Reforma a la reforma y el desprecio a los juristas
La reforma judicial volvió a reformarse antes siquiera de demostrar que podía funcionar, pues las reformas de alto calado se caracterizan por mostrar con lentitud, a la posteridad, sus efectos. Pero antes de poder ver los beneficios, las deficiencias operativas adentro de la Corte empujaron el cambio junto con los retos frente a la renovación del 50% restante. A todo esto, hay algo incomprensible que es la manera en la que la abogacía se ha despreciado desde el poder.
No digo que no cuenten con abogados en sus equipos, hay varios, pero pocos juristas en realidad. La abogacía, lo relacionado con la ley y las advertencias gremiales han sido leídos superficialmente como “ataques golpistas”. Los pocos juristas con voces que son escuchadas en el oficialismo como Ana Laura Magaloni, ya advertían los errores de diseño en la reforma judicial. Pero el parche a la reforma hace manifiesto que no solo se trata de un desprecio a los abogados y su visión, sino que en general, no hay abogados en los equipos, al menos no abogados constitucionalistas capaces de identificar errores más allá de las instrucciones presidenciales. Se presenta la reforma a la reforma y contradicciones básicas como el periodo y forma de elegir presidencia de la Corte se mantienen, un artículo dice que será cada dos años conforme al orden de las y los ministros más votados, otro artículo dice que será cada cuatro años por elección de las y los ministros. La antinomia fue de las más nombradas en los análisis, hasta en los más básicos.
El desorden es el costo del desprecio a los juristas y al derecho. Aun el parche, sea por prisa o sea por no escuchar y no tener interés de leer críticas objetivas de buena fe, viene mal en algunos aspectos. Dirán que se puede corregir en Comisiones legislativas y eso es cierto.
Los juzgados tardan más, las juezas electas liberan feminicidas, los magistrados electos violan precedentes de ley y cambian criterios de último minuto para favorecer empresas ecocidas, los secretarios que estudian y hacen el trabajo fuerte difícilmente se convertirán en juzgadores y su nuevo trabajo es ser nana de las asistentes de exministros que ahora son sus jefas. En el fondo, lo sufren los justiciables porque la famosa justicia no llega.
El dato es algo triste pues una transformación presentada como histórica y definitiva requiere ahora ajustes para corregir vacíos, procedimientos y contradicciones que se habían advertido desde el inicio. Hay una relación cada vez más visible entre el poder político y el desprecio por el oficio jurídico, la mala noticia es que el abogado es el primer actor de contención ante los dramas sociales que rompen comunidades. Pero nadie quiere escuchar a los abogados.
La nueva iniciativa enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum intenta ordenar parte del diseño: pospone elecciones judiciales hasta 2028, crea mecanismos de evaluación previos, reduce candidaturas y establece nuevas reglas para los poderes judiciales locales. Sin embargo, conserva contradicciones elementales, como la duración y forma de elegir la presidencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación donde el artículo 94 propone una renovación cada dos años mientras el 97 mantiene una elección cada cuatro, como ya se mencionaba antes.
Durante años, el discurso oficial construyó una narrativa donde los juristas aparecieron como parte de una élite distante, defensora de privilegios o resistente al cambio. El resultado fue una discusión pública que redujo la técnica jurídica a obstáculo político. Pero el derecho no desaparece cuando se desprecia, regresa convertido en incertidumbre, litigios, retrasos y vacíos institucionales.
El abogado resuelve el conflicto concreto, es el primer contacto de un ciudadano afectado; el jurista es símbolo de la acumulación de experiencia, es el que, por definición, tiene elementos para diseñar el sistema dentro del cual ese conflicto puede resolverse. Son funciones distintas pero complementarias, y prescindir de ambas en el diseño normativo no es una señal de independencia política, más bien, parece un error técnico con consecuencias institucionales que no se negocian en tribuna ni se corrigen con decreto.
La ironía es evidente. La 4T ganó sus batallas más importantes en el terreno narrativo, y eso fue suficiente mientras las disputas eran políticas, pero la reforma judicial opera en un registro distinto: el derecho tiene lógica interna, procedimientos, jerarquía normativa. No se doblega ante el relato. Lo que funcionó para ganar una elección o sostener una mayoría legislativa no funciona para diseñar un sistema de justicia, porque aquí los errores no se corrigen con un comunicado sino con años de litigios, rezagos y justiciables sin respuesta. El problema no es la voluntad transformadora, más bien, es aplicar el método narrativo a un problema técnico. Rediseñar el Poder Judicial implica una ejecución impecable que pueda alcanzar a la gente de a pie que confía sus conflictos a esta institución y que al no encontrar justicia, solo puede optar entre aceptar la impunidad o participar en la justicia por mano propia que ya inunda los periódicos y la nota roja. Sin embargo, en estos pocos meses hemos presenciado juzgados más lentos, operadores judiciales con experiencia desplazados, tiktokers que se preparan desde la oficina para la próxima elección en vez de combatir el rezago y la acumulación de expedientes. Los enemigos de AMLO ya están fuera de la Corte, ahora necesitamos que el cuerpo de la justicia camine solo y funcione.
No se trata de defender corporativismos judiciales ni de negar la necesidad de reformar instituciones profundamente cuestionadas. Se trata de reconocer que construir justicia requiere algo más que voluntad política, algo que exige diseño institucional sólido y disposición a escuchar críticas técnicas incluso cuando vienen de otros abogados que tal vez no estuvieron en un plantón de Reforma.
La justicia rara vez colapsa de golpe. Se erosiona lentamente, entre parches, contradicciones y el desorden termina normalizándose hasta que la ausencia de justicia parezca parte inevitable del paisaje.