Permitir que agentes de otra potencia operen en suelo mexicano sin la autorización expresa del gobierno federal es, por definición, un problema de soberanía. Es ilegal, es riesgoso y, sobre todo, es asqueroso para cualquier país que se precie de ser independiente. Punto.

Pero la política no se gana con la razón absoluta, sino con la narrativa que cala. Y esa narrativa la tenía Campos. Hasta que abrió la boca.

Las entrevistas en Radio Fórmula fueron un desastre en tiempo real. Contradicciones, nerviosismo a flor de piel, frases a medias, pausas incómodas y hasta un momento en que la gobernadora empezó a dar indicaciones a la producción como si estuviera dirigiendo un ensayo de teatro escolar. Tartamudeaba, se enredaba, confesaba por un lado y desmentía por el otro. Quien la vio no podía evitar la sensación de estar ante una aspirante presidencial que, de pronto, se dio cuenta de que el micrófono no perdona. Y sí, se veía errática. Inconsistente. Desesperada.

Es evidente que Maru Campos olió en la coyuntura chihuahuense la posibilidad de construir un relato transexenal: la gobernadora valiente que se atreve a lo que el gobierno federal no. La mujer PAN que le planta cara al narco mientras Morena lo tolera (o algo peor). El carrusel mediático era la plataforma perfecta para posicionarse de cara al 2030. Pero el carrusel se convirtió en montaña rusa y ella se bajó mareada.

Aquí cabe una reflexión que va más allá de la anécdota. En México la política se ha vuelto un deporte de alta precisión comunicativa. Ya no basta con tener razón o con tener resultados. Tienes que saber venderlos. Y venderlos bien. Maru Campos tiene trayectoria, tiene gestión y, en este caso concreto, tenía un hecho concreto que defender: un golpe al narco que pocos se atreverían a criticar en privado. Sin embargo, falló en lo más básico: consistencia y serenidad. Se le vio nerviosa porque probablemente lo estaba. Y en televisión, el nerviosismo se lee como culpa, aunque no la haya.

¿Estaba alcoholizada? No lo sé. Genuinamente espero que no pero las entrevistas revelan algo real: la percepción pública fue tan mala que hasta se especuló al respecto en círculos de análisis serios. Eso habla más de cómo se comunicó que de lo que realmente hizo o dejó de hacer.

Al final, el episodio deja dos lecciones incómodas. Primera: la soberanía no es un tema menor ni un capricho ideológico. Permitir que extranjeros operen en territorio nacional sin los canales institucionales adecuados es un error grave, independientemente de cuán “buena” sea la causa (y desmantelar narcolaboratorios es una causa excelente). Segunda: la oposición mexicana sigue sin aprender que los micrófonos y las cámaras son armas de doble filo. Puedes llegar con la verdad de tu lado y salir con la imagen destrozada si no estás preparado.

Maru Campos tenía la batalla política ganada. La perdió sola, frente a un micrófono, en vivo y en directo. En política, eso se llama desperdiciar un regalo del cielo. Y en México, donde la memoria es corta pero los videos virales son eternos, ese tipo de regalos no se desperdician dos veces.

La próxima vez que quiera aspirar a algo más grande —y todo indica que lo quiere—, tendrá que recordar una regla de oro: antes de hablar, asegúrate de que lo que vas a decir no te traicione. Porque el narco es un enemigo poderoso, pero el micrófono abierto y una mala respuesta lo son aún más.

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