De risa loca
“La próxima pandemia no será solamente un evento biológico; será una prueba de capacidad estatal”.
Laurie Garrett
“Todo el arte de la política consiste en hacer posible lo necesario”.
Otto von Bismarck
O en México, al parecer, en declarar controlado lo incontrolable…
Reír para no llorar. Mientras la Organización Mundial de la Salud observa con preocupación el brote de ébola en África y advierte sobre la “amplitud y rapidez” de la epidemia en República Democrática del Congo, el secretario de Salud mexicano, David Kershenobich, salió a tranquilizar al país: México está preparado. Vigilante. Listo. Bajo control. Exactamente el mismo libreto que utilizaron López Obrador y Hugo López-Gatell antes de que el Covid terminara exhibiendo la fragilidad real del Estado mexicano —y matando a más de 800 mil mexicanos.
Lo verdaderamente impresionante no es la declaración. Es la capacidad casi sobrenatural del gobierno mexicano para afirmar exactamente lo contrario de la realidad sin ruborizarse. Si anuncian abasto, faltan medicamentos. Si presumen seguridad, aparecen fosas. Si prometen un sistema de salud “como Dinamarca”, terminamos peregrinando farmacia por farmacia buscando paracetamol y antibióticos. Y ahora resulta que también estamos listos para contener el ébola. De risa loca.
Kershenobich incluso minimizó el alcance internacional del brote. Curiosa interpretación, considerando que Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, declaró emergencia sanitaria internacional y alertó sobre la velocidad de propagación en Congo y Uganda. Pero ya se sabe que en México la realidad primero pasa por el departamento de propaganda antes que por el laboratorio.
Y aquí aparece el pequeño detalle que vuelve esta historia particularmente delirante: el Mundial.
Porque sí, la selección del Congo jugará en Guadalajara. Y aunque la distancia geográfica entre Kinshasa y México supera los doce mil kilómetros, el futbol reduce el planeta a unas cuantas conexiones aéreas. El Mundial no solo mueve aficionados, dinero y patrocinadores; también multiplica movilidad humana, presión logística y riesgos epidemiológicos. Como advirtió el epidemiólogo Larry Brilliant —uno de los hombres clave en la erradicación de la viruela—: “los brotes siguen las rutas de los aviones”. Y México está a punto de abrir de par en par las puertas del escaparate global más grande del planeta.
Pero tranquilos: las autoridades mexicanas aseguran que existe vigilancia epidemiológica. Lo cual en México equivale más o menos a confiar en que una cartulina en migración detendrá una crisis sanitaria global.
Dicen que hay protocolos. Guías médicas. Supervisión aeroportuaria. Seguimiento de viajeros. La pregunta incómoda es inevitable: ¿con qué capacidad real? Porque el país que presume estar listo para enfrentar al ébola sigue sin resolver desabasto de medicamentos básicos, saturación hospitalaria, falta de especialistas e infraestructura deteriorada.
México cerró 2025 con más de 50 millones de recetas sin surtir completas en instituciones públicas, según organizaciones de pacientes y datos oficiales fragmentados. Hospitales públicos continúan operando con déficit de camas, personal y equipo básico. El IMSS reconoce niveles de ocupación superiores al 85% en múltiples regiones. Pero, aparentemente, estamos listos para protocolos de bioseguridad extrema nivel ébola. Claro.
El problema de esta enfermedad, además, no es únicamente sanitario. Es institucional, político y operativo. El epidemiólogo Ali Khan —exdirector de preparación pandémica en CDC— sostiene que las epidemias graves rara vez destruyen países por el virus mismo; los destruyen por la incapacidad administrativa de responder rápido y generar confianza pública. Y ahí México queda peligrosamente mal parado.
Esta no es una enfermedad que permita improvisaciones tropicales de la científica presidenta (con A) ni conferencias mañaneras llenas de optimismo ceremonial y estampitas. Requiere trazabilidad precisa, aislamiento inmediato, entrenamiento especializado, equipos de bioseguridad estrictos y coordinación quirúrgica entre niveles de gobierno. Una coordinación estatal que México rara vez logra incluso para organizar la distribución de vacunas o medicamentos oncológicos. Exactamente el tipo de capacidades que el Estado mexicano ha venido erosionando durante años.
Además, el ébola tiene un componente psicológico devastador. Su tasa de letalidad histórica puede rondar entre 40 y 70 por ciento dependiendo de la cepa y del acceso médico. No necesita millones de contagios para generar caos. Basta un solo caso mal manejado para provocar pánico social, colapso hospitalario local y crisis mediática internacional.
Y luego está el detalle más delicado: la credibilidad…
Después del Covid, el gobierno perdió autoridad sanitaria frente a la ciudadanía. Demasiadas contradicciones. Demasiadas cifras acomodadas políticamente. Demasiadas conferencias convertidas en propaganda.
El politólogo y experto en salud pública Devi Sridhar escribió que “la confianza social es infraestructura pandémica”. México dinamitó buena parte de la suya durante la pasada pandemia. Cada vez que una autoridad mexicana asegura que “no hay de qué preocuparse”, la reacción natural del ciudadano ya no es tranquilidad sino sospecha. El gobierno destruyó el valor de su propia palabra.
Estados Unidos ya endureció controles para viajeros provenientes de regiones de riesgo. México responde con comunicados optimistas y declaraciones burocráticas que parecen redactadas por el mismo comité creativo que inventó aquello de que ya teníamos un sistema de salud superior al danés.
La tormenta perfecta está ahí: turismo masivo, movilidad internacional acelerada, hospitales rebasados, aeropuertos vulnerables, burocracia lenta y una clase política obsesionada con administrar narrativas antes que crisis reales.
El riesgo quizá no sea cancelar el Mundial; económicamente sería casi impensable. Los verdaderos peligros son otros: las muertes que podrían ser evitables, por una parte; que una emergencia sanitaria internacional termine exhibiendo, frente al escaparate global más grande del planeta, el deterioro estructural del Estado mexicano, por la otra.
Y lo peor es que, llegado ese momento, volverían a decir que todo estaba bajo control. Como siempre. Porque en este país la propaganda jamás entra en cuarentena.
Giro de la Perinola
¿Ustedes ya vieron o escucharon anuncios en centros de salud/por parte de las autoridades sanitarias describiendo los síntomas del ébola?, ¿cómo prevenir el contagio?, ¿qué hacer (o no hacer) en caso de enfermarse? Yo no.
De todas formas, seguramente el presupuesto, en caso de requerirse alertamiento, ya está en los bolsillos de alguien allegado a la 4T.